Para saber lo que es bueno de verdad, hay que subirse a una balsa y dominar los rápidos solo con los remos. La primera vez que una se atreve, siente cosquillas en el estómago (por no decir miedo). Pero, cuando no hay balsa ni remos y una está metida en un remolino de agua, con sólo un chaleco flotador, el asunto es más bien excitante, maravilloso.
Aún recuerdo la madrugada de ese día. Al salir de mi casa, mi madre, en vez de darme las bendiciones, me regañó:
-Vos estás más loca que una cabra. ¿Cómo se te ocurre tirarte así no más a un río que no conocés? ¿Qué tal si te encontrás con una cabeza de agua?
Al llegar a Cahuita (Limón), sus palabras aún estaban en mi mente. Al equipo de Tiempo Libre, que formábamos Paúl Aragón (fotógrafo), Jorge Bolaños (chofer) y yo, lo aguardaba Antonio Mora (Tony), propietario de Cahuita Tours.
Esa es la única empresa que, en Costa Rica, organiza body rafting (términos ingleses que significan "que el cuerpo flote como si fuese una balsa"). El deporte consiste en dejarse llevar por rápidos, flotando con un chaleco especial.
Al terminar el viaje, Tony -un mulato corpulento y con voz de trueno- me confesó que, aquella mañana, yo había llegado con la cara pálida, y un poco asustada. Es cierto. Confieso que todo el camino, de Cahuita a Talamanca, no paré de bombardearlo con preguntas sobre la seguridad de esta aventura.
Los riesgos
-No se preocupe. Si ha llovido mucho, no haremos el viaje. Nunca hemos arriesgado nadie -subraya Tony.
La idea de flotar y de romper la corriente sólo con el cuerpo se le ocurrió a Tony, un día muy caluroso en que viajaba por el Sixaola con sus hijos. Eso fue hace ocho meses, y, desde entonces, niños de dos años y hasta abuelos setentones han vivido esta experiencia.
En Talamanca, nos dirigimos hacia Chase, un caserío indígena separado de Panamá por el río Sixaola. A la orilla del este, los guías, Guillermo Torres y Jorgeli Rodríguez, (indígenas bribris), nos reciben con una agradable sonrisa. Con Jorgeli viaja su hijo, Jorge (de tres años) y su esposa, Eney. Se une al grupo Denis Michaud, un canadiense que es socio y amigo de Tony.
Al ver la calma con que Guillermo y Jorgeli navegan por el Sixaola, la ansiedad que una siente sobre estas aguas bravas, empieza a disiparse.
Cuenta Jorgeli que le tiene respeto al Sixaola, pero lo conoce tan bien como la palma de su mano.
-Yo me crecí en el agua de este río, nadando, haciendo travesuras, como mi hijo -recuerda.
Guillermo y Jorgeli han subido y bajado, de día y de noche, las aguas del Sixaola con apenas una linterna y cargados de plátanos.
-Esto me lo conozco de memoria. Sé exactamente dónde hay rocas, rápidos y hasta troncos -relata Guillermo.
Han pasado las dos horas de remar y remar, de ver árboles centenarios y gigantescos, tucanes, mariposas amarillas que invitan a volar. Hemos dejado atrás el Sixaola y llegamos por fin al río Yorkín, que en bribri significa "corriente grande". Este es el punto de partida del grupo para que, río abajo, quien se anime, se tire al agua. El Yorkín es un río más bravo que el Sixaola, y, cuando nadie pronuncia una palabra, parece que está enojado. "Para nosotros cruje", dice Guillermo.
Según la categoría establecida en el país, sus rápidos son de la clase tres: los más intensos. Los más calmados son de la clase uno, donde hasta el pequeño Jorge se lanza al agua como un pez.
Todos bajamos y caminamos por una quebrada, alrededor de una hora. Estiramos los músculos y luego calmamos el hambre con piñas, mangos y sandías.
Con el hambre saciada y la emoción de flotar entre las rocas, no dudo en ponerme el chaleco.
El primero en lanzarse es Tony. Lo hace en el rápido shot (que en bribri significa "muy duro"). El shot es una curva muy cerrada y con aguas blancas por la espuma.
-¡Átense bien el chaleco! Luego relájense y colóquense boca arriba en posición de nadador. Recuerden que sus brazos son los remos -nos dice Tony a Denis y a mí, antes de lanzarse al shot. Tony se pierde en la espuma blanca. Un minuto después vemos que alza las manos en señal de victoria.
-¡Al agua, patos! -nos grita.
Denis, que ya había hecho body rafting en Canadá, no duda en seguir a Tony. Lo hace relajado y seguro.
¡Al agua!
Me toca el turno. Lo pienso varias veces. Jorgeli y su esposa intentan detenerme: "Ese rápido es muy bravo, mejor haga otro más suavecito". Lo pienso, pero la tentación es grande: "Bueno, para eso vine". Eney me hace la señal de la cruz mientras me lanzo y pienso que al agua es una alfombra mágica.
Siento inseguridad por no saber qué me espera más abajo. ¡Tenían razón!: un shot es un rápido violento..., pero sabroso. La fuerza del agua me revuelca un par de veces. Cuando salgo de nuevo a flote, intento relajarme. Me tranquilizo al ver a Tony y a Denis gozando como niños.
Poco a poco, la tensión desaparece gracias a un tramo más sereno que me permite tocar las ramas de los árboles, y detenerme por unos minutos y medir el siguiente rápido. En este tuve mejor suerte. Ya, sin temores, es más sencillo controlar la situación.
Al final, todo este asunto del body rafting es como hacer el amor: tiene su clímax y luego viene la fase de relajación. Después de una hora y media de rápidos intensos, una flota en aguas serenas y llega a sentirse como en otro planeta, arrastrada por la suave corriente. Con los pies en alto, sentí que acariciaba el cielo azul.
Cuando estaba así, relajada, me acordé otra vez de las palabras de mi madre. Esta vez, ella -que casi siempre tiene la razón- sencillamente se había equivocado.
Cómo, dónde, cuándo
Contacto : Cahuita Tours.
Teléfono : 751-0232.
Salidas : Hay que hacer reservación.
Recomendaciones : Saber nadar, llevar doble muda, ropa cómoda para el body rafting, y tenis para caminar en las rocas.
Costo : ¢8.000.