Alto contraste esa noche. El periodista Camilo Rodríguez se mostraba con cara de "yo no fui", con aires compungidos. Lo cierto es que don Álvaro Escalante puso a Camilo a pedir perdón públicamente, rostro al frente, cámara en primer plano, mientras el guapileño insistía en su inocencia y en pedir una segunda oportunidad para quedarse en el programa de canal 4. Los hechos eran conocidos por la opinión pública. Se dijeron por tele y por la prensa escrita. Camilo insistía en su inocencia. En lenguaje popular, él no había choriceado en sus medios periodísticos, no había plata por debajo, no había razón de tanta suspicacia en el ambiente profesional ni de tanta insatisfacción en la opinión pública. Camilo, tenés que entenderlo: se explique o no, la gente siempre se guarda sus recelos. "Es que usted es muy joven" dijo don Álvaro en un momento del programa. Esa noche, Camilo guardó más silencio de lo que acostumbra. La mujer del César no solo debe ser respetable, sino también aparentarlo, y a Camilo (inocente o no) se le ha venido a menos su credibilidad. Así sucede, es inevitable. Tampoco se trata de crucificarlo. Hoy día muchos periodistas gustan del escándalo cuando lo alimentan otras personas: sacerdotes, políticos, empresarios, quien sea. El escándalo no solo es noticia: es reseña que vende. El escándalo se ha convertido en mercancía. Camilo tiene que demostrar más fehacientemente su inocencia, o asumir los resultados de su posible falta. Transparencia. Pero no se trata, dijimos, de expiar culpas con Camilo: "¡Qué vergüenza!", han dicho algunos, "van a pensar que todos los periodistas somos como él". Martillo y clavos, solo eso les falta. Recordémoslo: quienes estén libres de culpa alguna, solo esos pueden tirar la primera piedra. Y tal vez ni así. ¿No gustan los periodistas de la fama efímera que les da su profesión, sobre todo los de la tele? Por ello: ¿no reciben algunos comunicadores regalos, invitaciones y gratificaciones y premios por preparar una nota específica? ¿Qué es ese eufemismo de llamar "muestras de afecto" lo recibido por algunos informadores? ¿Cuál reportero ha devuelto un regalo recibido a propósito de una nota publicada en algún medio? Lo dice el propio Jorge Martínez, de canal 7, a la periodista Gabriela Solano de Al Día: "Sé que hay un séquito de personas que con el afán farandulero, comen, toman y van a fiestas gratis siempre, y eso es deprimente". La primera piedra, ¿quién la tira? Todo comienza de lo simple, como saltarse un lugar en la fila de un banco. Lo cierto es que un oficio como el de periodista no puede ser un bumerán que regrese cargado de "muestras de afecto" o de "bondades ajenas". No debe generar discutibles servicios profesionales, donde se confunde el papel de conductor de tertulias con el del publicista. Lo de Camilo ha sido evidente. Convincente o no, él ha hecho sus descargos. ¿Los demás? ¿Buscan la paja en el ojo ajeno?