21 diciembre, 2011
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PRAGA – Mucho antes de que el régimen comunista de Checoslovaquia se desplomara en 1989, Václav Havel fue una de las figuras más extraordinarias de la historia checa, pues ya era un dramaturgo de éxito cuando pasó a ser el dirigente oficioso del movimiento de oposición. Aunque abrigaba la esperanza de volver a la literatura, la revolución lo catapultó a la presidencia de Checoslovaquia y, después de que el país se dividiera en 1993, fue elegido presidente de la nueva República Checa, cargo que ocupó hasta 2003.

Una carrera política basada en la coincidencia histórica hizo de Havel un político inhabitual. No solo aportó a la política posterior a 1989 cierta desconfianza de los partidos políticos, sino que, además, como antiguo disidente, consideró esencial subrayar la dimensión moral de la política, posición con la que había de chocar con los pragmáticos y tecnólogos del poder, cuyo representante principal, Václav Klaus, lo sucedió como presidente.

Tres sensibilidades. Podríamos dividir la vida pública de Havel en tres períodos claros: artista (1956-1969), disidente (1969-1989) y político (1989-2003), excepto que siempre combinó las tres sensibilidades en sus actividades públicas. Como dramaturgo prometedor en el decenio de 1960, fue, desde luego, muy “político”, pues se centró en el absurdo del régimen. También fue uno de los críticos más explícitos de la censura y otras violaciones de los derechos humanos, lo que hizo de él un disidente incluso durante la liberal “primavera de Praga” de 1968.

Havel fue incluido en una lista negra y perseguido claramente después de la invasión soviética de Checoslovaquia en agosto de aquel año, pero siguió escribiendo obras teatrales antitotalitarias. En 1977, fundó, junto con otros más de 200 disidentes el movimiento pro derechos humanos, Carta 77, que no tardó en afianzarse como fuerza principal de oposición. Havel fue uno de los tres primeros portavoces de dicho movimiento.

El año siguiente, escribió un ensayo transcendental, “El poder de los impotentes”, en el que describió el régimen de la “normalización” de Checoslovaquia posterior a 1968 como un sistema moralmente en bancarrota, basado en la mentira omnipresente. En 1979, fue condenado a cinco años de cárcel por sus actividades en el Comité de los Injustamente Perseguidos, nacido de la Carta 77, que vigilaba las violaciones de los derechos humanos y las persecuciones en Checoslovaquia. Hacia el final de su período de reclusión, fue liberado tras contraer una neumonía (causa de graves problemas de salud durante el resto d su vida). Sus Cartas a Olga, ensayos filosóficos escritos desde la cárcel y dirigidos a su esposa, no tardó en llegar a ser un clásico de la literatura antitotalitaria.

Como presidente de Checoslovaquia, Havel siguió combinando sus sensibilidades política, disidente y artística. Insistió en escribir sus discursos, concebidos muchos de ellos como obras filosóficas y literarias, en las que no sólo criticaba la deshumanizada tecnología de la política moderna, sino que, además, hacía repetidos llamamientos a los checos para que no fueran presa del consumismo y de la insensata política partidista.

Su concepción de la democracia estaba basada en una sociedad civil y una moralidad fuertes, lo que lo distinguía de Klaus, la otra figura principal de la transformación poscomunista, quien abogó por una transición rápida, carente, de ser posible, de escrúpulos morales inconvenientes y de los impedimentos impuestos por el Estado de derecho. Su conflicto llegó a un punto crítico en 1997, cuando el Gobierno encabezado por Klaus cayó tras una serie de escándalos. Havel calificó el sistema económico creado por las reformas poscomunistas de Klaus de “capitalismo mafioso”.

Aunque Klaus nunca volvió a ser primer ministro, su criterio “pragmático” se impuso en la política checa, en particular tras el abandono por Havel de la presidencia en 2003. De hecho, la mayor derrota de Havel puede haber sido la de que la mayoría de los checos vean ahora su país como un lugar en el que los partidos políticos hacen de agentes de los grupos económicos poderosos (muchos de ellos creados por el proceso de privatización, con frecuencia corrupto, supervisado por Klaus).

En los últimos años de su presidencia, los oponentes políticos de Havel lo ridiculizaron por considerarlo un moralista ingenuo. Por otra parte, había llegado a desagradar a muchos checos de a pie no solo por lo que parecía su incesante moralización, sino también porque era como un espejo en el que veían reflejada su propia falta de valor durante el régimen comunista. Si bien siguió gozando del respeto y la admiración en el extranjero, aunque solo fuera por haber continuado con su lucha contra las violaciones de los derechos humanos en todo el mundo, su popularidad en su país decayó.

Figura rehabilitada. Pero ya no es así. Los checos, en vista de su insatisfacción en aumento con la omnipresente corrupción y otros fallos del sistema político actual, han acabado apreciando cada vez más la importancia de los llamamientos morales de Havel. De hecho, ahora, después de su muerte, va camino de ser encumbrado como alguien que previó muchos problemas actuales y no solo en su país: siendo aún presidente, señaló repetidas veces a las fuerzas autodestructivas de la civilización industrial y del capitalismo mundial.

Muchos se preguntarán a qué se debió la excepcionalidad de Havel. La respuesta es sencilla: a la decencia. Fue un hombre decente y ejemplar. No luchó contra el comunismo por razones personales y ocultas, sino simplemente porque, en su opinión, era un sistema indecente e inmoral. Cuando, siendo presidente, apoyó los bombardeos de Yugoslavia en 1999 o la inminente invasión de Irak en 2003, no habló de objetivos geopolíticos o estratégicos, sino de la necesidad de poner coto a las violaciones de los derechos humanos por parte de dictadores brutales.

Al poner en práctica esas creencias en su carrera política, fue un político de una clase que ya no se da en el mundo contemporáneo. Tal vez sea esa la razón por la que, cuando el mundo –y Europa en particular– afronta un período de crisis profunda, se echan en falta la claridad y el lenguaje valiente que propiciarían un cambio transcendental.

Así, pues, la muerte de Havel, firme partidario de la integración europea, resulta sobremanera simbólica: fue uno de los últimos ejemplos de una raza ahora extinta de políticos con capacidad para dirigir eficazmente en tiempos extraordinarios, porque su primer compromiso era con la decencia común y el bien común, no con el poder por sí solo. Para que el mundo consiga superar sus diversas crisis, su legado debe permanecer vivo.

Jií Pehe fue asesor político de Václav Havel desde septiembre de 1997 hasta mayo de 1999. Actualmente, es director de la Universidad de Nueva York en Praga.