Algunos físicos han proclamado que Stephen Hawking es el sucesor de Isaac Newton y Albert Einstein, pero él acaba de abdicar de ese honroso linaje en un aspecto fundamental: mientras Newton realizó incansables estudios sobre Dios y la Biblia, hasta su muerte en 1727, y Einstein reconocía un Dios –creador supremo e infinito– que “no juega a los dados”, Hawking recientemente escribió: “La gravedad moldea el espacio y tiempo, permite que el espacio-tiempo sea localmente estable pero globalmente inestable . . . Debido a la existencia de una ley como la gravedad, el universo puede crearse y se creará de nada . . . Creación espontánea es la razón por la que hay algo, en lugar de nada, por la que el universo existe, por la que existimos nosotros. No hace falta invocar a Dios para . . . poner el universo en marcha” ( El gran diseño , 2010).
Con eso contradijo, de modo flagrante y arbitrario, esta bella proposición que hizo hace veintidós años: “Si llegáramos a descubrir una teoría completa, eventualmente deberá ser comprensible para todos en términos generales, no solo para pocos científicos. Entonces podremos todos, filósofos, científicos y gente ordinaria, discutir la pregunta sobre por qué nosotros y el universo existimos. Si encontramos la respuesta a eso, será el triunfo último de la razón humana, puesto que conoceríamos la mente de Dios” ( Breve historia del tiempo , 1988).
Por eso estoy de acuerdo con el físico Stephen Barr, de la Universidad de Delaware, quien afirmó: “A la pregunta ¿por qué existe algo en lugar de nada?, hay dos respuestas: la de los ateos, que dicen no hay explicación; y la de los teístas, que responden: Dios. Es posible defender las dos alternativas inteligentemente. Pero sostener que las leyes de la física solas proveen de la solución es el más puro sinsentido, como el mismo Hawking antes entendía” ( Much do about “nothing” , 2010).
Debo decir que siempre he sido admirador de Stephen Hawking, como persona y académico. Aún así, a partir de julio del año pasado, escribí seis artículos en el Semanario Universidad y distribuí algunos internacionalmente, cuestionando sus méritos del Premio Nóbel en Física que venía en octubre. Científicos de esa rama, tanto en Costa Rica como en el exterior, aseguraron que mi preocupación sobraba, ya que esa eventualidad era poco probable. Tenían razón, por criterios que yo desconocía, como lego en física. Aún así, les decía y mantengo que las ideas de Hawking ejercen una influencia creciente e inconveniente, que es necesario contrarrestar.
En síntesis, pienso que varios errores de su teoría y quienes la apoyan representan un grave peligro para la ciencia y la humanidad en general. Debido a una enfermedad que sufre desde hace unos cuarenta años, su cuerpo se ha deteriorado y encogido, pero mantiene lucidez mental y humor excelentes, ya que sus asistentes han logrado preservar el funcionamiento de su cerebro. Hawking no puede hacer movimiento alguno. Solo ve, oye y apenas toca, comunicándose mediante una computadora. Y los que no pertenecen a su círculo íntimo carecen de medios para distinguir con precisión o sistemáticamente entre lo que él y los miembros de ese círculo piensan y dicen. Un físico norteamericano, de nombre Leonard Mlodinow, aparece como coautor del nuevo libro de Hawking; y Roger Penrose, otro brillante físico quien se desligó de él hace varios años, recientemente comentó un intercambio que tuvieron durante una reunión con otros físicos, en la cual “habló” de modo contradictorio o inusual, inclusive prepotente.
Como tengo un defecto que Parmenio Medina hubiera llamado “malicia africana”, me pregunto si ese círculo podría estar, en alguna medida, manejando las comunicaciones de Hawking para efectos que no son transparentes, especialmente para la “gente ordinaria”.