Madrid. Su táctica es la palabra; su estrategia, la sencillez del lenguaje tan próximo al sentir del pueblo. Mario Benedetti es un poeta-ladrón, un "mezclador profesional" de géneros, como él mismo se etiqueta. En todos los continentes, centenares de personas aseguran haber perdido el corazón con cada uno de sus poemas, porque sus versos son flechas inevitables. Se clavan hasta lo más profundo del alma con el conjuro mágico de hacerla gemir de emoción.
¿Cuál es el secreto de la cocina literaria del poeta uruguayo? Con los hombros comiéndole su diminuta cabeza cerrada por las canas, su bigote blanco -menos rebelde- y esos ojos luminosos y grandes que todo lo dicen, Mario Benedetti se amarró su delantal de cocina durante un taller de literatura que, con solo anunciar su nombre, colmó de gente el Salón Bolívar, en el Palacio de Linares de Madrid, la última semana de mayo.
En él habló de poesía, de compromiso social y de cuentos; pero, sobre todo, se mostró ante sus lectores como en un espejo, y les contó anécdotas, leyó poemas y afinó su puntería hacia la juventud, instándola a "no convertirse en viejos prematuros, a inventar la paz".
Cuentista
Fueron dos tardes de cuento porque Benedetti también ha saltado la cerca de la poesía para juguetear con la prosa más difícil de lograr. "El cuento es el género más difícil por la importancia que tiene en él cada palabra", empezó diciendo con esa voz asmática que no se le opaca con los ahogos, sino que, al contrario, adquiere en él un encanto especial redoblado en esas letras "jaladas" con las que los uruguayos musicalizan su acento.
Para el autor, "cada palabra vale por sí misma. Su poder concentrado puede depender de un solo adjetivo. En comparación con la vida real, el cuento tiene el valor de un instante".
En su prolongado medio siglo como escritor, Benedetti ha engendrado más de 120 cuentos. En ellos, la clase media uruguaya -con la que se identifica la clase media de medio mundo- cobra especial importancia en la figura de los empleados de oficina, de las mujeres de casa, de los estudiantes, "de la gente de a pie".
Con franqueza, admite que, en sus obras, el secreto está en el detalle, que adquiere relevancia en el sentido que le transmite a cada una de las palabras. Y mencionó también un ingrediente absolutamente indispensable: el sentimiento, presente en toda su obra. "El elemento que paraliza a mis personajes es el sentimiento. La melancolía, prima hermana de la nostalgia, funciona en la literatura. De ella, no podemos librarnos los que hemos sido exiliados políticos. En el exilio se aprende mucho".
"Mis cuentos casi siempre parten de una semilla real, pues, solo en muy contadas ocasiones, la realidad viene con la estructura de un cuento; pero a veces he prolongado lo real hasta llegar a la ficción", afirma riendo mientras trae a colación Retrato de Lisa, el cuento donde resucita a su despiadada abuela solo para usar su nombre para el personaje central de la narración.
"Este es un género que me entusiasma -confiesa-; es una de las parcelas más arduas de la actividad literaria pues su brevedad no significa necesariamente menos trabajo. Al contrario, es un género lleno de trampas, tentaciones y desafíos, pero también rebosante de gratificaciones tanto para el autor como para el lector".
¿Cómo nacen sus cuentos? El autor dio varias pistas:
* "Hay cuentos donde la realidad ya viene hecha cuento". Y leyó Esa boca, un retrato de un familiar asombrado en su infancia por un payaso de circo.
* "Se da el caso de inventar una historia a la que se le agrega un final real". Y se acordó nuevamente de su abuela.
* "A un episodio real se le inventa un desenlace". Y apareció Triángulo isósceles.
* "También se puede convertir una peripecia real en un relato fantástico". Y sacó a colación su mágico viaje a Cuba, con escala en Praga.
* "Es posible que de la unión de dos personajes reales surja un relato imaginario". Puso como ejemplo La noche de los feos, donde los dos personajes principales existen en algún lugar del mundo, mas no así la historia, que surgió del ingenio del escritor.