"Escuchar el tic tac de un reloj, es como oírse el corazón". María de los Ángeles Kitico Moreno es amiga del silencio.
Si en otros tiempos disfrutó de los vítores de un público entusiasta en el escenario teatral, hoy difiere: "El aplauso, por la vanidad que conlleva, es uno de los obstáculos mayores para el crecimiento de un ser humano".
Pionera del teatro costarricense, inició en la década de los años 50 una época de oro en el teatro Arlequín, al lado de figuras como Jean Moulaert, Guido Sáenz, Lenín y Anabelle Garrido, Ana Poltronieri y José Trejos.
Aquel grupo cultivó y consolidó una tradición y un público que, a su juicio, es el que acude a los pocos espectáculos de calidad que se realizan actualmente. "No dejo de lamentar lo que sucede ahora en el escenario y en las butacas del teatro comercial, donde impera la vulgaridad", expresa.
Después de realizar estudios cinematográficos y de televisión en la BBC de Londres, y en Buenos Aires, Argentina, regresó a Costa Rica con la inquietud de desarrollar el cine documental aquí.
Sintió que este género del sétimo arte podría servir para transformar la realidad en un país tercermundista, similar a lo que había ocurrido en grandes naciones como Inglaterra y Canadá.
Con la ayuda de Alberto Cañas, entonces ministro de Cultura, y de su viceministro Guido Sáenz, en 1973 fundó el Departamento de Cine, dependencia que se convertiría, tiempo después en lo que hoy se conoce como Centro Costarricense de Producción Cinematográfica (CCPC), mejor conocido como Centro de Cine.
No en balde la 11° Muestra de Cine y Video Costarricense, que inició ayer, en el Cine Variedades, está dedicada a ella.
Aún así, hoy Kitico vive alejada del medio artístico. Ocupa su tiempo en la lectura, la reflexión y tiene un genuino interés por los animales abandonados.
Por los desposeídos
La experiencia en el Departamento de Cine derivó en una corriente de muchachos atrevidos a quienes la bella mujer reclutó y se atrevió a dirigir, en unas sesiones de trabajo que ella misma define: "Eran muy intensas, pero no siempre armoniosas porque, claro, se trataba de gente pensante".
Mediante la Ley 6158 , de noviembre de 1977, el Departamento de Cine pasó a ser el CCPC, entidad adscrita al Ministerio de Cultura Juventud y Deportes (MCJD) y, desde entonces, ha corrido mucha agua bajo el puente.
Los canadienses Maurice Bulbulian y Jean Claude Pilon, y el inglés Peter Hopkinson fueron los especialistas de la Unesco quienes capacitaron a una docena de jóvenes como Antonio Iglesias, Carlos Freer, Ingo Niehaus, Víctor Vega y Carlos Matías Sáenz, entre otros.
"Trabajamos en un terreno fértil, porque no había censura ni propaganda, como en los países con regímenes dictatoriales. Nos lanzamos a la calle con una pasión que sobrepasó las expectativas y marcamos la huella con un lema hermoso: 'Dar voz a quien no la tiene'", explica Kitico quien, desmotivada por las trabas burocráticas de un sistema que a su juicio no entendía la dinámica de la institución, abandonó el Centro de Cine en marzo de 1979.
"Hoy me preocupa la tendencia a hacer cine de ficción, con cierto desprecio por el documental, que es como la vida misma. El cine de ficción tiene que estar impecablemente bien hecho; de lo contrario, se convierte en una caricatura", criticó.
Una lucha para siempre
Aliada de los desposeídos, como siempre, Kitico se ocupa hoy de los que no tienen voz humana: su casa en Montelimar de Guadalupe es el refugio para siete perros de la calle que ella ha adoptado.
"Acercarse al mundo de los perros de la calle es asomarse a un abismo de dolor. Cuando uno ha tenido entre sus manos a un pequeño e indefenso ser que se debate entre la vida y la muerte, y con esa mirada suplicante pide ayuda... esa batalla se pelea con pasión", afirma convencida.
De hecho, su batalla quedará plasmada en las letras pues pronto saldrá a la luz La pandilla de los cinco , un libro suyo sobre la protección de los animales. Según aseguró, la obra podría estar lista a finales de este noviembre.
Así, en medio de ese silencio por el cual optó, Kitico vive hoy con su esposo, el abogado y escritor Julio Corvetti. De un primer matrimonio tiene tres hijos, Guillermo, Juan Carlos y Lavinia. Con ellos comparte ahora su vida.
Y aunque agradecida por la dedicatoria de la Muestra, asegura: "No quiero que se me reconozcan cosas porque yo fui solo un instrumento. Una no es la finalidad de nada; una no debe ser el objeto del aplauso porque las cosas se reconocen por sí mismas; si son acertadas, tienen éxito por sí solas".
Así concluyó, y guardó silencio.