Desde su infancia, la muerte dejó en Saramago una marca indeleble. Lo dice en Las pequeñas memorias: “Cuando hace muchos años me vino la idea de escribir los recuerdos y experiencias del tiempo en que era pequeño, tuve presente que debía hablar de la muerte (ya que tan poca vida tuvo) de mi hermano Francisco”.
Cuenta también con detalle los avatares para encontrar el certificado de defunción (y el día exacto) de la muerte de su hermano, experiencia detonante para que en 1966 escribiera Todos los nombres, que tiene relación con el tema de la muerte en el marco de una búsqueda en archivos laberínticos.
En las memorias aludidas también dice: “Tu estabas, abuela, sentada en la puerta de tu casa, abierta ante la noche estrellada e inmensa, ante el cielo del que nada sabías y por donde nunca viajarías, ante el silencio de los campos encantados, y dijiste, con la serenidad de tus noventa años y el fuego de una adolescencia nunca perdida: ‘El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir’”.
Las intermitencias de la muerte, que publica en el 2005 a sus ochenta y tres años, es un mano a mano con la muerte: la ridiculiza y la teme, la admira y la ironiza y, a modo de catarsis, la literaturiza: la convierte en un personaje femenino, una dama elegante, seductora sabia y temeraria.
Tan sabia que “había comprendido que no se debe nunca distraer al artista en su arte”; y, dichosamente, la dama le dio tiempo extra, pues luego de una seria enfermedad, no lo “distrajo” y escribió sus dos últimas novelas: El viaje del elefante (2008) y Caín (2009). Aunque Saramago haya dicho que todo –hasta las letras– caerán en la nada, intuyo que ahora sus textos retomarán más fuerza que nunca, se profundizará en el proceso de escritura, habrá una visión de conjunto y se comprenderá su propuesta ética y estética con mayor objetividad y distancia.
Dentro de otra tesitura, dice también en esta novela que “no nos resistiremos a recordar que la muerte, por sí misma, sola, sin ninguna ayuda exterior, siempre ha matado mucho menos que el hombre”. Aseveración demoledora e inseparable de su pensamiento político y religioso, que desarrolla con más amplitud en el ensayo titulado “El factor Dios” publicado junto con textos de otros autores en El mundo después del 11 de setiembre de 2001 (2002). Dice así: “Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios”.
Y, es en Caín, su última novela, irreverente e inclusive profana para algunos, donde cuestiona la petición que hizo el señor (sic) a Abraham de sacrificar a su hijo; y extiende el tema al sacrificio de Jesús. Es la libertad que le da la literatura, libertad que tienen también los lectores para impugnar sus propuestas.
Sin embargo y volviendo a la novela Las intermitencias de la muerte, en ella “compadece” a la doña de la guadaña por su desconocimiento de saber “qué es vivir”, qué es sentir nostalgia, dolor y amor, momento este en el que emerge la otra faceta del escritor: su concepción del amor, de la solidaridad, del dolor de los otros, del bienestar del hombre en la tierra, y demás temas de profundo humanismo que recorren toda su novelística, donde queda plasmada, sin un orificio, la condición humana.
La elegante señora de la guadaña finalmente le ganó la batalla a su cuerpo, sabemos que no a sus letras. Amado u odiado, Saramago deja una profunda huella en la literatura del siglo XX.
Sirvan estas consideraciones sobre el tema de la muerte según Saramago como homenaje a él y a su esposa Pilar, a quienes tuve el privilegio de conocer durante su estadía en nuestro país. Recordaré los momentos compartidos, su conversación pausada y tranquila, su serenidad propia de la madurez y una humildad que solo da la grandeza.