
Lo que voy a describir me aseguran ocurrió en un ruidoso bar de algún lugar de la Meseta Central, en una mesa pobremente perfumada, pues era la más cercana al orinal y la brisa corría en su contra, luego de un partido de fútbol en que había perdido la “S”. Entre cerveza y cerveza, boca y boca, cerca ya de la media noche, un grupo de viejos amigos reforzado con amistades recién hechas, de esos expertos ex post facto en fútbol, discutía lo bueno, lo malo y –sobre todo– lo feo del partido que recién vieron.
El tema era importante porque, afirman algunos experimentados estadísticos y analistas del Banco Central, cuando la “S” está mal, el mood del país cae de picada y también la actividad económica que mide el IMAE. Que mucho pase innecesario en el área chica, decían unos, que disparan como niñitas, decían otros, que los de la defensa no se entienden. Que Gima, que la directiva, que el club sport herediano fue mejor y ustedes no lo vieron.
El bar en cuestión tenía una rockola con música de la de antes; es decir –pues así opinaba un señor del grupo que se encargaba de meterle plata – de la bonita. Tangos, rancheras, pasodobles, boleros y de todo sonaba. Agotado el tema del partido, luego de que el dependiente anunció que el local cerraría pronto, alguien ordenó la última ronda, con bocas de ceviche, consomé, chicharrón, pejibaye, pescado empanizado y frijoles blancos con pellejo de chancho, para escoger. Y así surgió el segundo tema que apasiona a ticos y ticas, pues en el grupo habían dos, de esas valientes: la política. Campo en que, huelga decir, también expertos somos todos en esta madura democracia. Alabado sea el Señor.
La cosa está muy fea, no le veo salida fácil, dijo alguien. Fututa y yo sé de quién es la culpa, prosiguió. Y en ese momento, de leve silencio, de la rockola salieron las notas de un bolero que decía “Usted es la culpable de todas mis angustias y todos mis quebrantos...”. Nótese que la culpable es alguien del género femenino. “Usted llenó mi vida de dulces inquietudes y amargos desencantos”, para proseguir con “Usted me desespera, me mata, me enloquece”. ¿Quién pidió consomé, quién chicharrón? Interrumpió el mozo. ¿A quién le dejo la cuenta? Déjela ahí, y traiga al policía, porque estamos hablando de cosas más importantes.
Culpables. La culpa la tiene la prensa, afirmó uno, porque si no hubiera destapado lo de la Caja, Alcatel, los reaseguros y otras cosas (¿tienen bocas de chorizo?) esto estaría pura vida. Ojos que no ven, corazón que no siente. La prensa no es culpable, opinó uno que dice ser letrado, y que se iba a hacer cura pero que no se hizo, porque no se puede culpar al mensajero del contenido de un mensaje. Bien dicho, gritó alguien. Entonces, dijo otro, la responsable es la Contraloría, porque debiendo controlar la hacienda pública no controló ni “m”. Los de la Contra, corrió a aclarar otro, son buena gente, ¿no ve qué allí trabaja mi hermanilla? y ellos no pueden andar metiéndose en todos los escritorios de todas las oficinas públicas porque aquí hay un tanate de entidades.
La culpable, dijo una de las muchachas, la que ordenó consomé, como suele hacer la gente más finilla, es la Sala Cuarta, porque se trae abajo muchos proyectos de ley, y hasta parte de leyes vigentes, y no deja gobernar. Además, es muy política. No puede ser la Sala la culpable, respondió una que había pedido boca de chicharrón, porque ella lo único que hace es asegurar que en la emisión de leyes, como en otras cosas, se siga lo que manda la Constitución Política. Toda acción de la Sala Cuarta es política. ¡Ah chola más entendida!, exclamó el que le metía monedas a la rockola.
Entonces la culpable es la Asamblea, porque manda proyectos de ley mal hechos. Es la Asamblea Legislativa, porque para ser diputado o diputada no hace falta más que ser tico y tener al menos 21 años de edad. No se requiere ningún cartón, ni particular experiencia, ni nada. De todo puede llegar a la Asamblea pero, me parece, también a otras ramas del Gobierno, dijo otro. Y en eso un viejo tango, creo que del año 1935 y que se llama Cambalache , decía: “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. Todo es igual, nada es mejor' lo mismo un burro que un gran profesor. No hay aplazados (¡qué va a haber!) ni escalafón' Los inmorales nos han igualado”.
Pero, amigos, dijo uno que había estado calladito todo el rato: ¿no será mucho de lo que estamos viviendo –como la platina, el robo de armas, el chavalo que en tiempo laboral se fue al motel con el carro y con una compañera de la muni (y que tal vez iba a cobrar gastos de representación), los problemas de la Caja y muchas pifias de altos jerarcas– es culpa del Poder Ejecutivo y del equipo de gobierno? ¿Equipo? Arrejuntado, como escribió un chavalo en Facebook, dijo el más chiquitillo.
La cuenta. No se olviden de la cuenta muchachos, previno alguien que tenía cara de soñoliento y cansado. Para entonces otro bolero, cantado por alguien que parecía aceptar culpabilidad, decía. “Yo sé que fue muy grande la ilusión que en mí forjaste, para luego encontrar desconfianza y frialdad en...” ¡Cuarenta y siete mil quinientos! Da como ocho mil por jupa, dijo uno que era ágil en cosa de números, mientras el bolero continuaba, como si reprodujera el sentimiento de un votante típico: “Que se ha quedado al fin mi pobre corazón con tan poquita fe' Tú tienes que ayudarme a conseguir la fe que con engaños yo perdí. Me tienes que enseñar de nuevo a amar, y a perdonar”.
Ahora sí se cierra el chinamo, dijo el mozo con un tono de autoridad y el bar fue quedando a oscuras de adentro para fuera. Para eso también había cesado la música de fondo.
Como llegaron, los amigos salieron, y no es claro que – ante tan importantes, agitadas y ruidosas discusiones, y con aquel olor a orines, –que por dicha después de tres birras no se percibe plenamente– los personajes de nuestro cuento hubieran prestado atención a la letra de las canciones que tocaba la rockola.