De cómo la otrora colonia más rica de Francia pasó a ser uno de los líderes mundiales en pobreza: el terremoto que casi borró a Haití del mapa desnudó ante el mundo el verdadero calibre de la miseria en ese país.Es el país más pobre de América y está entre los líderes mundiales en miseria. Pero Haití cargó por tantos años con esa etiqueta que sus vecinos cercanos y foráneos terminaron por asumirlo casi como un cliché.
De ahí que la capacidad de asombro en el orbe se desbordara cuando los medios empezaron a mostrar las dantescas escenas que se han sucedido tras el terremoto que asoló ese país el pasado 14 de enero, pues mostraron la radiografía de la miseria en toda su dimensión.
Si las imágenes de la tragedia son demenciales, las cifras no lo son menos.
Los cálculos de víctimas mortales han ido ascendiendo conforme pasan los días: a estas alturas se teme que haya unos 200 mil muertos, de los cuales solo han sido rescatados 80 mil cadáveres. Decenas de miles quizá no aparezcan nunca, ya sea porque quedaron sepultados entre los escombros o porque han sido quemados en piras improvisadas debido a su grado de descomposición.
De resultar ciertas estas cifras, esto haría que la catástrofe en Haití fuera tan mortal como el tsunami del 2004 en el Océano Indico, que mató a unas 230.000 personas en 12 países.
La ONU calificó el sismo como “la peor tragedia a la que se ha tenido que enfrentar” y la Cruz Roja desplegó en ese país el operativo más grande y complejo que ha desarrollado esa entidad mundial tras el tsunami de Asia.
¿Por qué un terremoto de 7 grados pudo producir una devastación de una magnitud tan amplia? ¿Por qué Haití está sumido en tanta miseria si en 1804, cuando se independizó, era la colonia más rica de Francia? ¿Cuáles fueron los detonantes que poco a poco llevaron a ese país a despeñarse hacia el estado de pauperización en que se halla hoy?
En realidad, el terremoto que demolió Haití no hizo más que confirmar las premoniciones contenidas en las populares leyes del ingeniero aeroespacial norteamericano Edward Murphy: cualquier situación, por mala que sea, es susceptible de empeorar.
Y es que por más de 200 años, ese país ha estado marcado por las constantes crisis políticas y sociales. A partir del victorioso alzamiento de las milicias esclavas en 1804 contra la dominación francesa, el que dio a luz a la primera república negra de América, el país se sumió en una cadena calamidades físicas, sociales, políticas y económicas.
Y es que el punto de inflexión de la debacle haitiana estuvo, según coinciden analistas e historiadores, justamente cuando logró su conquista histórica al convertirse en la primera colonia latinoamericana en lograr la independencia.
Desde entonces, parece que todo se soluciona y se destruye a la mala en la pordiosera esquina de Latinoamérica: las sucesivas crisis gubernamentales se dirimieron a machetazos; la pobreza, con hambre y migraciones masivas, y los desastres naturales no lo borraron del mapa antes porque lo impidió la ayuda internacional.
Sin embargo, al remontarse a la época del descubrimiento de América y reconstruir la historia de Haití a partir del momento en que Colón llegó a La Española (como la bautizó), es evidente que el destino trágico de ese país estaba escrito desde mucho antes de su emancipación.
Un análisis publicado por Luis Prados, del diario El País de España, explica que, a la llegada de Colón, habitaban la isla unos 500 mil nativos, los taínos. Para su desgracia, tenían oro: ya en 1519 quedaban tan solo unos 11.000. España se vio obligada a importar mano de obra esclava, pero pronto encontró lugares en el continente americano de mayor interés.
La negligencia española llevó a la ocupación francesa del tercio occidental de la isla para finales del siglo XVII. El cultivo intensivo de la caña de azúcar, acompañado de una salvaje deforestación y de pérdida de fertilidad del suelo, convirtió a Haití en la colonia más productiva de Francia en 1785. Así, a costa de su propia riqueza enriqueció a los demás, en lo que sería una costosísima hipoteca de su futuro.
Para entonces, su población esclava ascendía a 700.000 personas –el 85% del total– frente a los 30.000 de la parte de la isla que seguía siendo española (hoy República Dominicana).
Pero las ideas de libertad, igualdad y fraternidad que estallaron en la metrópoli en 1789 con la Revolución Francesa terminaron por permear a los líderes esclavos, quienes “tuvieron la ocurrencia de creerse que eso también iba con ellos”, como ironiza el escritor uruguayo Eduardo Galeano en su escrito Los pecados de Haití.
Ciertamente, el resultado fue el triunfo de la revolución haitiana, pero para muchos ese hecho marcó también el principio de los grandes dramas de ese país.
Galeano asegura que Haití “fraguó su tragedia cuando osó cometer una humillación imperdonable contra los poderosos franceses”: es sabido que los esclavos le propinaron tremenda paliza a las tropas del caudillo galo, Naopleón Bonaparte, y Europa no toleró semejante humillación. De hecho, explica el periodista Prado, de El País, el triunfo de 1804 horrorizó al Occidente blanco.
Afirma Prado que las nuevas autoridades haitianas legislaron para que nunca se repitiera la tragedia de la esclavitud: no habría más plantaciones, sino pequeñas parcelas de tierra para la subsistencia de cada familia, y se prohibió el establecimiento y las inversiones de los extranjeros.
Entonces, al autoaislamiento se unió la exclusión: Haití era la encarnación de la peor pesadilla del colonialismo blanco. Como dice Ian Thomson, autor de Bonjour Blanc, a Journey Through Haiti, “se pensaba que los haitianos eran incapaces de gobernarse a sí mismos porque eran negros. Luego había que probar que eran ingobernables”.
Así, Francia no le reconoció la independencia a su antigua colonia y le exigió altísimas compensaciones. Estados Unidos la combatió desde el principio y decretó sucesivos bloqueos y embargos.
Para salir del aislamiento económico internacional, Haití tuvo que comprometerse a pagar una indemnización por valor de 150 millones de francos, cuando en esa época su presupuesto alcanzaba a unos 2 millones de francos.
Eso equivaldría a US$21.700 millones actuales o a 44 presupuestos totales del Haití, según señala Galeano.
Lo peor fue que esa indemnización apenas fue redimida en 1938, y para entonces el país estaba atrapado en una espiral de deuda, producto de los préstamos onerosos en los que tuvo que incurrir para cumplir con ese y otros compromisos.
Entretanto, la incipiente nación se vio flagelada por la anarquía durante todo el siglo XVIII: entre el momento de la independencia y 1915, cuando Haití fue invadido por Estados Unidos, se habían sucedido 23 tiranos en el poder, todos ineptos.
Otro dato arroja una clara idea de la demencialmente volátil historia política de ese país: en toda su vida independiente, Haití ha tenido 42 presidentes, de los cuales 29 han sido asesinados y solo 2 han sido elegidos legítimamente.
Ante tan inestable panorama, Estados Unidos se hizo con el mando en 1915 y, tres años después, obligó a Haití a cambiar su Constitución porque esta prohibía vender tierras a los extranjeros. “Cuando los norteamericanos lograron cobrar las deudas de sus bancos dejaron a Haití en manos de dictaduras sangrientas y miserables y se retiraron en 1934”, explica Galeano.
El escritor español Juan José Torres López, catedrático de economía de la Universidad de Navarra y experto en el tema haitiano, explica en su sitio web que, antes de la sublevación, Haití le proporcionaba a Francia más ingresos que todas sus demás colonias juntas. Allí florecían las artes y su ciudad emblemática, Cap Français (ahora Cap Haitien), era conocida como el París del Nuevo Mundo.
De hecho, desde antes de la Revolución Francesa Haití abastecía más que la mitad de todo el caféque se producía en el mundo, así como el 40 por ciento del azúcar que se consumía en Francia y Gran Bretaña.
Pasaron más de 200 años y, ya en los albores de este siglo, tras toda la historia de anarquía y explotación antes descrita, el panorama era completamente diferente: el país caribeño importaba el 70 % de los alimentos que consume y pasó de ser productor y gran exportador a convertirse en el cuarto importador mundial de arroz, sobre todo procedente de Estados Unidos. Por ende, un 70% del total de la población que trabajaba en el campo se arruinó casi por completo.
Sin embargo, la “prosperidad” de Haití siempre lo fue en favor de sus explotadores, antes y después de la revolución. De hecho, las cifras tan elevadas de exportaciones desde Haití tenían mucho qué ver con la gran cantidad de mano de obra negra y la bárbara explotación a que eran sometidos: el promedio de vida de un esclavo antes de la emancipación era de 21 años.
Las condiciones infrahumanas en que vivían y trabajaban a la postre fueron el caldo de cultivo que culminó en la violenta sublevación.
Esta, a su vez, le costaría al país un embargo y un endeudamiento del que no logró salir jamás: ahora, con el 98 % del país deforestado, los haitianos no pueden optar ni siquiera por una agricultura de subsistencia.
El agravante de lo anterior es que la casi absoluta erosión que campea en el territorio magnifica cualquier evento natural que, como una suerte de ironía malévola, de todos modos a menudo se ensañan con ese país.
La deforestación empezó con la explotación intensiva de los recursos durante la colonia, pero fue agravada por otros factores históricos posteriores a la revolución.
“En Haití se implementó una especie de minifundismo, que comenzó con una enorme distribución de tierras, el primer intento de reforma agraria experimentado en América Latina. Pero esta distribución en pequeñísimas parcelas resultó, en el marco de lo que es la economía capitalista, contraproducente para el desarrollo económico”, explicó a BBC Mundo el historiador dominicano Franklin Franco.
Afirmó que, como desde los tiempos de la colonia Haití ha estado más densamente poblado que República Dominicana y sus suelos son menos productivos, la tierra ha sido más intensamente explotada.
La geografía, además, no le favorece. “Las tierras productivas son mucho más reducidas en Haití, que tiene un territorio más agreste y montañoso. En República Dominica es todo lo contrario, tiene valles importantísimos con una fertilidad increíble”, aseveró el historiador Franco.
Además, la dirección de los vientos hace que llueva más en la parte dominicana y la mayor parte de los ríos también corren hacia el lado oriental de la isla.
No obstante, Stephen Keppel, experto en Haití del Economist Intelligence Unit, destaca que más allá de la historia y de los factores geográficos, la pobreza y las constantes dificultades económicas ha llevado a la gente a utilizar leña como principal fuente de combustible. “Eso ha acelerado la deforestación del país”, dice Keppel.
Tras la partida de Estados Unidos, la sucesión de presidentes y sus casi inmediatos golpes de estado terminaron de sumergir al país en el reino de la anarquía, que en 1957 le dio paso al reino del la atrocidad: Francois Papa Doc Duvalier tomó el poder y dio inicio a una dinastía de terror que duró 29 años. Decenas de miles de personas murieron bajo el régimen de Duvalier y de su hijo, Jean-Claude Baby Doc Duvalier.
No fue sino hasta en el año 1990 que Haití tuvo su primer presidente electo en forma democrática: Jean-Bertrand Aristide, un sacerdote de barrio marginado que inspiró a la abrumadora mayoría pobre. Pero Aristide fue derrocado en 1991 y miles de haitianos abandonaron la isla por mar, en un éxodo desesperado a Florida.
El presidente Bill Clinton –quien siempre ha tenido una particular empatía con Haití, país en el que pasó su luna de miel en 1979– envió 20.000 soldados en 1994 para restituir a Aristide, quien fue reelegido en el 2000. Sin embargo, la cadena de desmanes estaba lejos de terminar: acusaciones de que su partido alteró los resultados de elecciones legislativas, se embolsó millones de dólares en ayuda extranjera y envió a matones a atacar a opositores ocasionaron una rebelión sangrienta que lo derrocó en el 2004.
Hace dos años, el hoy presidente René Preval, quien está al mando desde mayo del 2006, imploró al mundo que se comprometiera en soluciones a largo plazo para su nación, diciendo que un paradigma de caridad no terminaría los ciclos de pobreza y desastre.
El Mandatario ofreció estas declaraciones en el marco de una de las tantas tormentas tropicales que, como suele ocurrir, dejaron centenares de víctimas mortales y pérdidas económicas a su paso.
Pero, como se ha dicho, nada de lo que ha pasado en Haití se compara con el terremoto del pasado 12 de enero.
Tras hilvanar los hechos que han colocado a ese país en el triste sitial que ocupa hoy, se deduce queni los franceses, ni los estadounidenses, ni los gobiernos de la independencia, ni tampoco el presidente René Preval, lograron revertir la cadena de reveses promovida por la coalición de hombres y naturaleza.
Actualmente Haití ocupa el puesto 150 de los 177 países del Índice de Desarrollo Humano, la esperanza de vida de sus habitantes apenas alcanza los 52 años, solo uno de cada 50 recibe un salario, la deforestación arrasó el 98% de los bosques, y los ingresos por sus exportaciones de manufacturas, café, aceites y mango son casi una propina, pues la deuda externa supera los mil millones. Las remesas de los inmigrantes en EE.UU. son tan fundamentales como envidiado es el destino de los compatriotas que consiguieron afincarse en Nueva York o Miami.
Tras el huracán del 2008, el Presidente Preval pronunció unas palabras que fueron proféticas: “Una vez que se agote esta primera ola de compasión humanitaria, seremos abandonados como siempre, verdaderamente solos, para enfrentar catástrofes nuevas y reiniciar, como si fuera un ritual, los mismos ejercicios de movilización”.
Aunque el mundo en este momento se rasga las vestiduras y jura y perjura que no habrá más olvido para Haití, su gente tiene razón de anticipar, una vez más, el desamparo. Lo único que juega a su favor es que, tras el terremoto, Haití simplemente ya no existe. Así que la comunidad internacional no tiene alternativa: reconstruirlo es un imperativo. Salvarlo, en especial de sí mismo, eso es otra historia.
Para la elaboración de este reportaje se utilizó información de las agencias DPA, AP y AFP, la BBC de Londres, el diario El País de España y la cadena Televisión Española.