
Nadie debería convertirse en bailarín si bailar no es una necesidad vital desde la transpiración de su piel hasta la expresión más viva de su espíritu. Así piensa la bailarina costarricense Nandayure Harley.
Dedicada a tiempo completo a la creación coreográfica y a la docencia, esta mujer, de paso firme y alma viajera, cree que bailar profesionalmente quedó marcado en su espíritu. Ahora baila por siempre a través de su elenco.
Saber en qué momento corresponde a un bailarín dejar las tablas será siempre un misterio. Por ejemplo, Alicia Alonso,
“Quien baila, baila por siempre”, expresa la artista, nacida en San José en 1951 y Premio Nacional de Danza en 1993.
La bailarina estadounidense Isadora Duncan definió la danza como “la expresión del espíritu a través del cuerpo”. A su vez, la costarricense afirma: “El cuerpo debe expresar lo que otros expresan con la palabra, la imagen, el color o la forma”.
Ante la duda de si la práctica de la danza favorece en algo la vida de cualquier persona, Nandayure dice que las disciplinas artísticas, además de las académicas, permiten formar un ser humano integral.
En palabras de la artista, la danza despierta talentos. “El arte es un derecho de todo ser humano, y los sistemas educativos públicos deben integrarlo en sus currículos; de esa forma lograremos alcanzar al ciudadano que idealizamos”, agrega Harley.
Como docente, la danza le permite estar en contacto con jóvenes: y, junto con ellos, esculpir el “instrumento” que es el cuerpo, conocer sus inquietudes y profundizar en los conocimientos.
“Como coreógrafa, me atrae la idea de transformar el mundo del espectador siempre y cuando este me lo permita”, precisa.
“Todos los artistas que he podido conocer han ejercido algún tipo de influencia en mi vida. Así, una misma va creciendo”, confiesa la bailarina. Entre otros creadores, Harley cita a John Cage, Philip Glass, Arnoldo Herrera, Martha Graham, Alwin Nikolais, Merce Cunningham, Joan Miró, Sonia Sanoja, Alejandro Jodorowsky, Pablo Neruda y Rubén Darío.
De Costa Rica menciona a Osvaldo Sauma y Ronald Bonilla: “Por supuesto, mis maestros del Castella y los pilares de la danza moderna y contemporánea: Julián Calderón, Mireya Barboza, Elena Gutiérrez y Cristina Gigirey”, añade. Tampoco se puede dejar de lado a Margarita Bertheau, Margarita Esquivel y Teresita Orozco, pioneras de este arte en el país, lista que incluye a Olga Franco y William Zúñiga.
También menciona una especie de “lucha de amor-odio” con la técnica, con el maestro, con el cuerpo y –¿por qué no?– con los compañeros.
Para ella, el esfuerzo por controlar el cuerpo “no se aprende ni se guarda en el cerebro o la llave maya”. “Debe continuar igual que la respiración, renovándose cada día, descubriendo nuevas sensaciones y creando hábitos musculares adecuados”, añade.
Otro beneficio para los que se entrenan es el experimentar nuevos movimientos ya que hacerlo enriquece la memoria corporal expresiva. “Sin embargo, en los ensayos se experimentan los momentos más jugosos de la vida del bailarín”, expresa Harley.
“El privilegio de bailar con toda la fuerza del corazón, sin temor a equivocarse, los descubrimientos, aprender y desaprender: todo es una experiencia que se logra gracias a la danza”, detalla Nandayure Harley.
Ya para la función, se requiere otra sintonía personal: “El estreno es un rito, sobre todo para los intérpretes experimentados”, afirma.
¿Con cuánta anticipación se llega al teatro? ¿Con cuánta antelación se debe comer? ¿Cómo es el entrenamiento ese día? Nandayure responde:
–Ante todo, se calientan los músculos y se reconoce el espacio; luego se inicia la sesión del maquillaje y se coloca el vestuario.
”Una se pregunta mientras se enfoca en el escenario: ¿tengo el espacio solo para mí o debo compartirlo? Con el vestuario puesto, una no para de moverse: se estira y se flexiona; realiza pequeños saltos, hace
“Aunque se siente fantástico en el calentamiento, antes de exponerse a los ojos de los espectadores, el cuerpo se seca instantáneamente, se deprime y hasta duele”, precisa Harley.
Una vez lista en escena, se encienden las luces, se escucha la música que eleva el espíritu y se inicia el gran vuelo, el aquí y el ahora. Concluida la presentación, Nandayure explica por qué debe entonces estirar, estirar y estirar los músculos: “Para alejar las contracturas y los espasmos musculares”.
Así se va descubriendo esa vida íntima de quien baila, de quien ama y baila lo clásico, lo contemporáneo o actual. Claro está, existen además otros aspectos en la vida de un bailarín: la dieta, el descanso según la edad, y la atención al dolor.
“Pocas personas son tan tolerantes al dolor como los bailarines: el músculo sobretrabajado, la articulación lastimada, la torcedura de la espalda... La vieja lesión debe soportarse y hay que aprender a vivir con ella”, confiesa.
Al fin, todo se suma: la nueva coreografía, la técnica necesaria y los hábitos corporales.
Para Nandayure Harley, bailar por siempre es una concepción –diríase– filosófica que salta a la vista a través del instrumento del bailarín: su cuerpo.