Ante la publicación contenida el domingo 13 de junio del presente año en este diario (Teleguía), me permito manifestar: en ejercicio de mi profesión, en este caso concreto, asumí la defensa del derecho fundamental consagrado en el artículo 39 de la Constitución Política, según el cual todo ciudadano se presume inocente hasta tanto no sea condenado en juicio.
¿En qué planeta vivo?, cuestiona la publicación. Al respecto respondo: en un país donde impera el Estado de derecho, en el cual el honor de cualquier ciudadano es un valor supremo que al ponerse en entredicho, reclama ineludiblemente la dilucidación garantizada por la imparcialidad y el debido proceso.
En el país que me heredaron mis abuelos juzgan los tribunales de justicia, no los comentarios de los usuarios en las notas de La Nación o en Facebook --palabras textuales de la publicación–. Detrás de un comentario o hecho noticioso en Internet, podrían esconderse intereses no declarados, en busca de afectar la honra de alguien.
Cualquier enemigo podría aprovechar este instrumento para lanzar nubes de duda respecto de la aptitud moral de un tercero. Las redes sociales en Internet han resultado un instrumento potenciador fabuloso de la democratización, al facilitar el acceso a la información, y participación masiva en la creación de opinión dentro de un foro abierto a miles y millones, donde prima la mayoría y a la vez la decisión de cada quien de formar parte de él. Pero el poder de juzgar sobre la inocencia de las personas reside en los jueces de la República.
No le corresponde a los medios de comunicación determinar cuáles son las “causas perdidas” – palabras textuales del artículo– porque de ser así, ¿para qué entonces llevar a juicio un caso? Ya el órgano informativo habrá condenado, y en ese “planeta”, no quedaría más que el linchamiento público al margen de la acción judicial. No quiero ni pensar que esa sea la nación que se construye en nuestro tiempo.
Finalmente, respecto de la frase lapidaria contenida en el artículo “nos queda el sinsabor (sic) de cómo hay gente como el abogado...”, conservo la esperanza de que no se cierna nunca sobre los costarricenses un dedo inquisidor que, contrariando la riqueza de la diversidad de pensamiento, descalifique gratuitamente a quien asuma una posición contraria.