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Los "chineados" del Carlos María Ulloa

Ocho adultos mayores tienen más de 40 años de vivir en ese centro

Son ocho y son los más viejos residentes del Hogar Carlos María Ulloa, ubicado en Goicoechea. Llegaron hace más de 40 años a esa institución, cuando aún se le llamaba –sobre todo popularmente– "Hospicio de Incurables".

Ahora son viejitos, pero en aquel entonces eran niños o jovencitos, muchos de ellos huérfanos o hijos de familias de escasos recursos económicos y todos tenían una discapacidad física o mental... Eran "incurables" para la gente de la época y por eso llevan toda una vida allí.

"No tenían una enfermedad incurable, pero tampoco la oportunidad de superar su discapacidad como sí se puede ahora", dice la hermana Anita Ureña, una de las 17 religiosas de las Hermanas de Santa Ana que cuidan a los 250 ancianos de la institución.

A esos ocho ciudadanos de oro se les encuentra en los pasillos y salones del Carlos María Ulloa: unos conversan, otros observan lo que sucede su alrededor y algunos están imbuidos en sus pensamientos y soledades.

"Toy solito"

Valentín Villareal, conocido como Villita , tiene 83 años, es el mayor de todos y llegó a ese hogar cuando tenía 12 años. ¡Hace 71 años! Es un hombre dulce y colaborador, que hasta hace unos años fue el panteonero de la institución y le tocó enterrar a muchos de sus compañeros.

Sus recuerdos, como los de muchos de ellos, son caprichosos: a veces salen, otras no. Villita cuenta que toda su familia ya está en el cielo, que a los 10 años trabajaba jalando leña y ladrillos en la carreta con bueyes y que a su hermano lo picó una culebra en la pierna y se murió.

"Toy solito", balbucea. Con orgullo, muestra los zapatos y las medias que le regalaron en la Semana del Adulto Mayor que se realizó en la penúltima semana de octubre. "Contento, contento", logra decir.

De camino, es inevitable toparse con uno de los besos que tira Cuca , cuyo nombre es María Eugenia Leandro.

Cuquita ingresó hace 60 años, cuando era una niña de ocho. Tiene una mirada dulcísima, pasa regalando sonrisas y si se acerca probablemente le diga, aunque no habla, que quiere a la hermana Anita hasta el cielo. ¿Cómo? Despacito se pone su mano en el corazón y después señala el cielo.

Es una señora coqueta, con una cadenita de fantasía, las uñas pintadas y un pañuelo en su cabeza. No tiene familia ni espera a nadie los domingos de visitas. En el Carlos María Ulloa aprendió a coser y hasta el año pasado hacía limpiones.

El mismo día que llegó Cuca , ingresó Clemente Arias Cerdas, un muchachito de 13 años que ahora ya tiene 73. Él es uno de los pocos suertudos: tiene algo de familia, por lo cual sale con ellos de cuando en cuando.

Tartamudea un poco, pero la paciencia hace que fluya la conversación. Clemente es un hombre trabajador: hace casitas de madera para el portal y hasta les pone un bombillito; también confecciona chorreadores y le encantan las labores del campo.

"Tengo un tallercito aquí. Hay serrucho, cepillo, caladora. Los bancos de carpintería los hice yo, porque no había nada", comenta ese hombre que fue enviado desde el Hospicio de Huérfanos hace 60 años.

Algo grandecitos

Crispín Calderón Calderón, de 77 años, y Leticia Argentina Castillo Zúñiga, conocida por todos como Marielitos , permanecen tranquilos sentados en sus sillas de ruedas. El mundo que los rodea es un zumbido constante, del cual se enteran en ciertas ocasiones y hasta es posible sacarles una sonrisa.

Crispín tiene 60 años allí y llegó a los 17 años, proveniente del Hospicio de Huérfanos. Marielitosllegó "ya grande", dice una religiosa, a la edad de 19 años.

Inés Bolaños Brenes, de 66 años, es algo tímida, pero se acerca a conversar porque le gusta estar acompañada. Llegó a los 20 años al Carlos María Ulloa, donde fue dejada por su mamá y su padrastro; aquel momento fue tan duro que recuerda que llegó con un "vestido lindo y descalza".

Inés es agradecida y antes ayudaba a limpiar los salones y a tender las camas. Ahora es la alumna más aplicada del taller de manualidades: le gusta tanto que llega de primera.

Toño , Antonio Aguilar Aguilar, es hábil en los trabajos manuales y hace canastos con alambritos de colores de los que trae el cable de teléfono. Ha vivido con las monjas desde hace 57 años, cuando era un niño de 12.

"Mi papá me trajo. Padezco de descomposiciones –epilepsia–, pero ya no me han vuelto a dar... Tengo varios hermanos, pero nunca vienen", afirma con desaliento.

Ayuda por ayuda

De un pronto a otro, pasa velozmente una mujer de 67 años, menudita, vestida como una muñequita y refunfuñando. Es Dorita Lindo, la más colaboradora y conversadora de este grupo de residentes.

Su humor es inestable, pero basta que se le hable de muñecas para que se le endulcen los ojos y amaine su enojo.

Llegó a los ocho años –de eso hace 59 años– y sabe que a las monjitas les ha costado mucho criarla. "Me daban pan, arroz, aceite de bacalao y juguetes, eso no era barato. Ella me enseñaron a trabajar y yo le pido a Dios que me ayude a cooperar con ellas... A mi no me gusta estar ociosa", dice Dorita, quien a buena mañana llega a las oficinas del hogar a ver si puede ayudar.

"¿Tiene un billete? Necesito muchos; no crea que son para mí, sino que es para las hermanas, no ve que me criaron y yo quiero agradecerles. Si recoge un montoncito se va al cielo y no pasa por las llamas del infierno", expresa con sonrisa pícara.

A unos ya no les queda nadie; otros esperan ansiosamente las visitas de los domingos –aunque en ocasiones no llegan– y algunos ya se han olvidado del mundo fuera de los muros del Carlos María Ulloa: allá no tienen familia, ni amigos ni recuerdos.

"Aquí están mejor, aquí los chineamos. En aquella época, no la hubieran pasado bien", asegura la hermana Anita. Quizás sea cierto; no obstante, ¿quién cura la historia de soledad de los "incurables"?