NO SE ESCATIMÓ EN espacio ni en los detalles: 500 m2 de terreno, 900 m2 de construcción, cuatro pisos (con el sótano), 40 mesas y 12 meseros están listos para recibir a cientos de clientes en el nuevo restaurante Il Pomodoro, frente a plaza Roosevelt.
La construcción es sencillamente impresionante por sus dimensiones, por el gusto con el que cada cosa ocupa su lugar y por el rojo "pompeyano" con el que fue vestida.
Lo visitamos uno de tantos días, al mediodía, y nos encontramos con que decenas de personas tomaron la misma decisión. La primera planta está repleta, así que subimos las gradas hacia la segunda.
Los detalles vienen de las cuatro esquinas: la madera de las puertas, las vigas, el imponente jarrón de un metro de alto, los ventanales que dan paso a toda la luz imaginable, el espacio y ese olor a pizza...
Son dos pisos de restaurante, pero el de arriba y el sótano están aun sin ocupar. "La prioridad es el restaurante; luego veremos cuáles otras opciones podemos ofrecer", afirma Anna Marchetti, la dueña.
Casi casa
Ojeamos el menú y constatamos que se sirve lo mismo que en los otros restaurantes -a excepción del de Escazú que, ofrece también carnes y pescado. Luego hacemos nuestro pedido: un antipasto al pesce misto caldo y una foccacia para empezar.
El primero es una combinación de frijoles blancos, calamares y lechuga; junto al tradicional pan de ajo, nos recuerdan que estamos en casa porque, pese a que el sitio es diferente, la sazón de la cocina es la misma de siempre. Terminaron de confirmarlo el penne boscaiola y la pizza, estrella de este lugar.
El sitio está repleto, y quien nos atiende debe hacer malabares para satisfacer a todos los de este sector del restaurante. Hace lo que puede, y es bastante. Al final de la comida, la computadora le borró la cuenta, por lo que tuvo que meter los datos de nuevo. Ese día nos dejó con el antojo del postre: "Es que acabamos de abrir y hoy no tenemos". Ni modo, pero la comida estuvo deliciosa.
Hay que reconocer que el nuevo Il Pomodoro cumple la promesa de servir la misma calidad que en sus otros restaurantes. El espacio es amplio, hermoso y cómodo, aunque, como en la mayoría de edificaciones así de globalizadas, el calor de hogar se pierde. Para recuperarlo están los otros dos Il Pomodoro. (Para tranquilidad de los clientes habituales, el antiguo Il Pomodoro, de San Pedro, seguirá abierto.)
Tres opciones
En cuanto al parqueo, los dueños aseguran que ya está en proyecto la construcción de uno a la par pues ni los cuatro espacios de enfrente ni la calle dan abasto para todos los autos. "Empezamos muy bien, pero todavía estamos afinando detalles", asegura Romano Marchetti, también propietario.
El nuevo Il Pomodoro era una necesidad para sus propietarios pues había que ofrecer algo diferente. "Hay que renovarse -la casa de San Pedro ya está un poco vieja- y ofrecer mejores condiciones a los clientes y a quienes trabajan con nosotros", nos cuenta Romano, cabeza del tropel de los Marchetti, integrado por doña Anna (esposa de Romano) y sus dos hijos: Stefano y Andrés, todos rostros cotidianos del nombre Il Pomodoro. Siempre hay uno de ellos en alguno de los restaurantes.
Son ellos los que se encargan de auditar la calidad de los productos, el sabor de los platos y la atención al público. "Yo como pizza todos los días", asegura Andrés, y esta es su forma de controlar la calidad del producto.
¿Y cómo hacen para que la pizza tenga el mismo sabor en los tres restaurantes? "Rotamos a los pizzeros; todos pasan por un entrenamiento de seis a ocho meses en el local de San Pedro", cuenta Anna.
Con la apertura de este nuevo restaurante, escoja usted el ambiente que desea: el bohemio y acogedor de San Pedro, el elegante y reservado de Escazú, o el amplio y moderno de la plaza Rooselvelt. Por la calidad no se preocupe: ella está asegurada.