
De pronto, sin que la buscáramos por eso, nos encontramos ante una película realmente extraordinaria en cuanto a dirección actoral. De la mano del director Tate Taylor, un grupo de actrices le da afecto e intensidad a una historia descrita con cierto candor y valiente compromiso.
Aquí se titula
El filme describe con estilo, buen arte y apuntalado relato, entre otras virtudes, la historia de una muchacha blanca que consigue trabajo de periodista y quiere ser escritora. Es cuando decide investigar sobre el trato a las empleadas domésticas, mujeres negras, en las casas de mujeres blancas.
Las mujeres negras no solo llevan el oficio, sino que a ellas les toca la real educación de los hijos y, sobre todo, de las hijas de las esposas blancas, agotadas en reuniones, juegos y caridades sociales.
Para los blancos vale más la caridad que la justicia en su quehacer cotidiano.
Los simpatías entre las criadas de una raza y las niñas de otra se manifiestan de manera harto cariñosa. Sin embargo, las blancas educadas por negras, cuando adultas, repiten los modelos discriminatorios en contra de su servidumbre negra. ¿Por qué?
El filme hace suya la pregunta y también la respuesta. Así, ofrece una historia donde la calidez humana es avasallada por la intolerancia. Se trata de una película con vocación artística y, por otro lado, de definida función social. Para nada elude –esta película– sus responsabilidades éticas.
Tampoco cae en el discurso panfletario, por lo que no se altera la riqueza dramática de la puesta en imágenes ni su sustrato melodramático, que también aparece en exacta dosis narrativa, amén de momentos de muy buen humor que, de alguna manera, sirven como indicios de verosimilitud.
Música y fotografía están muy bien al servicio de lo referido: son elementos importantes en la contextualización de la historia (el contexto como parte del texto). Por momentos, el filme hecha mano a ciertos remiendos formales y se ven las costuras. En el montaje, por ejemplo. Mas no por esto voy a quitarle una estrella de calificación a un filme que demuestra ser humanamente valioso.
Si el Óscar no fuera solo esa vitrina comercial y mediática que es, cualquier actriz de esta película le habría quitado la estatuilla a Meryl Streep (¡qué grandes aquí Octavia Spencer y Viola Davis!). Y si el Óscar no fuera un evento presionado por intereses económicos,
No solo les recomiendo esta película, les pido que la vean. Algo ha de cambiar en nosotros al hacerlo. Hoy, esta historia de servidumbres medievales la viven los latinos en Estados Unidos, entre otros. Pongo como frase de cierre lo dicho por el crítico Owen Gleiberman (