Me intriga el que a algunas personas el poder les aniquila el sentido común y la humanidad. Me refiero a esa ambición de poder a secas, que no responde a una vocación de servicio; en la que nociones de “rectitud” y “trascendencia” se borran frente al individualismo. Es esa ambición que convierte al ser humano en una burla de sí mismo, en un bufón de la función pública, en un millonario de mal gusto, en un pop star de unas pocas horas. He tenido que enfrentarlos, cuando se quejan por críticas “moralistas” revelándome que, en su mente retorcida, la moral y el ejercicio del poder no van de la mano.
Las versiones más extremas de estos dementes del poder pueden verse en los líderes del régimen Nazi, Milosevic o los autores intelectuales del genocidio ruandés. Cuando esos sujetos deben medirse frente a nociones más sublimes de verdad y justicia, simplemente caen en el ridículo y muestran toda su repugnancia. Es recurrente que políticos de esta calaña, cuando terminan en estrados judiciales, padezcan de una profunda incapacidad para superar el discurso populista y politiquero, frente a nociones de derechos y deberes, de servicio y responsabilidad. De ahí que la imagen de exdictadores convertidos en caricaturas es común en los tribunales internacionales.
Los cómplices. También caben entre quienes sufren de una desviación mental por el poder los líderes de grupos de crimen organizado y los corruptos. Estos se revelan por una repugnante y rancia transpiración provocada por una pretensión de ser “intocables”, que ellos creen que es atractiva pero es tan repulsiva, que es imposible de admirar. Los dementes por poder suelen caer en ese estado ayudados por un grupo de cómplices más bajos aún. Estos actúan como cortesanos que, al igual que a aquel rey del cuento, le hacen creer al funcionario, jefe o millonario que sus ropajes y dotes no tienen igual, con el único fin de asegurarse sus propios privilegios, hasta que algún sensato le revela al monarca que anda desnudo y haciendo el ridículo.
Para muchos, el poder se convierte en una droga adictiva que los embrutece. Algunas de las escenas más deplorables de los enfermos de poder las he presenciado en aquellos que, a sabiendas de que no valen nada sin su puesto y sin sus bienes, se aferran histéricamente a ellos. Pretenden seguir desviando la labor de quienes se mantienen en las instituciones con un poder que creen invisible, pero que no solo es evidente, absurdo y sucio, sino, muchas veces, delictivo. Me inspira, por lo tanto, la imagen del esclavo romano, que subido en el triunfo junto al emperador, le sostenía la corona y le recordaba: “Mira hacia atrás. Recuerda que eres mortal”. Nuestra sociedad tiene hoy versiones más complejas de ese esclavo: la prensa comprometida y responsable y los mecanismos institucionales de control de la función pública.
Héroes silenciosos. Pero quizás, la imagen más cercana y digna de ese “esclavo” sigue siendo la del amigo, compañero, familiar, empleado y servidor público que, honesta y valientemente, se atreve a poner su zona de confort en riesgo, para salir en defensa del bien común. Fieles creyentes de la máxima amicus plato, sed magis amica veritas, esos silenciosos héroes que se exponen muchas veces al acoso o al dolor de perder a un amigo, son verdaderos pilares del bienestar colectivo y antídoto de emergencia frente a la locura del poder.