Se inicia una confabulación organizada contra Jesús. Es esto lo que nos muestra Mateo al presentar a los enemigos del Señor planeando, reuniéndose, en fin, poniendo trampas. Lo propio de las gentes despreciables.
Dada la enorme cantidad de preceptos establecidos, nadie era capaz de recordarlos todos y mucho menos de vivirlos adecuadamente.
Así, las autoridades conocedoras de la ley se planteaban a sí mismos la misma cuestión que ahora le plantean a Jesús: ¿cuál es el mandamiento más importante?
Los intentos de respuesta a esta cuestión eran variadas. Dependía del maestro de que se tratara, de su escuela y de la forma erudita en que lograra explicarse.
Cuando los fariseos le plantean el tema a aquel galileo dan casi por sentado que no sabrá responder.
La respuesta de Jesús los dejará atónitos. No sabrán qué agregar a lo afirmado por aquel maestro, pues llevó el tema más allá de los límites dentro de los cuales ellos mismos lo entendían.
Jesús hace ver que lo esencial no es distinguir el mandato principal, sino ir a la raíz. Esto es, el fundamento que da validez y sentido al o a los mandatos.
Y Jesús propone dos claves para apoyarse: el amor a Dios y, a través de él, el amor a los hermanos.
Así les hace ver un fundamento dador de sentido. Ignacio de Loyola en sus Ejercicios espirituales dice “el hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima”.
Efectivamente. Un punto clave: se ama a Dios y se le sirve en consecuencia.
El Hno. Rafael, reflejando su experiencia, decía: “Nadie sabe lo que es el corazón de un novicio lleno de amor de Dios”, y más adelante: “¡qué bien sale todo, cuando se hace por amor a Dios” ( Saber encontrar , 37.35).
Ese amor, dador de sentido y que posibilita todo, es –en palabras de Luigi Giussani- lo que hace viable que “la compasión por el hombre se convierta entonces en conmoción” ( ¿Se puede vivir así? , p.254).
Esto es, una conciencia creciente de que la realidad no es la que Dios quiere y que estamos llamados a cambiarla porque nos urge el amor que Dios nos tiene y le tenemos.
Así el creyente se vuelve operativo, transformador, auténticamente revolucionario.
“La caridad no puede estar en el fondo del corazón”, escribió Teresa de Lisieux en su autobiografía, la caridad debe comunicarse y debe ser el elemento generador de la sociedad nueva que todos queremos ver brillar y que Pablo VI llamó “civilización del amor”.
Mauricio Víquez Lizano, presbítero.