El modelo autocrático del jerarca ruso Vladimir Putin ha ganado simpatizantes en Europa, sobre todo a la luz de las convulsiones actuales, traducidas en manifestaciones populares.
Sin embargo, no hay que llamarse a engaño con respecto al autoritarismo despótico renacido en Rusia desde que Putin consolidó su poder en los primeros años de la anterior década, tras la renuncia de Boris Yeltsin. Putin también ha enfrentado protestas masivas por los resultados fraudulentos de las elecciones parlamentarias del año pasado, pero sus mecanismos dictatoriales le han permitido restaurar cierto orden y pocos dudan de que prevalecerá en los comicios presidenciales de marzo próximo.
Este desenlace no escapa a la atención de los gobernantes que han emprendido el camino al autoritarismo, como el presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, quien se instaló como déspota de fachada democrática desde 1994.
Hermano del alma e inspirador de Hugo Chávez, Lukashenko ha aplastado con la fuerza bruta los asomos de disidencia, tras arreglar a su gusto la Constitución, y ha cultivado sus relaciones con Rusia como solían hacerlo los antiguos satélites soviéticos. Esta forma de dominio moscovita se plasmó bajo la batuta de Putin, quien, además, concretó un zona comercial con Kazajistán –otra dictadura–y Bielorrusia.
El giro putinista está en plena marcha en Ucrania, una república que hoy preside Víctor Yanukovych, también amigo de Putin y candidato pro ruso que ganó en segunda ronda una disputada elección contra su rival política Yulia Tymoshenko, en febrero del 2010. Un juicio contra la exjerarca por abuso de poder la despachó a prisión el año pasado. El juicio ha sido cuestionado por la Unión Europea (UE) y numerosas organizaciones defensoras de los derechos humanos que exigen la liberación inmediata de Tymoshenko.
Este capítulo ha devenido en una fuente de fricción con el Oeste, pero Yanukovych alega una “separación de poderes constitucionales” que le imposibilita satisfacer las demandas. La excusa nadie la cree. Curiosamente, Tymoshenko fue hace poco trasladada de la prisión capitalina en Kiev a otra cárcel en el interior del país donde no será accesible para reporteros y otros visitantes que la han mantenido vigente en la prensa y la televisión.
Sin embargo, Ucrania le ha cedido ahora a Hungría la cabecera en la agenda conflictiva de la política europea. Este giro es comprensible a la luz de los vínculos establecidos por el antiguo satélite soviético y miembro del Pacto de Varsovia. Superado ese tormentoso pasado, Hungría pasó a formar parte de la OTAN y la UE, que ha asistido a Budapest en sus momentos de apuro económico, incluido el actual.
Con todo, tormentosos nubarrones se ciernen sobre ese bello país a raíz de las polémicas actuaciones del primer ministro Víctor Orban, quien lideró el triunfo electoral de su partido de centro-derecha –Fidesz– en las elecciones generales de 2010. Esta victoria dotó a Orban de una cómoda mayoría parlamentaria, la cual le ha permitido la aprobación expedita de una serie de leyes y regulaciones que perfilan un nuevo despotismo en Europa.
Entre las normas recién promulgadas está la creación de una nueva autoridad judicial, encabezada por un amigo del primer ministro, con facultades de depurar los tribunales a gusto del Gobierno. Para tal fin, una ley que redujo la edad de retiro de funcionarios a 62 años con-lleva el cese de 274 jueces, incluido el presidente de la Corte Suprema.
Otros organismos creados por esta vía contemplan suprimir la independencia del presidente del Banco Central, así como establecer entidades cuyas facultades conducen a la censura de medios de comunicación y limitan la libertad de culto. Al mismo tiempo, una revisión de las jurisdicciones territoriales para fines electorales le asegura mayorías al partido oficialista. La lista de innovaciones continúa y su conjunto configura una dictadura al abrigo de la Constitución.
Las voces de alarma por este preocupante giro han motivado una creciente espiral de protestas de gobiernos –en especial Estados Unidos– y organismos multilaterales, particularmente la UE y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Estos últimos tienen entre manos acuerdos financieros que Budapest necesita para evitar un eventual hundimiento económico. Dicha perspectiva ha forzado a Orban a moderar su retórica. También ha designado emisarios para negociar los arreglos con el FMI y la misma UE.
No obstante, la estrategia de Orban ha topado con escollos difíciles de superar, empezando por la independencia del Banco Central que dichas entidades demandan. A su vez, se ha producido una fuga de capitales, sobre todo hacia Austria, que refleja el nerviosismo de la ciudadanía por la conducta de su gobierno. El callejón sin salida en que Orban se ha metido, y con él el país, es subrayado por las acciones legales que ha entablado la UE ante las instancias de la organización para anular las normas que infringen la independencia del Banco Central. Todo esto llevará tiempo, y el tiempo no favorece a la economía húngara.
El conflicto de Hungría con la UE y el FMI sugiere las dificultades y penalidades que arriesgan los dirigentes cuando sucumben a la sombra dictatorial de Putin. Ya asoma otra situación conflictiva en Rumania, donde crecen las protestas contra el Gobierno al que acusan, entre otras cosas, de excesos autoritarios. Sumemos al difícil contexto europeo el huracán que se agita en el Golfo Pérsico para discernir los temibles alcances de las crisis que el mundo enfrenta hoy.