DE NOCHE, TODOS los gatos son pardos, dice el refrán, pero en Frankie Go no es así. En este bar, en el corazón de Escazú, se reúne toda la gente para la cual -cuando el Sol se oculta- no importa tanto ser, sino parecer. A Frankie Go llega toda la "gente linda" de San José. No se sabe qué hacen de día, pero de noche están ahí.
Ellas son delgadas, de ropa ajustada, cabellos de anuncio de champú y mirada extraviada, de esa que parece decir: "Sé que todo el mundo me está viendo, pero yo me hago como que no me entero". Algunas entran casi flotando, con una sonrisa a medias, y se dirigen hacia su grupo de amigos o hacia el segundo piso sin volver a ver a nadie, mientras hacen voltear las cabezas masculinas. Es parte del "look".
Ellos son más variaditos y un poco más genuinos, pero sin exagerar. Cada uno se vale de lo que puede para definir su estilo. Algunos echan mano de sus largas horas en el gimnasio para mostrar los resultados; otros sacan partido de sus caras bonitas; unos más usan su imagen de ejecutivos exitosos, y unos cuantos se van por la mirada franca. Todo vale.
Dentro de este mar de personajes (la mayoría entre los 22 y los 30 años), hay algunos que no se olvidan. El viernes que Tiempo Libre visitó el local, había algunos que descollaban.
En una esquina, vestida con saco y enagüita de coctel verde menta, había una rubia de cabellera abundante que destacaba porque tenía un estilo de muñeca Barbie de los años 80 (algo así como una versión más pequeña de la ex-Miss Universo, Irene Sáez).
Al rato entraron dos "nenas" que rompieron la monotonía: una, vestida con una escotada blusa azul y negra, con estampado de cebra bicolor y ajustadísimos pantalones negros. A su lado, una especie de versión "cool" de Paulina Rubio: una joven con lentes rosas y rizos mojados. Solo le faltó el sombrero. Había de todo. Hasta el ministro de Turismo, Walter Niehaus, se dio la vueltita por el lugar.
Más allá, en la mesa contigua a la nuestra, el panorama también era curioso: había dos parejas sentadas alrededor de unas cervezas. Uno de los muchachos era rubiecito y bronceado, con nariz respingona, y solo soltaba una sonrisa burlona cuando alguien que no era de su agrado pasaba cerca. Junto a él, su pareja: una morena de pelo claro y ojos negros, con cara impasible y "una delantera" que probablemente le fue encargada a un buen cirujano plástico. Si acaso cruzaron unas cuantas palabras en toda la noche.
Este espectro de caras, cuerpos y mentes es el que se reúne en Frankie Go, un bar de dos pisos, con muy buenas instalaciones y excelente música (la que a ratos se desaprovecha porque aunque todo el mundo medio se mueve, muy pocos se atreven a bailar -de lleno- entre las mesas... Esto pasa hasta ya entrada la noche).
Los códigos
El que llega como cliente nuevo de Frankie Go tiene que adaptarse a los códigos. El día de nuestra visita, por ejemplo, estaban cobrando la entrada; pero, como sucede en todo bar, el cobro no era siempre parejo. Las "caras conocidas" solo llegaban y con un beso en la mejilla o un apretón de manos entraban como Pedro por su casa. Las ventajas del cliente frecuente.
Otra de las barreras era el paso al segundo piso, pues había algún tipo de fiesta privada. Entonces, los miembros de la seguridad que estaban en la puerta, se comunicaban, con gestos y miradas, con el encargado que estaba en el inicio de las gradas. Así, con un gesto positivo o negativo, indicaban quién podía subir y quién no. Claro, esto fue circunstancial porque lo que ocurre normalmente en el segundo piso es que hay un ambiente más formal, más tranquilo y más caro. Para ir al segundo piso hay que reservar mesa.
La tercera curiosidad ocurrió cuando nos sentamos en una mesa del primer piso y pedimos unas cervezas. El salonero nos preguntó si pagábamos de una vez o si abríamos una cuenta. Pedimos abrir una cuenta. En muchos bares eso hubiera significado que al final nos traerían la factura con todo lo consumido y, en ese momento, habríamos pagado. En Frankie Go significó que nos pidieron una tarjeta de crédito para abrir un voucher. Cosa curiosa, pero supongo que la harán para que nadie se vaya sin pagar la cuenta. En todo caso, hay que reconocer que la factura llegó por el monto exacto (mientras que en otros bares a menudo tratan de hacer cobros de más).
Cuando nos marchamos, casi a las 2 a. m., el lugar estaba lleno, la conversación fluía, las caderas se movían al ritmo del rock en español, las miradas iban y venían como partido de pimpón y el lugar había hecho buen ambiente.
¿El secreto para haber subsistido con tanto éxito durante seis años? "No sé, supongo que le caemos bien a la gente", dice Matteo Piccirilli, gerente del lugar. Pero a esto bien se podría agregar que ayudan las buenas instalaciones (estrenadas hace un año), la muy buena música, la cuidada decoración y, sobre todo, el ambiente: lleno de gente "linda"...