Ya desde el título es fácil inferir que Sin tetas no hay paraíso es una teleserie que transita por un desfiladero transgresor –provocador si se quiere–, pues es el precio de su intento por mostrar la realidad de cientos de jóvenes atrapados en una sociedad regida por cánones de belleza y riqueza.
La prestigiosa cadena colombiana Caracol está detrás de esta producción, estrenada en el 2006, y cuya historia pretende mostrar el daño moral y cultural que han hecho los narcotraficantes a toda una generación sumergida en un mundo que no les pertenece y que, tarde o temprano, les cobra un alto precio por su ambición y vanidad.
En esta oportunidad, Caracol le vuelve a apostar al talento nacional con una producción basada en el libro del escritor colombiano Gustavo Bolívar, quien, a través de su obra, muestra en forma descarnada la dura realidad de algunas de las jóvenes del viejo Caldas.
La serie se ha convertido en el producto más vendido en los últimos años por la cadena colombiana. Tanto es así que países como España ya adquirieron sus derechos, e Italia, Rusia y Estados Unidos están negociando también.
De acuerdo con la sinopsis de la historia, publicada en la página oficial de canal Caracol, Sin tetas no hay paraíso nació del encuentro de su autor, Gustavo Bolívar, con Catalina y Jéssica, las protagonistas de su novela en Pereira. A partir de ahí surgió la idea de hacer la serie, para contar la historia real de las mujeres que sueñan con ascender en la escala social utilizando sus cuerpos y la belleza artificial para lograrlo.
Con una mezcla de suspenso, acción y drama (que se permite pinceladas de fino humor de vez en cuando) se lleva el hilo conductor de la vida de dos jóvenes preocupadas por encajar en el mundo del narcotráfico y en los exigentes ideales de los capos.
Aunque está ambientada en la realidad colombiana, la mayoría de países latinoamericanos pueden identificarse con algunos rasgos comunes, como la denuncia abierta y el llamado a la sociedad sobre la proliferación de implantes mamarios sin las observaciones médicas requeridas.
Otro paralelismo que también atañe a las sociedades latinas es el de las jóvenes que desdeñan el estudio y el trabajo y recurren a su cuerpo para alcanzar su añorada vida de mujeres ricas.
Elenco de lujo. Uno de los mayores aciertos de esta producción estriba en la combinación de nuevos valores de la pantalla con actores veteranos. Así, por ejemplo, María Adelaida Puerta, quien encarna a Catalina como protagonista, era apenas conocida en su país de origen, en contraposición con un actor como Cristóbal Errázuriz (nada menos que el malvado Iván Vallejo, de Café con aroma de mujer ).
La historia de Catalina es la de una joven de 14 años, natural de Pereira –ciudad rural colombiana– cansada de ser pobre, que asiste al colegio sin perspectivas de conseguir un buen empleo tras graduarse.
Entonces decide seguir los pasos de sus amigas que, con implantes de silicona en el pecho, consiguen novios mafiosos que las mantienen económicamente y les regalan ropa lujosa y joyas.
Así, la joven acaba conviertiéndose en una “prepago” (prostituta), primero para obtener los casi $6.000 que cuesta ponerse implantes, y luego para “darles plusvalía” siempre en el mismo trabajo, pues la mayoría de sus clientes potenciales tienen predilección por “las de tetas grandes”.
Narrada así, la trama de esta teleserie de 23 capítulos de una hora (en Colombia fueron 30 capítulos de 40 minutos) parece trivial. Insistimos: la prostitución juvenil desde hace siglos dejó de ser noticia.
Pero a esta producción se le puede endilgar cualquier adjetivo, menos el de trivial.
Y es que a lo largo de sus 23 capítulos (quien escribe ya vio la teleserie completa en DVD), la trama se va desarrollando con un ritmo frenético que mantiene al espectador con el corazón en la boca.
Quizá pesa la influencia de la realidad colombiana que en los últimos años ha permeado a la sociedad costarricense. Por eso sobran las escenas que se antojan familiares: desde el acento y los localismos hasta situaciones como los asesinatos por encargo.
Innegable, por supuesto, que la belleza de las protagonistas es un gancho adicional. Y eso sin tomar en cuenta sus actuaciones.
Otros personajes como Byron (hermano de Catalina y cuyo nombre real es Andrés Toro) se vuelven encantadores, pues la dualidad de su personalidad es manejada en forma magistral: es audaz, tierno, buen hijo, está perdida-mente enamorado de una de “las peladas” (las chicas “prepago” del barrio) y sufre amar-gamente por el oficio de su amada... solo que él optó por otro no menos controversial: es un matón a sueldo.
Y aún así, se convierte en uno de los “favoritos” de los fieles de la novela.
Su caso se repite con la mayoría de los personajes, quienes, como ocurre en la vida real, no son del todo malos ni del todo buenos: una razón más para que este drama cale profundo en la teleaudiencia.
Aunque también han abundado las críticas de colombianos que se quejan porque, a su juicio, la teleserie reduce a los jóvenes de Colombia a “putas y sicarios”. Quienes defienden el argumento de la novela aseguran que el televidente tiene el suficiente sentido común para poner la situación dentro de un contexto general, no único.
Luis Alberto Restrepo, director de la serie, lo resumió así para el diario El Tiempo: “Es una serie que ha puesto a la televisión en el plano de la función social. Esto nos prueba que el público colombiano quiere ver lo que está pasando en el país y, cuando se hace de una forma honesta, a la gente le interesa verlo”.