La parábola de los dos hijos forma parte de un conjunto de tres que trata del mismo tema y que usted puede leer en Mateo 21, 28-46; 22,1-14.
Obediencia proviene de "ob-audire" que significa oír a alguien que desde fuera te dice algo, te manda que hagas algo. Esa obediencia puede quedar en lo meramente verbal: oigo las palabras del que me ordena y le respondo de igual modo que "sí", pero de ahí no paso. Es de palabras, no de hechos. Y son los hechos, no las palabras, los que valen: "obras son amores".
Ya antes, en el mismo Mateo 7, 21, nos había prevenido Jesús con aquello del "Señor, Señor": si esta invocación no va respaldada por las obras, de poco o nada sirve, aunque andemos, por otra parte, adornados de carismas y dones que, según lo puntualiza Pablo, sin el amor son vanos (véase 1 Corintios 13, 2). "No todo el que me diga "Señor, Señor", entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial".
Nunca faltan los dirigentes que dicen que "sí" a lo que les parece algo bueno y que Dios manda, pero a la hora de la verdad no lo hacen y se contentan con el sí.
Son una tierra infructuosa, con piedras o abrojos, incapaz de llevar a buen fin el arraigo y desarrollo de la semilla de la Palabra de Dios (véase Mateo 13, 5-7).
Contrastando con el proceder de los dirigentes judíos, y para mayor vergüenza suya, Jesús pone el caso de los publicanos y prostitutas "que os llevarán la delantera, dice, en el camino del Reino de Dios".
En efecto, si en principio han dicho que "no" a lo que Dios manda, oportunamente cambian del modo de pensar y se deciden a hacer lo que es según Dios y para su bien. Se cumple lo profetizado por Ezequiel: "Si el malvado recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá" (18, 28).
El problema no está en que alguien por un tiempo más o menos grande se niegue a hacer lo debido, pero que acaba haciéndolo, sino en que afirme que sí que lo va a hacer, y que se quede ahí sin hacer nada, lo que equivale a un impenitencia permanente, muy peligrosa para la salvación.
A lo largo de toda la historia de la salvación de Dios, "que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1 Timoteo 2, 4 ), se vale de sus enviados, de los acontecimientos, de la conciencia de cada cual, para que atendamos a su llamado y haciendo lo que nos manda nos encaminemos por el camino del bien, el de la salvación.
El hacerlo o no es cosa personal: los dirigentes del pueblo judío no hicieron caso ni a Juan Bautista ni a Jesús; los publicanos y prostitutas sí.
Ni entonces ni ahora frente a Jesús cabe el ser neutral: o se cree en él y se procede en consecuencia, o se le niega, o la adhesión es un simple "sí", sin una obediencia práctica, lo que lleva a la condena en vez de a la salvación.