
“¡Abejón y confusión!”
“ Hace unos 40 años, el coro universitario viajó a Liberia, para dar una presentación. Cuando esperábamos la orden de inicio del director, un molesto abejón se le acercó a su cara. Al mover su mano derecha para alejarlo, algunos creímos que era la orden para empezar la canción y lo mismo creyó el pianista. Fue una gran confusión. Finalmente, logramos callar todos para dar el inicio correcto a la pieza programada. La anécdota me hizo recordar a los extraordinarios maestros Gilberto Murillo y Carlos Vargas Méndez”.
“¡Qué asco!”
“Yo nací en 1986 y, aunque no me acuerdo, mi mamá cuenta que en esa época era usual que estuviéramos todos tranquilos en la casa, en labores cotidianas, cuando de repente se escuchaba un sonoro crujido y, al volver a ver, me encontraban a mí deleitándome con un jugoso abejón de mayo. ¡Qué asco! ¡Qué dicha que no me acuerdo!
“Una mascota más”
“Hace un mes, mi hijo Gianfranco (2 años y 11 meses), conoció a los abejones de mayo. Recogió algunos y fue a enseñárselos a sus otras mascotas: dos pollos, una tortuga y un pez beta. De pronto entró llorando a la casa, enojado porque los pollitos se comieron a los abejones. Ahora, cuando ve a un abejón lo recoge y no se lo muestra a ninguna de sus mascotas”.
“De Paseo”
“ Llevé a mi hija Daniela, de 7 años, pasear al Bosque del Niño, en Grecia. Había hecho picadillo de raíz de papaya con papa. Nos quedamos hasta que oscureció, prendimos unas velas, alisté los gallos de picadillo y aguadulce. Las luces hicieron que los abejones llegaran. Uno aterrizó en mi gallo y, sin percatarme, le metí un mordisco. Crujió como papa tostada; saben a rayos. Hoy mi hija tiene 18 años y bromea: ‘¡Pregúntenle a mami a qué saben los abejones!’ ”.