Cuando el tejido del tiempo se rasga, cualquier cosa puede suceder, lo que sea. Incluso, dos personas pueden enamorarse, aunque ella y él sean de épocas distantes y distintas. ¿No lo creen? Pues aquí está una película para demostrarlo, se trata de Kate y Leopold, realizada por James Mangold, director de quien -hace poco- vimos un filme de rostro más duro: Inocencia interrumpida (1999).
Esta es la historia de Leopold, duque de Albania, quien -en 1876- se encuentra en Nueva York y anda en búsqueda de una mujer, como esposa, que sea un buen negocio para la alicaída economía familiar. Por razones extrañas para Leopold, el duque se encuentra -de pronto- ante un portal (o sea: una grieta en la estructura del tiempo).
Por esa grieta, nuestro aristocrático duque viaja (¡sorpresa!) al Nueva York de ahora, a la ciudad de los rascacielos ¡con los ascensores incluidos! Destacamos esto porque Leopold, en su época, se creía el inventor de los elevadores.
Con toda la modernidad encima, Leopold conoce a una chica estresada por su trabajo en el mundo de la publicidad, y (como es de suponerlo) él y ella se enganchan por culpa del amor (amor: estado emocional que poco sabe de viajes por el tiempo). Ella se llama Kate, y lo que más le gusta a Kate es el estilo del duque para enamorar: literalmente, él es uno de esos amantes a la antigua (como lo canta el brasileño Roberto Carlos).
En fin: estamos ante una comedia romántica que parece refrito liviano de muchas otras, y de nuevo con la presencia de la actriz Meg Ryan, quien se siente con la comodidad de los zapatos viejos: repite su actuación de otras comedias románticas. La acompaña el actor Hugh Jackman, primerizo en este subgénero, ¡y lo hace mejor que ella!
Los más románticos afirman que el amor se enriquece con el tiempo, pero aquí es al revés: el tiempo se enriquece con el amor, aunque la historia sea la misma (contada de otra manera).