LA FANTASíA SE LLENA de imágenes y los dibujos animados encarnan relatos con trazos seductores. Así, un estilo de hacer cine se enriquece en su desarrollo, con el aplauso creciente de sus espectadores.
Definitivamente, el cine animado vive una nueva efervescencia que Ðen nuestro paísÐ hace burbujas en los períodos de vacaciones escolares. Es una tradición convertida en herencia: allí están, para confirmarlo, Tarzán (1999) y El rey y yo (1999), y hace poco vimos Rugrats (1999).
Este resurgir de los dibujos animados viene del éxito inesperado que significó en su momento La sirenita (Disney, 1989), revitalización del género cuando todos lo daban por perdido. De ese modo, la cofradía Disney dio nuevo impulso a un arte que trae su sello desde mucho antes, cuando Walt Disney abrió caminos al cine con el estreno, en 1937, de Blancanieves y los siete enanos, primer largometraje en dibujos animados.
Más allá de ser el primero en su estilo, dicho filme fue pionero en el empleo de recursos estéticos. Además, significó la llegada del cuento infantil al dibujo en movimiento. El "Había una vez" de tantos relatos escritos y de la tradición oral se transmitirían Ðde aquí en adelanteÐ con la imaginación propia del cine. Distintos personajes darían lugar a dibujos que nos contarían sus aventuras en el arte de Disney; recordemos: Pinocho, Dumbo, Bambi, Cenicienta, Alicia (y su infatigable país maravilloso), Peter Pan, la Bella Durmiente, Sirenita, Bella, Aladino, Fa Mulán, entre otros.
Trazos en rigor
Hay más: en la escudería Disney se forjaron dibujantes que luego enriquecieron otros estudios o crearon los suyos: aparece esa emulación constante entre filmes de distintos estudios, todos ellos en legítimo acto de creatividad libertaria en el sétimo arte, porque en este tipo de cine solo es creíble aquello que se expresa de manera increíble.
Por eso, con los dibujos animados se abrió para el cine un espacio en donde la creación artística se ha llegado a juntar ÐexitosamenteÐ con las más calculadas operaciones de mercadeo, y donde también surgen clásicos ajenos al dibujo Disney: la Warner con La princesa encantada (1994) y La espada mágica (1998), la Fox con Anastasia (1997) y DreamWorks con El príncipe de Egipto (1998); también hay que destacar los títulos realizados por Don Bluth: El secreto de Nimh (1982), Faivel (1986), Pie Pequeño en busca del valle encantado (1988), Todos los perros van al cielo (1989) y Edmond (1992).
Así se configuran los trazos de un cine (aparentemente) para niños, capaz de ser tan adulto como en el caso de El jorobado de Notre Dame (Disney, 1996). O sea: es un cine que genera la complicidad de los adultos.
El dibujo animado es un arte que tiene sus primeros respiros en 1907, en los talleres de la Vitagraph neoyorquina, cuando un técnico desconocido encontró el truco más elemental del cine: la vuelta de manivela.
Sin embargo, fue en 1908, en los trabajos de Emile Cohl, en Francia, en la casa Gaumont, donde aparecieron rudimentos animados con Fantasmagorie. Ese fue el soplo inicial de un trayecto donde (luego) aparecerían los cortos de Max y Dave Fleischer, E. C. Segar, Pat Sullivan y Walt Disney, sustrato para que este último saltara al largometraje.
Así se resume una historia donde el encanto es el rigor de las imágenes... hasta hoy.