En la voz de Chavela Vargas crece la madrugada, la soledad extrema. Todo lo que tiene que decir está condensado en la voz.
Perder la identidad en el escenario, entre una ranchera y otra, cuando todos aplauden y la guitarra suena con aire melancólico, solo puede ocurrirle a ciertos temperamentos. "A mí me sucede muchas veces, después de un concierto de dos horas. No sé quién soy: es terrible".

Ella ha cantado en el Olimpia de París, en el Carnegie Hall, el Palacio de Bellas Artes de México, el Teatro Albéñiz de Madrid, en noches interminables, y siempre Chavela Vargas experimenta la misma sensación: "Una pérdida de identidad. Te sientes huérfana de todo, quién sabe por qué. Lo he consultado con siquiatras amigos míos".
Entrevistada en San Joaquín de Flores, donde acaba de instalarse en plan de descanso, de hacer vida familiar, de compartir momentos con su hermana Ofelia (inseparables a pesar de las distancias), Isabel Vargas Lizano ha vuelto al territorio de su infancia. Por problemas de salud. Vino en busca de paz, aunque probablemente dentro de poco regrese a México para tratarse.
Sin ataduras
Para sus vecinos de San Joaquín, es una española medio famosa, la nueva inquilina de una modesta casa a 75 metros de la calle real. Para sus miles de seguidores, es "la Vargas", la que sabe arrancarle sus verdades a las canciones. Para sí misma es la eterna nómada.
-Me aventé a la vida y me importó un pito todo. Entonces fui la vergüenza de un pueblo, del país, de todos aquellos santurrones.
Como Eunice Odio y Francisco Zúñiga, como tantos artistas ávidos, se fue de Costa Rica. Partió a los 17 años y se identificó con el México de los años cincuenta. Era el México de Lucha Reyes, José Alfredo Jiménez, Diego Rivera, Agustín Lara, Álvaro Carrillo: "La época más amable, romántica y bella, que he vivido como un sueño". Un día, la fama tropezó con ella.
-Te acuestas en el anonimato, y un día amaneces famosa.
Chavela Vargas supo encontrarle el tono a la desolación. Arrastra en la voz las asperezas de la vida, las desveladas, la juerga por motivos siempre válidos.
De un mundo raro
No finge, porque las letras la han elegido para ser cantadas y creídas. Su repertorio salió de las ventanas, de las cantinas, de las serenatas que escuchaba de niña, de la "bohemia sublime" que le tocó vivir.
Por algo, Carlos Monsiváis, Joaquín Sabina y Pedro Almodóvar la adoptaron como su intérprete de cabecera, como la que mejor recrea el derrumbe de las pasiones, la perdición, las confesiones al filo de la madrugada. El despecho, la partida, el desamor: ella los canta con conocimiento de causa.
-Yo soy esa angustia. Somos todos. Nacimos desesperados, algunos nos damos cuenta.
Ausencias que triunfan
Ante todo, Chavela Vargas es una mujer atormentada por su sensibilidad: una intensidad que encontró su cauce en la música y que los hombres no supieron comprender: "Me tienen miedo".
Encasillarla en el alcohol, en la ruina amorosa, en la celebración de la desdicha, sería establecer una moral en una persona que no reniega de ningún episodio de su pasado: "Yo recuerdo diferente. Lloro diferente. Miro diferente".
El mundo de la farándula le perdió la pista en los años setenta. Por veinte años, pocos supieron de ella, hasta que reapareció en 1991 en El Hábito, de Jesusa Rodríguez, en Coyoacán (ciudad de México). Redescubierta por Almodóvar (canta en La flor de mi secreto), homenajeada por Joaquín Sabina en el Bulevar de los sueños rotos, a Chavela le han llovido honores y reconocimientos.
--Se me nombró en España excelentísima señora e ilustrísima. Nunca me habían dado un título como ser humano, más que como cantante, y me lo dio la Universidad de Alcalá. En Espinosa de los Monteros, un pueblo de Burgos, le pusieron mi nombre a una calle. Es una calle rara, tiene una placita chiquita. Ahí quedé yo, en la calle.