No es cierto que el rey Luis XVI fuera conducido hasta la guillotina con una pistola en la nuca. Tampoco es cierto que gritó de miedo cuando pusieron su cuello bajo el filo de la guillotina, ni que su cuerpo fue terriblemente mutilado porque la cuchilla golpeó la cabeza y no el cuello.
Todo lo contrario, "el rey afrontó aquella situación con una compostura y un temple que nos dejó atónitos a cuantos allí nos encontrábamos. Sigo convencido de que aquella firmeza suya la había extraído de los principios de la religión".
Quien habla es nada más y nada menos que Charles Henri Sanson, el hombre que aquella mañana de 1793 tuvo la responsa-bilidad de dejar caer la guillotina sobre el cuello del Borbón.
El verdugo parisino se indignó tanto al leer cómo los periódicos le atribuían al rey el comportamiento de un cobarde en el patíbulo, que escribió una carta al diario Thermomètre du tour para rectificar las informaciones amarillistas de sus páginas.
Fechada en París el 20 de febrero de 1793, la misiva de color sepia es una crónica puntual y conmovedora de los últimos instantes en la vida del monarca francés.
Dos siglos más tarde y tras pasar por varias generaciones de una familia europea, la carta recaló en Londres, donde la casa de apuestas por Internet Christie's intentó subastarla hace un mes.
Los organizadores pactaron el arranque de la subasta para el 7 de junio, con la expectativa de recaudar $224.000 (unos ¢115 millones). No obstante, el manuscrito fue retirado de la puja solo unos días después.
Sin embargo, aunque no llegó a su objetivo económico, la frustrada subasta volvió a poner en la la palestra a la familia Sanson, que durante generaciones ejerció el sangriento oficio de cortar cabezas.
Durante sus 15 años como verdugo jefe de París, Charles Henri Sanson vio caer 2.918 cabezas. Era hijo de verdugo, nieto de verdugo y, como era presumible, sería padre de verdugo.
"Todo porque el primer Sanson llamado a manejar el hacha y los útiles de tortura hubo de satisfacer el chantaje de su suegro a cuenta de un pecado de amor. Sucedió en 1688, cuando Charles Sanson I fue sorprendido en actitudes pecaminosas con mademoiselle Margarita. El desliz precipitó la solución tradicional del matrimonio, pero el padre de la futura esposa, conocido con el apelativo de 'maestro Jouënne', exigió la condición de que el marido 'heredaría' la antiquísima profesión de verdugo en la ciudad de París", cuenta un artículo publicado por el diario español El Mundo .
Mas aunque era antiguo, el oficio no tenía nada de enorgullecedor. Comenzando porque el térmi-no bourreau , con el que se refiere en francés a los verdugos, también significa "burro de carga". Además, el mal visto ejecutador vivía del dolor ajeno, y buena parte de sus ingresos prove-nían de una cuota impositiva que se cobraba a comerciantes, fruteros, campesinos y restantes gremios de la sociedad parisina.
Los verdugos de esa época no solo debían ser diestros en la técnica de la decapitación con espada y hacha, sino dominar al dedillo el "arte" de aplicar torturas y suplicios.
"Charles sabía arrancarle el labio superior a los blasfemos, arrancar la lengua a los mentirosos, amputar las manos a los ladrones, fustigar a los pecadores, herrar como ganado a los desertores o flagelar a los menores de edad que habían incurrido en delito grave", dice El Mundo .
Todas esas medidas solían aplicarse en presencia del público, pero el acto más concurrido era la aplicación de la pena capital en las plazas mayores, donde Charles Sanson figuraba entre los protagonistas.
El 30 de julio de 1778, cuando su bisnieto Charles Henri, recibió los implementos de verdugo jefe, la historia no había cambiado mucho. Sin embargo, la invención de la guillotina y la venganza sanguinaria que desató la época del terror en Francia, le permitiría acumular una fortuna sobre el cadalso.
De su época como verdugo jefe de París, Charles Henri vio rodar las cabezas de 370 mujeres, como María Antonieta, y de 2.548 hombres, como Robespierre, Danton y Luis XVI.
Aunque no estaba orgulloso de su oficio, lo asumió como una ley del destino: era el oficio de sus ancestros, de sus hermanos y de uno de sus descendientes.
Charles Henri Sanson heredó este trabajo a su hijo Clement Henri, quien lo ejerció hasta su muerte en 1840. Él fue el último de la familia que manchó sus manos con la sangre de quienes subían al patíbulo.