Las solicitudes de amistad en Facebook proliferan en la página de la asociación de Animales de Asís. Sin embargo, los dos albergues que poseen no alcanzan para proteger a todos los animales que necesitan de su ayuda.
Karin y Robert Hoad, creadores del albergue en el Monte de la Cruz, Heredia, quisieran encontrar tantos amigos reales como los que tienen en el mundo virtual, aunque admiten que la red les permite establecer contactos y hacer publicidad para las adopciones.
La página de la asociación en Facebook da cuenta de unos 5.000 amigos, quienes buscan ayuda si hallan un animal atropellado o enfermo en la calle y hacen donaciones o aportan voluntariado cuando se sensibilizan con las fotografías que hay en el perfil.
Además del aporte de Robert Hoad, las donaciones y lo recaudado en los eventos que se promueven desde este muro virtual son la única fuente de ingresos de la asociación.
Por eso, Karin está convencida de que deben hacer un esfuerzo adicional por fortalecer su página y mejorar las tácticas.
“A veces hay muchos ‘me gusta’ y eso está bien, pero también necesitamos que adopten y que donen”, dice la cuidadora.
Karin da dos palmadas, suelta un grito y todos los perros dejan de ladrar. “Yo grito mucho y entonces ellos no pelean”, dice con un dejo de dulzura en la voz.
Esta mujer de 72 años es ama y señora de los 140 perros, 20 gatos y dos monos que ha cuidado después de que estos han sufrido un accidente o una cirugía.
Cuando la herida es muy grave, pide a sus voluntarios que lleven a los animales a la Escuela Medicina Veterinaria de la Universidad Nacional, donde dan atención las 24 horas del día.
Siempre les pone nombre: Muñeca, Terry, Dulce, Peluso, Flor, Mimi, Junior, Roberta, Wálter... porque para ella todos merecen tener, si no un hogar propio, al menos un nombre.
Terry se pone en dos patas y alcanza a brincar un metro hacia arriba para destacar entre los 70 canes que piden atención.
A su paso, todos demandan cariño; unos mueven la cola y otros ladran y se tiran en pose de ‘muertito’ para que los vean.
“Aquí lo hacemos todo para que encuentren un hogar, porque un albergue nunca sustituirá a una familia”, dice María Nelly Cabibbo, una de las seis voluntarias.
En el albergue se aprecian dos construcciones redondas, con unos 28 encierros amplios en cada una. En el centro de una de las estructuras, funciona un pequeño “hospital” donde los vacunan, desparasitan y castran.
Según la historia, San Francisco de Asís fue un hombre rico que dejó todas sus pertenencias y se dedicó a una vida de contemplación en armonía con los animales y cuidando de ellos.
La de Karin y Roberto es una versión moderna de este relato. Salieron de su país, Estados Unidos, y se instalaron en una finca de difícil acceso. Ahora, dedican todo su tiempo y sus recursos a proteger animales en riesgo.
Llegaron a Costa Rica hace 16 años y compraron una propiedad a tres kilómetros del Monte de la Cruz. Ella tenía 40 años de trabajar con animales en su país natal: comenzó en un consultorio veterinario y empezó a estudiar esa carrera en la universidad, pero pronto descubrió que el sufrimiento de los animales le resultaba contagioso y prefirió ayudarlos desde otro campo.
Su filosofía es que todos los animales tienen derecho a vivir, por lo que la eutanasia solo debe aplicarse en casos extremos.
“La gente se enferma y sufre también. Este perro tenía una patita quebrada, pero ahora está bien; entonces no fue necesario inyectarlo para que muriera”, dice con convicción.
Para llegar a su casa, se tarda poco menos de una hora desde San José, y el camino es más parecido a un río que a una calle. Está en tan mal estado que hace un año debieron cerrar la escuela ambiental, donde instruían a grupos escolares y colegiales en temas sobre la naturaleza.
Ahora el lugar solo es visitado por los voluntarios y los cuatro empleados que limpian las jaulas, sacan a pasear a los perros y los bañan.
“Ya nadie quiere subir, porque el camino es imposible”, lamenta ella. Aun así, ellos bajan en su microbús para recoger a los perritos callejeros en riesgo o para entregar alguno que lograron dar en adopción; de manera que la esperanza sigue viva.