“Unos nacen con estrella y otros nacen estrellados”. Jocosidad aparte, el refrán no hace otra cosa que delatar lo obvio: una porción de lo que acontece en nuestras vidas no tiene ninguna lógica ni razón de ser. Y es ahí donde aparece la suerte, la buena y la mala, un expediente al que recurrimos para tratar de entender ciertas situaciones, aunque, en realidad, no explica absolutamente nada. Eso sí, nos recuerda que estamos sometidos al imprevisible mundo de la contingencia: algunas cosas bien podrían no haber sido o haberse presentado de otra manera.
La suerte es aplicable también a los proyectos humanos, individuales y colectivos. Entre estos últimos se hallan los que se proponen los pueblos y se delegan en un determinado Gobierno, claro está, en el caso de las democracias.
Aquí, por estos lares, solo ocho meses han transcurrido desde que asumió sus funciones la presidenta de la República, Laura Chinchilla, casi el tiempo propio de un parto. Pero la maldita mala suerte ni siquiera ha querido respetar los nueve meses. Presurosa y alocada, se ha ensañado en parir, desde mucho antes, acontecimientos de grueso calibre, suficientemente preocupantes como para desvelar al país entero. Y es que los problemas que se le han venido encima a Chinchilla no son solo de ella, sino también de todos. Al menos, así debería ser en cualquier sociedad y, todavía más, en esta que se ufana de una supuesta madurez política y de un espíritu solidario.
Las circunstancias adversas, ancladas en el azar la mayoría, y otras por la mala leche de algunos, no le han permitido a la mandataria ni un momento de respiro. Hasta donde la memoria alcanza, en las últimas décadas ningún gobernante ha dado sus primeros pasos en la Casa Presidencial por un camino tan empedrado y espinoso.
Infausta huella. Ahí está la infausta y letal huella dejada por la tormenta tropical Tomás , uno de los peores desastres naturales que han sacudido al país desde hace unos cuarenta años o más. El repaso de los estragos es desolador: decenas de muertos y desaparecidos; el 25% de la red vial nacional construida en asfalto quedó destruida; a lo largo de unos 1.200 kilómetros hubo derrumbes, puentes colapsados, hundimientos y aludes; 2.500 casas perjudicadas, escuelas deterioradas, tuberías destrozadas y cosechas perdidas; unas 300.000 personas fueron afectadas, directa o indirectamente, y... suma y sigue. Luego, lo inevitable: una abultadísima factura para las arcas del Estado. La reconstrucción costará cientos de millones de dólares, según estimaciones del Ministerio de Obras Públicas y Transportes. Solo la Interamericana sur se tragará $100 millones. Ahí es nada.
Inaceptable invasión. Apenas estaba yéndose Tomás para demoler a los pobres haitianos, vinieron Daniel, Edén y la draga. El país no había salido de una y le metieron en otra. Esta vez no hubo aguaceros ni inundaciones, sino una inaceptable y provocadora invasión militar del territorio nacional, urdida por la banda de forajidos que gobierna Nicaragua. La estadística de récords se repite: surge el problema de mayor gravedad, desde hace más de medio siglo, entre Costa Rica y su siempre problemático vecino del norte.
El Gobierno afinaba los números sobre las consecuencias de Tomás y, a la vez, tenía que desplegar con celeridad sus baterías diplomáticas en los foros internacionales. Un desastre. Muchos problemas de hondo calado, demasiados, casi para tirar la toalla.
De mala a pésima. ¡Ah!, pero había que hacer pésima la mala suerte y ahondar el infortunio. El expresidente Óscar Arias, convertido en Zeus tonante, padre de los dioses y de los hombres, vocea en la prensa un fuerte reproche a Chinchilla por su estrategia para defender al país en el conflicto con Nicaragua. Podría haberlo hecho de teléfono a teléfono, privadamente. Pero no. Queda al descubierto que el exmandatario y su hermano, Rodrigo –metido ya en una tempranísima y cuestionable campaña electoral–, no están, precisamente, a partir un piñón con la Presidenta. La influencia de los Arias se hace sentir en la fracción oficialista de la Asamblea Legislativa. La escisión es patente, aunque se quiera esconderla. La hecatombe.
Pasan los días. En vista de lo ocurrido con Nicaragua, el Gobierno decide reinstalar la Policía de Fronteras, pero bien entrenada y equipada, una fuerza disuasiva de seguridad. Los dedos acusadores se levantan desde todos los flancos: Chinchilla quiere establecer un ejército, un tabú en el país.
Al parecer, los enemigos están por todo lado, fuera y dentro, y la situación se torna compleja para gobernar con una mínima tranquilidad.
La hora actual, auténtica prueba de fuego, no es un seguro anticipado contra las críticas por los eventuales errores de la Presidenta, pero sí un acicate para que ella escriba una de las mejores páginas de la historia de Costa Rica.
Ojalá que así sea.