Es preferible pensar que no hay gente mala, sino mala conciencia. Pero a veces hay razones para pensar que algunos se volvieron malos de remate porque sus actos así lo revelan y parece que tuvieran dañada del todo la conciencia, como cuando un disco duro se estropea y no hay forma de recuperar los archivos. Son, al decir de Choza, unos “auténticos sinverguenzas” que no tienen respeto a los principios y los violan a cada paso. Van por la vida convencidos de que su conducta es la más correcta y no se dan cuenta del tremendo mal que causan. Se corrompen y corrompen la salud moral de los otros.
Pero hay quienes hacen el mal y son conscientes de que obran mal y los podemos llamar “sirvenguenzas auténticos”, o sea gente que sabe que se aparta de una conducta correcta y merecen reproche. Hacen barbaridades pero, a la hora de la verdad, tienen con qué confrontarse, sus principios de toda la vida, a los cuales no han renunciado. Aunque no den ejemplo, se dan cuenta de que hacen daño a los demás.
Auténticos sinverguenzas. La sociedad actual está plagada de “auténticos sinverguenzas” que proclaman con desenfado sus “proezas” y se sienten muy seguros en sus errores convencidos en aciertos. Han perdido la voz de la conciencia y solo les queda “la voz del robot, de la propaganda' la desesperación espiritual” (Saint Exupery). Sin buena conciencia, cualquier persona es capaz de los peores errores y de los peores horrores. Lo vivimos todos los días porque la realidad supera a la imaginación: nunca había habido tanta gente de tan mala conciencia haciendo tanto daño.
La mala conciencia afecta, sin duda, la salud de los pueblos. La cosa es muy clara: se van creando hábitos, nos acostumbramos al desprestigio del bien, al predominio de la mediocridad moral, al desinterés por lo correcto desde el punto de vista moral. Incluso se mira con desdén a las personas de conducta intachable o a quienes tienen convicciones firmes y claras que chocan con las conductas sinuosas que buscan la aprobación al precio que sea, así este consista en abandonar los principios y valores de toda una vida. Dicen que no hay principios válidos para todos porque eso ofende el pluralismo y la tolerancia. Y, por supuesto, hablar de la verdad resulta incómodo.
Clima educativo y brújula. Por ese camino, la conciencia se deforma poco a poco hasta volverse oscura e incierta. Y si el clima en el que se educa a la gente es de incredulidad, permisivismo y ausencia de lo espiritual, los frutos de mala conciencia, que se cosechan más adelante, son inevitables. La única salida a esta situación es volver a la conciencia moral, a su poder orientador sobre la conducta humana. Atacar la mala conciencia para tratar de edificar una conducta a prueba de reduccionismos morales, de convencionalismos vacíos o de falsas ilusiones. Y reanimar la conciencia ética, es decir, el sentido del bien y del mal, no para atemorizar a nadie sino para estimular a obrar con rectitud.
La conciencia moral se convierte en el referente inmediato del obrar, la brújula que nos dice para dónde vamos y si vamos bien. Toca formarla, afinarla, ilustrarla para que no solo sea conciencia cierta de lo que se hace, sino conciencia recta que conduce al fin adecuado a la naturaleza de la persona.
En fin de cuentas, afirmarla plenamente con “facultad de conocer lo verdadero y voz interior que nos inclina a hacer el bien. A ella le corresponde coordinar y orientar todos los elementos y todas las energías de nuestro ser en función de una clara y libre elección” (Thibon).