Lisboa ha recibido muchos apodos. Unos la llaman "La hija de los mares" o la "Dama atlántica". Para otros, como el gran escritor luso José Saramago, es la "ciudad pálida". Antoine de Saint-Exupéry la describió como "un paraíso claro y triste" y Tirso de Molina no escatimó halagos al calificarla como "la octava maravilla" del mundo. Pero si en algo coinciden aquellos que la han visitado, es en que Lisboa tiene encanto. Para muchos es la última capital "mágica" en Europa.
Geográficamente "arrinconada" en el extremo suroccidental de Europa y marcada por la cercanía del océano Atlántico y el río Tajo -Tejo, en portugués-, Lisboa, dicen, siempre se ha debatido entre la nostalgia del pasado y la modernidad.
La "expo"
Pero ahora, con la celebración de la Exposición Mundial, la milenaria capital portuguesa, fundada según la leyenda por Ulises, se enfrenta "con la mayor sacudida desde el terremoto de 1755", en palabras de su alcalde, Joao Soares, hijo del expresidente socialista Mario Soares.
La ciudad ha sido sometida a una operación de corazón abierto. Y los lisboetas, a una dura prueba de paciencia. Obras, andamios, polvo y ruido por todas partes. Incluso cuando faltaban apenas pocos días para la gran inauguración.
"San Antonio, haz un milagro para que las obras terminen de una vez", rezaba una gran pancarta colocada recientemente por los hastiados vecinos del viejo barrio de Alfama, que con sus laberínticos callejones y bares es una de aquellas zonas "mágicas" de Lisboa, una ciudad en la que se han establecido innumerables inmigrantes de las antiguas colonias africanas de Portugal.
Si el terremoto de 1755 devastó la ciudad y costó la vida a más de 30.000 personas, la "sacudida" de la Expo supondrá, según los urbanistas, el lanzamiento definitivo de Lisboa al siglo XXI.
Algunos temen por el encanto de Lisboa, donde a veces el tiempo parece haberse detenido. Así, por ejemplo, en sus peculiares tranvías pintados de amarillo, que con sus bancos de madera y varias décadas a cuestas siguen recorriendo las empinadas colinas del casco antiguo de la ciudad, de techos rojos y adoquines pulidos por el tiempo en sus calles de aire neoclásico.
Otros, en cambio, recuerdan que el terrible incendio que arrasó en 1988 con buena parte de los históricos edificios del Chiado sirvió para restaurar por fin el "Bairro Alto", que antaño era el lugar de encuentro de intelectuales y artistas, como el gran poeta Fernando Pessoa, y donde por las noches aún resuenan las tristes melodías de los cantantes de fado.
Si eso pudieron las llamas, ¿qué efecto no tendrá un proyecto de 2.000 millones de dólares como la Expo en una ciudad en cuyo centro histórico hay contabilizados 124 edificios prácticamente en ruinas?
Las mejoras en las infraestructuras saltan a la vista: hay nuevas líneas de metro, autopista de circunvalación y una nueva estación de trenes, la "Gare do Oriente" diseñada por el arquitecto español Santiago Calatrava -sin contar el espectacular puente Vasco da Gama sobre el Tajo, que con una longitud de 18 kilómetros es el más largo de Europa- y un alivio para el congestionado tráfico capitalino.
Pero lo más importante es quizás que la Expo ha devuelto a los lisboetas el Tajo, un río al que la ciudad ya no les seguirá dando la espalda.
Sobre una superficie de 340 hectáreas, de las que 60 corresponden a la Expo y donde hasta hace poco se acumulaban los escombros industriales, por ejemplo, de una refinería y un matadero, nacerá un nuevo y moderno núcleo urbano. Este contribuirá a descongestionar una capital que para una población censada de 700.000 habitantes -se estima que en realidad supera los dos millones- se ha quedado pequeña.
Esta "Expo Urbe", que se prevé estará terminada en el año 2009, contará con 10.000 nuevas viviendas y unos 25.000 puestos de trabajo. A diferencia de la Exposición Universal de Sevilla en 1992, que dejó prácticamente una ciudad fantasma, el 70 por ciento de los pabellones y demás edificaciones de la Expo de Lisboa están pensados para perdurar.
Así, el Pabellón de la Utopía se convertirá en un estadio multiuso con capacidad para unas 16.000 personas, mientras que el Oceanario está llamado a convertirse en una atracción turística permanente de la ciudad. Y el resto del recinto de la Expo, en la que trabajaron día y noche unos 8.000 obreros, albergará el futuro complejo ferial de una capital que, sin duda, se abre a nuevos horizontes.