Dulce María Loynaz, la más grande de las poetisas cubanas de este siglo, puso la mano en su frente y dijo con voz cansada: "No puedo dejar de pensar". Poco tiempo después murió.

Eran las 6:30 a. m. del domingo 27 de abril cuando murió Loynaz, a los 94 años, un lustro después de que el Premio Cervantes de Literatura intentara sacarla del aislameitno en el que se sumergió desde inicios de los años 60.
Su obra, su vida
Considerada la máxima exponente del intimismo postmodernista, pionera del realismo mágico con su novela Jardín, Loynaz nunca se interesó por ubicarse en una escuela estilística o generación de poetas.
Entre sus obras están los cuadernos de poesía Versos (1938), Juegos de agua (1947), Poemas sin nombre (1953), Últimos días de una casa (1958), Poesías escogidas (1984) Canto a la mujer estéril (1987), las memorias Un verano en Tenerife (1959), y Jardín (1951).
"Es una mujer que ha dejado para la literatura del continente las páginas más limpias del castellano. Una mujer donde todos los abolengos de la patria se funden, pólvora y canto, una mujer en su jardín", escribió Miguel Barnet, novelista, poeta y ensayista cubano.
Bautizada como María Mercedes Loreto Juana Xaviera, Dulce María fue hija de Enrique Loynaz del Castillo, general del Ejército Libertador durante las guerras de independencia cubanas contra España a fines del siglo XIX.
El árbol genealógico de los Loynaz, rico en nobles españoles y cuantiosas fortunas, incluye hasta un santo, san Martín de la Ascensión de Loynaz.
En la casona de los Loynaz, en el barrio habanero del Vedado, se hospedaron grandes figuras de la literatura que llegaban a la isla, como los españoles Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca y la chilena Gabriela Mistral.
Loynaz escribió sus primeros textos poéticos en 1920 y los publicó en el diario La Nación; se doctoró en derecho civil en 1927; ejerció el periodismo, y fue colaboradora de Orígenes, las más importante revista cultural cubana de los años 50.
Siempre en Cuba
A pesar de gozar de un amplio prestigio en España y varios países de América Latina, donde su obra era muy difundida, la autora prefirió mantener su hogar en la isla porque "es más bien la tierra la que reclama al escritor y no el escritor quien reclama la tierra".
Durante casi 30 años, no publicó, no salió de Cuba y apenas puso un pie fuera de la casona familiar. Fue así envolviéndose de un halo de misterio.
Por la perfección con que usó la lengua castellana, Loynaz fue electa en 1951 miembro de la Academia Nacional de Artes y Letras, dede 1959 integró la Academia Cubana de la Lengua, y en 1968 pasó a ser miembro correspondiente de la Real Academia Española.
La revalorización de Loynaz en Cuba cobró fuerza en 1987 cuando recibió el Premio Nacional de Literatura. Un año después fue condecorada con la Orden Félix Varela, la máxima distinción que concede el Estado cubano a los intelectuales.
En 1992 mereció el Premio Cervantes. Otro escritor cubano, Alejo Carpentier, había recibido antes ese reconocimiento, "el Nobel" de la literatura hispanoamericana.
Para su muerte sólo pidió que la enterraran de blanco, con la bandera cubana y muchas flores, y que le tocaran el Himno Invasor, escrito por su padre durante la guerra contra España.
El epitafio lo solicitó en una entrevista de inicios de esta década. En su tumba, situada en el panteón familiar en el Cementerio de Colón, en La Habana, debía decir: "Aquí yace Dulce María Loynaz" y debajo una sola palabra: "Vivió".