AMOR Y VENGANZA vuelven a ser los ejes temáticos de un relato que ha tenido cualquier cantidad de versiones en el cine y que -esta vez- nos llega con el título más escueto de Montecristo, película dirigida por Kevin Reynolds. Así es, amigos, se trata de la enésima adaptación fílmica de la conocida novela El conde de Montecristo, escrita por el francés Alejandro Dumas (1802-1870).
El conde de Montecristo, la novela, es un relato de capa y espada, y es también un romántico melodrama histórico que pretende recrear una época con sus vaivenes políticos. Por su parte, la película que ahora nos ocupa intenta ser fiel a esas características del relato escrito, aunque insiste en el carácter melodramático de la historia.
Como El conde de Montecristo ha tenido bastantes versiones en cine y en televisión (destaca la miniserie televisual de 1975, con el actor Richard Chamberlain como el conde), la historia de Edmundo Dantés (Montecristo) ha sido bastante degustada por los amantes del género.
Muchos conocen de las intrigas palaciegas, políticas y amorosas que llevan a Dantés a la cárcel: él debe cumplir una injusta condena en la tormentosa y aislada prisión del castillo de la isla de If. Allí, Edmundo vive sus angustias y torturas, pero su vida cambia cuando conoce a otro preso con quien entabla amistad. Se trata del cura Faria, oficial de Napoléon, quien contacta con Dantés por medio de un túnel.
De esa amistad, Edmundo ampliará conocimientos, aprenderá a leer con textos de Maquiavelo y sabrá de un importante tesoro que cambiará su vida: el tesoro de la isla de Montecristo. Por eso regresará a Francia convertido en conde y afinará cada trazo de su venganza contra quienes lo llevaron al horror pasado. Sin embargo, ¿por qué la revancha es un plato que se cocina muy a menudo, pero que raras veces se come?
Hay que reconocerle a esta película su esfuerzo por dar más importancia a las pasiones que a las acciones, más importancia a los dilemas de los personajes que a sus escaramuzas, por darles justo lugar a los diálogos y a la caracterización de personajes, aunque esto no quita la presencia de escenas de acción muy bien logradas.
Tal vez la caracterización de Jim Caviezel (como Edmundo Dantés) sea de brocha gorda: le falta jovialidad en los años mozos, dramatismo en los largos años de cárcel y finura como el conde de la venganza. El que sí está excelente es Richard Harris como el sacerdote Faria. Por otra parte: resulta muy esquemática la actuación de Guy Pearce como Mondego (el enemigo de Montecristo) y superficial la de Dagmara Dominczyk como Mercedes (la enamorada en conflicto).
En fin, aquí está Montecristo, historia irresistible en un filme que combina bien romanticismo, intriga, emociones y acción, buen pretexto para ir al cine.