Las sillas de la Casona del cerdo no tienen respaldar esto, que podría ser un problema para los más "arrecostados", no lo es para el gordo que pasa todas las semanas, y a sus anchas, satisface su más persistente antojo: las costillas en salsa B.B.Q. Nosotros no lo vimos, pero hubiéramos pagado por presenciar el suceso: de una sentada devora seis órdenes de costillas, o sea, 30&...;una por una.
Así lo asegura Manuel Vargas, el administrador de un lugar que decidió especializarse en costillas y encontró un nicho de carnívoros empedernidos dispuestos a llegar de visita a menudo.
El restaurante es un salón enorme habitado por mesas y bancas largas en madera rústica. A la entrada un enorme cerdo negro que pasó a mejor vida pero conserva su belleza gracias a la técnica del disecado, recibe a las visitas que no pueden evitar ponerle una mano encima.
O hay poca gente, o el lugar es tan grande que la que hay se diluye en el espacio. Debe ser lo último por que los mejores días -Viernes, sábados y domingos -hay momentos en que uno puede toparse con unas 400 personas comiendo al mismo tiempo.
En este momento no hay tanto alboroto así que nuestra atención se centra en los detalles rústicos de la construcción, las lámparas de hierro forjado y en la gran cantidad de cerdos de todo tipo que adornan el lugar. Los hay pintados, en madera, de yeso, de hierro y de cerámica, entre otros. Nos sentamos frente al corral ubicado en mitad del lugar en el que otros tres chanchos disecados pareciera que están a punto de respirar o de comerse el elote que tienen frente al hocico.
Nuestra visita comenzó con una inocente y fallida pretensión de encontrar algo liviano una sopita, una cremita o ceviche...pero no, el menú desinfló nuestras solicitudes y en cambio nos ofreció pellejo con cerdo, frijoles con pezuña o, a lo sumo, una ensalada verde. Fue entonces cuando nos dimos cuenta que aquí el placer está en las carnes y llegar con intenciones light, era francamente un ridículo.
Así que buscamos acomodo en las bancas, y empezamos a degustar un par de entradas que, más que eso, eran platos para compartir: un coctel de palmito de muy buen sabor y fresco, aunque su único aderezo era una sencilla salsa rosada.
La otra entrada era un plato de aros de cebolla comunes y corrientes, de esos que uno no puede parar de comer aunque sea a escondidas del cardiólogo.
Por una cortesía del restaurante, el mesero puso sobre nuestra mesa unas tortillas caseras, picadillo de plátano con chorizo y pico de gallo. No ha llegado el fuerte de la comida y ya tenemos la mesa repleta.
Cuando los platos principales aparecieron, surgió el amor a primera vista y de inmediato, amor al primer bocado. Uno de ellos eran las costillas en salsa B.B.Q: una canasta con cinco costillas cubiertas en una exquisita salsa, papas fritas, ensalada dulce de repollo y elote dulce. El otro, un Churrasco, que además de la jugosa carne vino acompañado por una fresquita ensalada verde, una papa asada y elote. Otra maravilla del mundo carnívoro.
Y aunque de seguro nos devoramos aquellos platos con la misma pasión con que el gordo se come sus 30 costillas, nosotros apenas pudimos con nuestras porciones, que bastante grandes nos parecieron. Fue una noche en la que caímos, sin remordimientos, en la pasión de la carne.