
En cualquier parte del mundo, un edificio teatral que se precie tiene su fantasma de planta. La sobrenatural presencia generalmente se asocia al violento final de alguna actriz suicida de amores, o al malogrado divo que expresó lo mejor de sí en el escenario donde pena.
El Teatro Municipal de Alajuela, inaugurado el 30 de enero del 2007, parece muy joven para albergar un espectro; sin embargo, ya se habla de que allí se escuchan ruidos extraños, voces de ultratumba y puertas que se cierran misteriosamente.
Si debiésemos indagar una causa para los supuestos eventos paranormales, no la encontraríamos en la historia reciente del edificio, aunque el emplazamiento sí se relaciona de cerca con una historia macabra, que muy pocos recuerdan.
Un espacio activo. El Teatro Municipal de Alajuela se yergue donde antes hubo otro edificio destinado a las artes escénicas, demolido en los inicios de los años 50. Ese viejo Teatro Municipal cayó para dar espacio al Salón de Actos de la antigua sede del Instituto de Alajuela (frente al parque Central). Ambos edificios colindaban.
Aquel Salón de Actos, construido por el arquitecto José Barrantes en 1956, es el que se adecuó para ser el teatro que ahora se ubica al costado norte del parque Juan Santamaría. No obstante, nuestros vecinos más ancianos aún suspiran al recordar los palcos y la prestancia del espacio primigenio.
El demolido Teatro Municipal de Alajuela fue un activo centro de producción artística, con relevante labor desde los inicios del siglo XX. Albergó importantes dramas y comedias, y estrenó zarzuelas. Fue un semillero de artistas profesionales y aficionados, y desde sus tablas saltaron compañías teatrales hacia el resto del país.
En la década de los años 20, notables educadores y músicos alajuelenses instituyeron su propia “Orquesta del Teatro Municipal de Alajuela”.
El desaparecido edificio tuvo gran importancia comunal. Se utilizó muchas veces para solemnes sesiones municipales; presidentes de la República hicieron sus discursos de apertura para actividades de diferentes conmemoraciones, y la Banda de San José dio allí conciertos de gala. También fue anfitrión de “bailes sociales”, especialmente para las celebraciones del 11 de abril.
Sin embargo, el escenario también lindó con la tristeza ya que los pasillos del antiguo Instituto adquirieron relevancia fúnebre.
Anfitrión del dolor. En la mañana del domingo 14 de marzo de 1926 ocurrió uno de los acontecimientos más terribles que se recuerdan en Costa Rica. Los tres vagones finales de un tren sobrecargado se despeñaron en el río Virilla. En su mayoría, las víctimas fueron romeros alajuelenses que iban a Cartago a visitar a La Negrita.
Las fotografías y las narraciones de aquella tragedia escalofrían. Cientos de hombres y mujeres de todas las edades, la mayoría de humilde extracción social, encontraron una muerte espantosa. “El río se tiñó de rojo” han contado los testigos. Los cadáveres fueron enfilados a la vera del cauce, a lo largo de muchos metros.
Durante todo aquel domingo funesto, trenes iban y venían entre San José, Heredia y Alajuela apoyando las labores de rescate o trasladando los cadáveres hasta las estaciones ferroviarias, adonde se allegaban los deudos para identificar a sus familiares. Luego, una conmoción de carretas y carretones llevó ataúdes hacia diversos puntos del occidente del Valle Central.
La población alajuelense fue la más afectada. Los féretros llegaban a la estación de trenes; las instalaciones no daban abasto. Se decidió que los cuerpos sin pronta identificación fueran trasladados de sitio. Se depositaron en los corredores del Instituto de Alajuela, vecino del Teatro Municipal.
Hubo duelo nacional durante tres días, pero en algunos barrios de Alajuela el luto fue más sentido porque casi todas las familias perdieron a un miembro en la desgracia.
En el exacto corazón del Cementerio de Alajuela, un monumento fúnebre, donado por la Colonia Española, recuerda a las víctimas. Sin embargo, ya se olvida que un colegio fue la improvisada funeraria para muchos de los fenecidos en uno de los horrores más impactantes de nuestra historia. Tal vez sea mejor así.
Escenas variadas. Según contaban los ancianos, las instalaciones del Teatro Municipal de entonces se utilizaron para planear las estrategias de distribución de los cadáveres. Al parecer, el elegante edificio, que fue mecenas de las artes, también escuchó las desoladas voces de los alajuelenses impactados. Al lado reposaban los difuntos.
Sin embargo, nuestros padres y abuelos guardan poca memoria de aquel domingo triste. Antes bien, recuerdan las constantes actividades artísticas y festivas del teatro que fue dinamo cultural de los alajuelenses.
En el escenario “del Municipal” tuvieron cabida los dramas regionales del músico y profesor Gonzalo Sánchez Bonilla; también sonaron las interpretaciones orquestales que ofrecían programas con fragmentos de la Lucia , de Donizetti, y del Fausto , de Gounod, entre otras piezas más ligeras.
Hay noticia de que, ya desde 1915, las funciones de gala se iniciaban a las 8.30 de la noche. Incluían números corales y muestras de virtuosismo musical, a cargo de solistas. Por suerte, lo que quedó documentado ampliamente fue lo feliz.
En la época de la tragedia del Virilla, en el Teatro Municipal, el ingreso en un palco con cuatro asientos costaba cinco pesos; ocupar lunetas y butacas, entre un colón y uno con veinticinco céntimos. A la galería general se tenía acceso con cincuenta céntimos. Los niños pagaban una peseta, o sea, veinticinco céntimos (“dos reales”).
La actividad del edificio-abuelo abarcó la primera mitad del siglo XX. Al desaparecer, el Salón de Actos del Instituto de Alajuela se orientó especialmente a las actividades didácticas y programáticas de la Institución. Pocos años después, cuando el colegio cambió de sede, el salón acogió el Kindergarten donde muchos obtuvimos nuestro primer diploma.
Con el tiempo, el espacio fue utilizado por grupos teatrales del cantón y, más tarde, devino en el abandono del que lo rescató la Municipalidad de Alajuela hace cinco años. Desde entonces ha recibido a grupos de todo el país; incluso ha sido sede alternativa del Festival Internacional de las Artes.
Fantasmas risueños. El espacio urbano que albergó tanto al viejo como al nuevo teatro es un punto señero en el entorno urbano de la ciudad. Hoy mantiene una actividad constante, adecuado con el aparataje y con la tecnología idónea para las representaciones artísticas.
Queda por verse si por sus pasillos deambulan espectros trágicos, allegados desde un edificio aledaño, o surgidos de alguna historia que aún desconocemos. Es de esperar que no albergue espíritus chocarreros, heredados de otros tiempos, y que sí celebre la vida cultural del cantón.
Entretanto, dejando al lado los sonidos misteriosos que lo pueblan por las noches, el Teatro Municipal de Alajuela brinda una producción artística propia: L’ánima sola de Chico Muñoz , de muertos y rezos, pero con tratamiento festivo.
Es justo celebrar con alegría, y no con recuerdos amargos, al lugar que durante más de cien años ha visto levantarse, caer y volver a erigirse edificios simbólicos del aprecio que los alajuelenses tienen por las artes.
El autor es dramaturgo; es uno de los encargados de la gestión cultural del Teatro Municipal de Alajuela.