Los papás están a cargo de los niños... y los niños están a cargo de los papás. En tanto, las mamás trabajan. El resultado de esa ecuación de circunstancias es una comedia familiar bastante simpática y, si se quiere, gratificante.
Se trata de la película La guardería de papá (2003), dirigida por Steve Carr y escrita por Geoff Rodkey. Todo comienza cuando dos tipos pura vida son despedidos de su trabajo. Ellos están ligados al mundo de la publicidad y absorbidos por ese trajín, con sus celulares, bíper, agenda electrónica, computadora personal, auto lujoso, ropa fina y todo lo demás que los lleva al estrés constante. Son Charlie y Phil.
Como no es tan fácil conseguir empleo, ellos pasan pronto al equipo de los desocupados, y los únicos que les hacen barra son sus propios hijos con su bullicio.
Es en este momento que el bombillo masculino se enciende como un trago de licor en el hígado. A Charlie y a Phil se les ocurre que si ellos pueden cuidar a sus propios hijos, por qué no cuidar a otros y ganarse unos dólares de paso: abrir su propia guardería.
Lo que no saben es que esa faena es como alborotar un panal; esto lo descubren luego con el avispero de chiquillos. Por dicha llega Marvin a ayudarlos, para quien todo es como si fuera un capítulo más de Viaje a las estrellas.
Lo cierto es que, conforme aumenta la cantidad de niños, aumenta también la gracia de la película (pese a su exceso de música dulcete), por lo que resulta cosquilleante y buena para el ánimo, con encantadoras actuaciones infantiles y con los simpáticos trabajos de Jeff Garlin (como Phil) y de Steve Zahn (como Marvin).
También está Eddie Murphy (como Charlie) con sus altibajos, pero no hace mella: la película se mantiene siempre con un humor sincero, como el de los güilillas (niñas y niños, como se estila ahora) cuya mirada es el preludio de la alegría.