De un tiempo para acá se viene dando en la cartelera cinematográfica del país cierta repela de películas y se exhiben filmes con algunos años de atraso. Este caso es el de Una loca familia (2005), cinta británica dirigida por Niall Johnson.
En términos de propaganda, la película gira sobre el actor inglés Rowan Atkinson, el conocido Mr. Bean, en cuanto que él encarna al personaje principal: un pastor de pueblo que, preocupado por su misión parroquial y por un sermón importante, no se da cuenta que su familia se le está hundiendo más que el Titanic.
Así es, la esposa del reverendo Goodfellow anda en jugueteos eróticos con su profesor de tenis, más joven que ella. Por su parte, este donjuán acosa a la hija de la señora y del pastor, jovencita que cambia de novio a cada rato y anda más perdida que gallina en una banda de zorros. También está el otro hijo, quien sufre el escarnio de los compañeritos en la escuela.
Es cuando aparece Grace, especie de Mary Poppins de estilo muy particular, quien logra socar tornillos en la familia del pastor Goodfellow. Ella viene como ama de llaves y cae como agua para mayo. Con Grace, tenemos la presencia indivisa o singular de la gran actriz Maggie Smith.
Maggie Smith le da cuerpo a esta comedia. Según convenga, la sutileza o el desenfado de esta actriz con su personaje le dan plenitud al humor negro del argumento: ella es para esta cinta lo que las manchas a una cebra. El director del filme lo intuye bien y deja que la actriz se plasme con toda su elocuencia histriónica. Su personaje es prácticamente inolvidable.
La película tiene un buen prólogo, con sarcasmo descarnado. Con tal comienzo, duro, entendemos que la cinta irá por la ruta de la ironía y de la irreverencia. El problema es que, luego, el actor Rowan Atkinson es incapaz de salirse de lo único que sabe hacer: ¡muecas! Aquí es Mr. Bean con parlamentos.
Con dicho actor, la historia pierde credibilidad, incluso le ponen en bandeja algunas secuencias innecesarias, solo para sacarle provecho comercial a la popularidad de este histrión en su país y en otros. Hay momentos escénicos que exigen cierta pausa gestual en el personaje del pastor, pero con Atkinson no es posible, y el director nunca le pone freno.
Esto va en contra del filme, tanto que disminuye las posibilidades escénicas de una buena actriz, de grata y solvente presencia, como lo es Kristin Scott Thomas, en el papel de la esposa infiel. Igual sucede con el actor Patrick Swayze, como el amante “tenístico” de la señora del religioso.
En esa tesitura, esta película nos deviene irregular.
Es absolutamente imposible que la totalidad del filme se sostenga sobre las secuencias donde aparece Maggie Smith. Este es el error grave en el diseño del filme y debemos cobrarlo, aunque sea la razón para ir al cine a ver esta comedia sulfurosa.