Ciertamente, a uno, como joven, le gusta divertirse y probar los límites de todo: el volumen de la música que escucha, el ritmo al que se puede bailar, y otros límites que no son tan buenos y no los voy a mencionar aquí.
Y es todo un reto caminar por ese filo delgado que se llama límite: el punto donde, si se da un paso más allá, las cosas se salen de las manos. Un delicado balance entre lo seguro y lo desconocido. Tremenda sensación, ¿no?
Pero se necesita una cierta pericia para poder jugar con esta situación a fin de salirse con la suya, tener visión del peligro potencial para uno y para los que lo rodean, dominarlo y en cierta forma ser muy responsable con esto.
Esto DEFINITIVAMENTE NO SUCEDIÓ en el tremendo fiestón el sábado anterior en Escazú en el ex Sapo Verde. Les cuento.
La fiesta es un evento al que llaman rave, donde todos llevan su traje de luces encendido; la mejor colección de bichitos se presenta para una sesión de música techno, rave, industrial, dark y otros tantos sabores musicales.
Se puso buenísima: una muchedumbre usando la pista de baile como válvula de escape, el beat 4/4 de la música a decibeles tan altos que taladraban los tímpanos y sacudían las entrañas. Espectáculos en tarima de látigos, cuero y sudor candente. ¿Qué más quieren? Todo estaba en su punto alto.
Y aquí fue cuando algunos audaces sintieron la necesidad de tantear su suerte en el puro límite. Comenzaron por rebasar la capacidad del local y por cada fulano que salía entraban diez (hago notar que Sapo Verde está en un tercer piso y las salidas de emergencia..., pues nunca las vi)
Ya para hacerla toda, comenzaron a jugar con fuego... LITERALMENTE. Aparecieron los escupefuegos con antorcha en mano y canfín en la boca, escupiendo sus bocanadas hirvientes a su paso entre centenares de chavalos (y chavalas) que querían salir corriendo pero no podían porque no había espacio.
¡Visión, gente, visión es lo que hizo falta aquí! No sé si seré muy conservador, pero creo que una fiesta puede ser buenaza sin necesidad de poner a la gente en peligro de muerte. ¿Qué hubiera pasado si uno de estos chavalos con antorchas se cae o si a algún accidentalmente le prenden fuego a la melena de algún mechudo por andar escupiendo fuego?
Mientras todo esto pasaba, el olor penetrante del líquido inflamable me hizo pensar en esas grotescas imágenes de incendios a varios pisos de altura. ¡Qué taco!
Pues bien, yo no me quedé a ver el final de este capítulo. Estaba suficientemente impregnado de canfín como para convertirme en el hombre-antorcha en cualquier momento.
A ver, jóvenes, demostremos que somos capaces de organizar eventos muy buenos, que somos responsables y que tenemos las jugadas controladas. No demos pie para habladas de otros que dicen que no tenemos la madurez suficiente para hacer las cosas bien.
Según me contaron, luego del incidente del fuego en el rave, la temperatura bajó un poco. Luego ocurrieron cosas muy interesantes que le hicieron honor al nombre del evento. ¡Qué lástima que no pude estar ahí!
Bien, nos veremos.
Una denuncia
¡Vaya contraste! En el mismo día en que se lleva a cabo una tradición religiosa, vimos algo que no tiene palabras en la calle principal de Escazú. Dos jóvenes, tirados en la calle, arrollados por un fulano que manejaba un flamante BMW (según dijeron testigos), quien luego del incidente se dio a la fuga. Vos, el que manejabas el carro, deberías tener un mínimo de decencia y hacerte responsable porque los dejaste en estado grave. Buenos días.