
La escritura aparece hace alrededor de 5.000 años en la ciudad de Uruk, en Mesopotamia, como respuesta a la necesidad de llevar las cuentas en los almacenes de los templos. Pronto, los signos liberan a la memoria humana y permiten acumular el conocimiento para ser transmitido de generación en generación. Así, la escritura marca el fin de la prehistoria y... ¡el nacimiento de la historia!
¿Cómo leemos? La escritura es imposible sin la lectura que, a lo largo de 50 siglos, ha producido tres tipos de lectores:
k1. El lector reproductivo, que dice lo que dice el texto. Isabel Solé (profesora de Psicología de la Universidad de Barcelona) apunta que la lectura reproductiva es típica del colegio. Este es el mundo de los docentes impacientes porque sus alumnos acumulen conocimientos, sin preocuparse por que los entiendan, organicen e interioricen. Lo trágico es que cuanto mejor se comprenda un concepto, más fácilmente se recordará.
k2. El lector medieval o escolástico, que repite el significado autorizado. Del dios Hermes –patrón de la lectura y mensajero entre los dioses y los humanos– deriva la hermenéutica o interpretación de textos. Originalmente, la interpretación se enfocaba en los textos sagrados, en los que solo podía haber mensajes edificantes. En la pedagogía, esto resultó en la creencia de que a todo texto literario se le debe extraer una enseñanza sintética y positiva (la que usualmente entrega el profesor).
k3. El lector crítico, capaz de interpretar el texto y construir nuevos conocimientos. En este caso, no se trata de repetir como un loro, aprenderse el resumen “de Internet” o aceptar la verdad dada por el profesor: lo meramente reproductivo o interpretativo da paso a una lectura epistémica.
Claro está, saber leer y escribir no garantiza demasiado. Los estudiantes y profesores que creen que el conocimiento es simple y que se aprende de forma rápida –todo o nada y a la primera–, se quedan en la superficie y no logran una lectura crítica.
Leer, pensar y construir la mente. Gordon Wells (una autoridad mundial en el tema del lenguaje y el aprendizaje) establece cuatro niveles de alfabetización: en el primer escalón está el nivel ejecutivo, que reconoce letras, palabras, frases y estructuras textuales; un escalón arriba, el nivel funcional permite responder a las exigencias de la vida cotidiana; subiendo otro escalón, el nivel instrumental enfatiza el poder de la lectura para obtener información. Finalmente, el nivel superior es el epistémico, que emplea la lectura como herramienta para transformar el pensamiento, y no solo acumular información.
Con frecuencia, la enseñanza de la lectura se restringe a los dos primeros niveles. Se asume que el nivel instrumental vendrá “de algún modo” y el nivel superior es desdeñado. Así, son raras las tareas asociadas con el desarrollo de la lectura epistémica: elaborar mapas conceptuales, integrar y sintetizar dos o más textos, desarrollar talleres de escritura colaborativa, practicar la autointerrogación metacognitiva (métodos para verificar la calidad del propio trabajo), trabajar con “texto truncado” (interrumpir una lectura y dejar que los estudiantes redacten “el final”), etc.
Formar estudiantes estratégicos. Escribir un ensayo, una monografía o realizar la síntesis de varios textos son “tareas híbridas” que exigen leer y escribir de manera integrada. Hay que convertirse en autor (considerar el tema y el tipo de lector) y volver a ser lector para revisar el propio texto. Es esta lectura epistémica la que empuja a pensar estratégicamente, reorganizar y transformar el conocimiento.
Luchar por la lectura es distinto a ser beligerante en favor de un texto o de otro. No es raro leer a colegas rasgándose las vestiduras porque el libro de sus amores fue sacado de las listas de lectura obligatoria. Empero, si no se aspira a hacer lectura epistémica, el libro a leer es una cuestión secundaria. Dicho sacrílegamente: para formar un lector reproductivo y funcional, da lo mismo El Quijote que Corín Tellado.
Tal vez no se trate solo de uno u otro libro, sino, también, del tipo de lector que queremos formar. Parafraseando a Shakespeare: ¿reproductivo o epistémico? Esa es la pregunta.
Pensando acerca de la palanca, Arquímedes decía: “denme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Una oferta similar nos hacen los libros: “Danos lectura epistémica y ¡moveremos tu mente!”.