Días antes de la Nochebuena empezaban los rezos: eran lindísimos, con música de violín y mandolinas. Los niños poníamos mucha atención y respondíamos a lo que lo señores grandes nos decían.
"El 24 de diciembre íbamos a misa en la mañana o al mediodía; después, al rezo, para terminar con los `tamales rallados', una receta hecha con jugo de carne de cerdo, carne y papa...; y no podía faltar la chicha.
Cuando terminábamos de comer, nos poníamos a jugar con bombetas un rato y luego nos metíamos en la cama para esperar la llegada del Niñito Dios. El regalo siempre lo encontrábamos bajo la almohada".
A sus 85 años, los recuerdos zarcereños regresaron a la memoria de Belisario Campos, ameno hombre de tez morena, delgado y con unos lentes profundos que sobresalen de su fino rostro.
Muchos de sus recuerdos revolotean también en la memoria de cientos de viejitos que, en esta época, abren el baúl del pasado y traen al presente aquellas remembranzas.
Sin embargo, el paso del tiempo y la influencia de costumbres ajenas han opacado esas vivencias, tan llenas de devoción y arraigo dentro de los costarricenses de principio de siglo.
Historia y vivencias
Hace cien años, la Navidad era la excusa para que las familias se reencontraran, aunque fuera una noche. "Generalmente se reunían los parientes para el rezo, incluyendo a los que vivían lejos", comenta el escritor Luis Ferrero, autor del libro La Navidad en Costa Rica.
"En casa nos reuníamos todos: mis papás, hermanos, abuelos y tíos, e incluso nos visitaban algunos vecinos; era una época de mucha unión, convivio y devoción", recuerda Inés González, de 74 años y vecina de Santo Domingo de Heredia.
Alrededor de esa celebración familiar giraban las diferentes tradiciones: la comida, los regalos, los adornos y hasta las creencias.
La comida
A finales del siglo pasado y principios de este, la dieta navideña era muy diferente de la actual. "Se comían tamales, se hacían panes caseros, biscochos, tanela (dulce de maíz), arroz con leche y toronja de cristal, y se bebía chocolate caliente y aguadulce", según el investigador Elías Zeledón, autor del libro La Navidad costarricense.
Este menú, obtenido de documentos y estudios, concuerda con los recuerdos de nuestros abuelos. "Comíamos pan casero, mieles, arroz con leche y pozol con tortillas, y los grandes bebían chicha y contrabando (un licor tradicional). El 25 por la mañana nos daban toronja dulce para que no nos cayera mal la comilona del día anterior", cuenta Rosa Paniagua, de 87 años.
De acuerdo con Ferrero, los acomodados de la época cenaban con diferentes carnes, aunque no se habla concretamente de cuáles; bebían rosolí, licor preparado hecho con uva pasa y esto se acompañaba del nochebueno, pan relleno de frutas que se cocinaba dos o tres meses antes y todos los días se rociaba con ron y se cubría con una tela.
El nacimiento del Niño
Alrededor del nacimiento del Niño Dios giraban las otras tradiciones de la Navidad: adornos, portal y regalos.
"En aquella época no había iluminación, y muchísimo menos árboles. Algunos adornaban sus casas con flores y guirnaldas de espárragos", recuerda Vicente Araya, de 70 años.
Los investigadores agregan que la decoración, por lo menos en algunas casas, incluía también los farolitos chinos, las ramas de Uruca y las ventanas con lámparas de candela. No obstante, el centro era el portal.
El pasito se preparaba una semana antes de Navidad, y se acostumbraba visitar el de los vecinos y compartir con ellos un rezo, después del cual se servía un refrigerio.
"Se menciona en algunos documentos que en los hogares de los trabajadores del ferrocarril al Atlántico y de las compañías bananeras, se empezaba a poner árboles de Navidad, para quedar bien con los jefes", afirma Ferrero.
En la noche de Navidad, las familias estaban juntas y esperaban con ilusión la llegada de la medianoche. La tradición no es muy clara en este punto: se cuenta que los ticos aguardaban a la medianoche, ponían el Niño en el portal y cenaban; pero, desde hace unos 50 años, se menciona la misa del gallo, a la medianoche y luego la cena.
En todo caso, después de la comida y algunos juegos, los niños se iban a la cama, y por la mañana los sorprendía un pequeño paquete bajo la almohada.
"Recuerdo la vez en que el Niño nos dejó unos `gallos' y `ranas': eran una especie de silbatos hechos de latas muy duras y que hacían sonidos. Aquel 25 por la mañana, la casa era un escándalo: todos los niños teníamos un silbato", relata Inés González, de 74 años.
Con el transcurso del tiempo, los regalos dejaron de llegar bajo la almohada y un hombre gordo de barba blanca y atuendo rojo empezó a repartirlos, entrando por las chimeneas con un estruendoso "¡jo, jo, jo!".
De igual forma, el aroma de ciprés llenó nuestros hogares y su picoso follaje cubrió el portalito, dejándolo nada más como un elemento extra en la decoración.
La Navidad costarricense, como la recuerdan Belisario, Inés, Rosa y Vicente, es tan solo una imagen de su niñez. Hoy, la celebración es otra.