
En Hollywood ya pasaron aquellos tiempos de las comedias punzantes, con humor enojoso para ciertos hígados. En mucho. Hay excepciones; pero, en general, hoy las comedias buscan cierto punto de equilibrio entre el melodrama y el dulcete conceptual. No decimos que, necesariamente, sean malas películas; solo que han perdido sutileza, afán crítico y experimentación formal.
Este es el caso de una película agradable y aceptable titulada Ligeramente embarazada (2007), dirigida por Judd Apatow, donde el hilar narrativo deviene como el título: ligeramente. Aún así, uno le toma cariño al filme, lo mira entre sonrisas y con mano abierta al agradecimiento, y se le agradecen algunas “vulgaridades” bien combinadas con la afabilidad del romanticismo.
Con personajes que no se hastían de fumar mariguana (es casi un comercial a favor de dicha droga), vemos cómo en una noche loca se lían dos jóvenes de muy distintos temperamentos entre sí. Ella es una burguesita presentadora en televisión; él es un “vive por nada”, cuya desfachatez aumenta o disminuye según la hierba que se haya fumado. Terminan haciendo el amor y ella queda embarazada.
La verdad es que queda embarazada por un mal entendido: cada cual creía que el otro o la otra tenían la protección concreta para evitar lunas de panza creciente. A eso le dicen “un embarazo no deseado”, porque lo únicamente deseado es lo que se hace antes de la preñez.
A partir de ese embarazo tan conflictivo, porque ella decide no abortar, suceden mil cosas comunes, donde los diálogos vienen a ponerle más inteligencia a la película, sobre todo al cuestionar la relación de pareja: “si yo”, “si usted”, “si nosotros”, en fin. Es cuando se enfrentan el amor propio con el amor a la otra persona: batalla ética con pancita de por medio.
Aquí la película resulta más simpática y algo punzante (¡algo!). Sin embargo, el guion vuelve pronto a cauces normales, sin trasgresiones. Más bien la trama se alarga sin necesidad, para sostenerse sobre los hombros de la pareja actoral: Seth Rogen como el tipo atribulado y Katherine Heigl como la mujer consternada.
La dirección de actores es buena, aún con los personajes secundarios, algunos de ellos bien graciosos. Con todos, se llega al terrible final feliz que deben tener las cintas cinematográficas hoy (¿por qué?). Por secuencias, la situación narrativa y su puesta escénica están resueltas sin garra, con excesiva mansedumbre, sin puya, por lo que el filme pierde densidad vitamínica.
En todo caso, con esta película se rebate lo escrito por William Shakespeare: “Nosotros somos esa cosa de la que los sueños están hechos” (La tempestad) y podemos afirmar que igual somos eso que hagamos en noche de borrachera con la impetuosidad sexual ahí entrometida.