Hace unos días, La Nación publicó un reportaje con el título “Hiroshima conmemora 66 años de bomba atómica” (La Nación 06/08), que representa el deber de “nunca olvidar” los crímenes contra la humanidad. La política y la ciencia no suelen transcurrir por el mismo sendero. Y esto no lo tenía claro Albert Einstein en agosto de 1939, cuando motivó al presidente Roosevelt para iniciar el programa de investigación de la energía atómica, convencido de que la desintegración nuclear en cadena podía producir una bomba más devastadora que cualquiera de las armas hasta entonces conocidas.
Según se dice, él y otro grupo de científicos, pretendía que Estados Unidos desarrollara la bomba atómica únicamente para asustar a Hitler y detener el avance nazi... algo así como tener un perro rabioso, ¡bien amarrado, ladrando y enseñando los dientes!
Ciencia y política. ¡Grave error comete un científico cuando piensa que un político tiene su misma sintonía de pensamiento! El científico se asombra del mundo, le busca una explicación y hace de la ciencia un instrumento de mejora, de bien común; su lenguaje es de comprensión y de entendimiento. El político, en cambio, busca que el mundo se asombre con él y le rinda pleitesía y reconocimiento; su lenguaje es de dominio, de fuerza. Y lo que Einstein y sus colegas hicieron fue abrirle el apetito de poder a los políticos que conocieron la posibilidad de ganar la guerra con un arma con una capacidad devastadora jamás imaginada.
El 6 de agosto de 1945, Truman tomó una decisión que lo evidenció como el depredador del poder que realmente era cuando ordenó el bombardeo atómico de uranio en Hiroshima y tres días después, el de plutonio en Nagasaki. La destrucción humana, territorial, animal, ambiental generada por los estallidos impactó los pueblos donde se lanzaron; se estima que murieron más de doscientas mil personas calcinadas o fundidas en el infernal fuego que se desató; otras tantas personas quemadas, irradiadas, mutiladas, murieron luego a causa de las consecuencias sufridas en los estallidos. En aquellos días, los políticos de entonces mostraron lo que para muchos de ellos somos los civiles: el mundo infrahumano que se puede destruir, sin cargos de conciencia.
La generación de entonces vivió el horror a través de las imágenes; entendió que la guerra la hacen los políticos, la ejecutan los militares, y la pagan los civiles. El Emperador lo entendió a la fuerza; no por miedo, sino por la evidencia ante sus ojos: sabía que si no se rendía, una nueva bomba atómica se sumaría a las anteriores. ¡No lo asustaron con los dientes de los perros; le enseñaron los destrozos que quedaron cuando los soltaron sin haberle contado que lo harían! El 15 de agosto, Japón se rinde y concluye así la II Guerra Mundial. El acto formal de capitulación se firmó el 2 de septiembre. Desde entonces, se llaman hibakushas a las personas que estuvieron presentes en el sitio del bombardeo y sobrevivieron al estallido nuclear inmediato.
Y aunque usted y yo no hubiésemos ni siquiera nacido en aquellas ya lejanas mañanas en las que se lanzaron las bombas, somos sobrevivientes de lo que pudo haber sido el fin de la humanidad.
La especie humana sobrevivió a la locura y a la barbarie, y desde entonces, vamos tatuados todos, pero divididos en dos bandos: los que se dicen poderosos porque tienen en sus manos la posibilidad de declarar la guerra, de hacer explosionar una nueva bomba atómica y decidir sobre vidas y territorios; y los demás, sin poder real frente a los nuevos políticos que, enceguecidos por su soberbia y el poder, alentan diversas formas de guerra con cualquier motivo y en diversos lares del planeta.
Hiroshima y Nagasaki, representación de la barbarie, de la ostentación del poder, del valor cero de la vida de los civiles, tiene que permanecer vigente, jamás en el olvido. Vital hoy, cuando algunas guerras siguen siendo militares e invasivas, pero donde explosionan otras por doquier: guerras de fanatismo, intolerancia y violencia incluso intrafamiliar; hambre, miseria, empobrecimiento y exclusión; virus y enfermedades; todas esquilman las poblaciones día con día, y todas le quitan diariamente a miles de personas su vida y dignidad. Somos sobrevivientes de esa guerra cotidiana que ha hecho del nuestro, un mundo separado por las oportunidades y polarizado por la riqueza concentrada.
No ser indiferentes. Nosotros, hibakushas del siglo XXI, no debemos cerrar los ojos que aún no nos han quemado. Nuestro distintivo no puede ser el de la indiferencia. Tenemos un llamado generacional, humano, a sentar las bases de un mundo realmente civilizado, digno y solidario, donde Hiroshima, Nagasaki y las nuevas guerras de este siglo sean superadas para heredar, a quienes vienen detrás, el mundo humanizado que no recibimos pero que estamos llamados a construir. El ejercicio de la fuerza y la dominación deben quedar en el pasado, y la ciencia debe estar al servicio de la vida y no de la muerte. Los políticos de hoy no detonan la bomba atómica, pero atentan contra la humanidad cuando sus políticas fomentan la concentración de la riqueza, esquilman el ambiente o se concentran en sobrevivir en el día a día entre reuniones, repitiendo estudios que año con año concluyen lo mismo y sin tomar necesarias decisiones para no afectar intereses...
En Costa Rica, los niños que envejecen en los albergues del PANI, las personas que duermen entre cartones en las aceras josefinas, los adultos mayores que piden limosna en las esquinas, los jóvenes en drogadicción, las jóvenes explotadas sexual y comercialmente son las víctimas de esa guerra desatada por la inacción gubernamental, para la que es más fácil cerrar los ojos que resolver los problemas estructurales que han minado nuestra sociedad.
El Estado hace aguas en muchos frentes. Pretender simplemente aumentar impuestos es simplemente intentar poner un parche en un sistema que requiere tratamiento y cirugía. Sin un rumbo claro, sin el compromiso efectivo de los jerarcas, lo que recién ha pasado con la CCSS podría repetirse si entes externos evalúan cada una de nuestras instituciones públicas.
Volver los ojos hacia adentro, atreverse a mirarnos en el espejo es necesario e impostergable. De no hacerlo –ojalá me equivoque–, la bomba social inexorablemente nos va a estallar, y entonces, como el Emperador, no nos quedará más que reconstruir un país de pedazos.