Por aquellos tiempos, don Jaime parecía más un publicista que un cartero. Aunque iba de casa en casa repartiendo la correspondencia, también llevaba anuncios en su bolso de cuero. “No diga cacao, pida Tablex”; “Odol, la mejor pasta para los dientes”; “Para quitar el dolor... Dolorina es lo mejor”.
Decenas de eslóganes se mezclaban con los destinatarios de las cartas que entregaba en los primeros años del siglo pasado. Chocolates, medicinas, harina, cigarros, zapatos y un sinfín de productos más encontraron en los sobres de papel el medio ideal para anunciarse.
“En la segunda mitad del siglo XIX y con el advenimiento de los primeros sellos postales o estampillas de correo del mundo, la correspondencia se incrementó porque los países bajaron los costos de franqueo. Los comerciantes comenzaron a plasmar mensajes publicitarios en los sobres de la correspondencia que tenían con sus proveedores y clientes”, explica el historiador y filatelista Álvaro Castro-Harrigan.
La televisión estaba lejos de existir y, por esos días, los periódicos y la radio eran los únicos medios para anunciarse.
“Pero la correspondencia era epistolar, todo mundo le escribía a todo el mundo. Las casas tenían un buzón o un apartado postal. Todos los días llegaba el cartero, entonces era una buena forma de sacarle provecho: con publicidad”, añade Castro.
El fenómeno se extendió primero por varios países de América y, a finales de esa centuria, comenzó a darse aquí. En 1896, la fábrica de calzado De la Guardia, ubicada en la Calle de la Estación (Paseo de las Damas) fue uno de los primeros locales en anunciar sus productos en los sobres que enviaba dentro y fuera del país. Pronto le siguieron almacenes, distribuidores y profesionales que ofrecían sus servicios.
“En Costa Rica, los primeros sobres publicitarios eran, principalmente, membretes un poco más elaborados, con un eslogan o una indicación del producto o servicio ofrecido, impresos en color negro”, afirma Castro.
Los sistemas de impresión en el país eran tan rudimentarios que adornar los sobres con un mensaje bellamente ilustrado, como se hacía desde décadas atrás en Estados Unidos y Europa, era tarea difícil. Se requería de fotógrafos, dibujantes y encargados de hacer las planchas metálicas que después imprimían, color por color, sobre el papel.
A pesar de las limitaciones, la práctica se mantuvo vigente durante décadas e, incluso, es usada hoy por algunas empresas.
“En los años 60, los sobres publicitarios tuvieron su caída más marcada; hoy son una derivación de la filatelia, que pocos practican en el país”, concluyó Castro.