por Paco González Paz
Nueva York, 17 ago (EFE).- Las revistas eróticas, que durante décadas han alimentado las fantasías sexuales de los adultos, atraviesan los peores momentos de su historia, engullidas por Internet, que ofrece una oferta más amplia y, sobre todo, mucho más explícita.
Situadas a medio camino entre el erotismo y la pornografía, publicaciones como "Penthouse", "Playboy" y "Hustler" nacieron y crecieron al calor de la liberación sexual de las décadas de 1960 y 1970, hasta convertirse en un clásico del género.
Pese a la oposición de los sectores más conservadores de la sociedad estadounidenses de mediados del siglo XX, estas revistas obtuvieron el apoyo de la población masculina con una difusión que llegó a ser superior, incluso, que otras publicaciones de temas generales.
En la década de 1980 lograron además una feliz convivencia con la industria del vídeo que, lejos de acabar con ellas, provocó un auge de la industria pornográfica y facilitó el nacimiento de nuevas jóvenes dispuestas a mostrar sin pudor sus talentos.
Pero si los moralistas que hace 50 años se oponían al nacimiento de estas revistas se asomaran hoy a Internet, les daría un infarto.
La oferta de contenidos sexuales en la red es abrumadora, no sólo por la ingente cantidad de páginas webs, sino por la variedad de temáticas pornográficas que se pueden encontrar solo con un "clic" del ratón.
Frente a la fantasía y a la ilusión erótica que ofrecían las revistas, el internauta puede encontrar en Internet imágenes explícitas de todo el espectro pornográfico, desde los desnudos artísticos o el "porno soft", hasta las parafílias más sórdidas y pervertidas.
La libertad y la ausencia de controles que ofrece la red ha disparado el volumen de páginas sexuales, hasta el punto de que, según la revista Forbes, el "cibersexo" igualaba ya en el año 2001 a las publicaciones pornográficas en ingresos, con unos 1.000 millones de dólares anuales.
Para Forbes, la industria del porno mueve anualmente entre 2.600 y 3.900 millones de dólares, cifra muy por debajo de los 10.000 millones de dólares que estimaba "The New York Times" en un reportaje publicado en mayo de 2001,
Para el diario, las empresas dedicadas a la pornografía habrían conseguido superar en facturación a las grandes ligas deportivas, e incluso, a la industria de Hollywwod.
Paradójicamente, el auge del porno se está llevando por delante a las revistas para adultos, a las que cada vez les resulta más difícil competir con la comodidad del acceso a Internet desde el hogar.
"El futuro del porno ha migrado definitivamente a los medios electrónicos", aseguraba hace unos meses Bob Guccione, el extravagante fundador de "Penthouse", uno de los pioneros en el género junto a Hugh Hefner, el millonario editor de "Playboy".
Precisamente "Penthouse" ha sido una de las publicaciones que más se ha resentido de la competencia del "cibersexo", dado que sus ventas han caído hasta los 500.000 ejemplares, cuando unos años antes su tirada era de cinco millones.
Esta misma semana, la empresa editora de la revista, General Media, se vio obligada a instar la bancarrota, acuciada por las deudas que mantiene con sus acreedores, y que rondan los 40 millones de dólares.
Mientras trata de mejorar su situación financiera, la revista, que ya ha cumplido 38 años, ha tenido que demorar la salida de su ejemplar de agosto, que no verá la luz hasta el próximo día 19.
"Playboy" ha sorteado con mayor éxito la crisis, y en la actualidad se mantiene con una tirada de 3,2 millones de ejemplares mensuales.
Con el paso de los años, las revistas porno ha endurecido sus contenidos, y sobre todo, las imágenes de sus portadas, tratando de atraer nuevos lectores.
Pero la medida ha resultado contraproducente, porque los dueños de los establecimientos donde se venden las revistas se han visto obligados a ponerlas en lugares menos visibles, e incluso a prescindir de ellas.
Ello no ha hecho más que acelerar las caídas de sus ventas, de manera que, en unos años, las revistas eróticas quedarán solo para los pocos que no tengan acceso a Internet o para los nostálgicos del papel. EFE
pgp/jma