
La elección de Justo Orozco como presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la Asamblea Legislativa ha provocado diversas manifestaciones de descontento e indignación entre variados sectores de la sociedad costarricense. Para comprender cómo una persona con los puntos de vista que él defiende llegó primero a ser diputado, y luego a ser elegido en el puesto referido, es preciso considerar una serie de procesos históricos tanto externos como internos.
Secularización. Desde finales del siglo XVIII hasta el presente, el mundo occidental ha conocido tres procesos principales de secularización. El primero, iniciado por el racionalismo y la Ilustración, tuvo como base la Revolución francesa (1789), y su influencia se extendió en Europa y América por más de un siglo; el segundo, dominado por las revoluciones mexicana (1910) y bolchevique (1917), se proyectó decisivamente en el período anterior a 1980; y el tercero, la revolución cultural de la década de 1960, tuvo un impacto que todavía se mantiene en el presente.
Aunque favorecieron cambios fundamentales en la cultura y en la vida cotidiana, los dos primeros procesos fueron decisivamente políticos, en el sentido de que el conflicto fundamental se planteó entre fuerzas de izquierda y de derecha que competían por el poder estatal. En contraste, el tercero, pese a que estuvo influido por diversas corrientes políticas e ideológicas (algunas radicales), desafió los valores predominantes y reivindicó los derechos de las mujeres, minorías de diversa índole y estilos de vida alternativos.
La respuesta de las distintas iglesias cristianas a esos procesos fue, en principio, el rechazo y la condena, ya se tratara de nuevos avances científicos (teoría de la evolución), cambios en el marco institucional de las relaciones de pareja (matrimonio y divorcio civiles) o nuevas sensibilidades y valores expresados en la literatura y el arte. Entre finales del siglo XIX e inicios del XX, algunos sectores dentro de las iglesias trataron de ajustarse a las transformaciones asociadas con la secularización, mientras que otros reforzaron su defensa de los valores tradicionales con base en interpreta- ciones literales de la Biblia.
Experiencias diferentes. En Europa occidental y América Latina, las corrientes de fundamentalismo cristiano tuvieron poco espacio para desarrollarse: en el caso europeo porque, hasta la década de 1920, el conflicto principal enfrentó a corrientes liberales e izquierdistas, y en el latinoamericano, a liberales y conservadores que, pese a sus diferencias, compartían una concepción del progreso –en su sentido capitalista y positivista– que tenía una decisiva base secular. Además, en Latinoamérica, la construcción del Estado implicaba subordinar los poderes locales y redefinir y delimitar las áreas de influencia de la Iglesia católica.
Muy diferente fue la experiencia de Estados Unidos: en este país, las formas de poder local mantuvieron una importancia decisiva, a la vez que no se constituyeron fuerzas izquierdistas de consideración. En este contexto, el fundamentalismo cristiano, pronto convertido también en una lucrativa actividad y liderado por corrientes evangélicas, encontró un terreno fértil para expandirse, especialmente en las áreas rurales y en las pequeñas ciudades. En la década de 1960, a medida que los demócratas tendían a identificarse con la revolución cultural de esa época, los republicanos empezaron a concentrar el apoyo de las diversas corrientes fundamentalistas. Este desplazamiento contribuyó, especialmente a partir de 1980, al ascenso de políticos que integraron esas demandas religiosas en el marco de proyectos cuyo propósito último era debilitar o destruir el legado institucional del “New Deal” de F. D. Roosevelt, ampliado y actualizado durante el período de J. F. Kennedy.
Con el colapso de la Europa socialista y de la Unión Soviética, entre finales de la década de 1980 e inicios de la de 1990, el anticomunismo, que ocupaba un espacio importante en el fundamentalismo cristiano desde comienzos del siglo XX, perdió vigencia, lo que facilitó que tales iglesias concentraran sus esfuerzos en impugnar, por todos los medios posibles, los cambios asociados con la revolución cultural del decenio de 1960.
Costa Rica. Precisamente, a partir de la década de 1960, el fundamentalismo cristiano de base evangélica empezó a expandirse en América Latina, en parte como respuesta al ascenso de las fuerzas de izquierda y, en particular, a los cambios en la Iglesia católica asociados con el Concilio Vaticano II (1962-1965) y la Conferencia Episcopal de Medellín (1968), que promovieron la llamada “opción por los pobres”.
Costa Rica no se exceptuó de estos procesos, ya que la feligresía evangélica pasó de 50.000 a más de 150.000 practicantes entre 1978 y 1986. La proporción de costarricenses que asistía a tales iglesias era casi de un 10% en 1990 y, en la década del 2000, ascendió a alrededor de un 16%.
Al finalizar el decenio de 1990, con la reducción al mínimo de la amenaza izquierdista y con la crisis del bipartidismo, al fundamentalismo cristiano costarricense se le abrieron nuevas posibilidades para, mediante la formación de partidos locales, movilizar electoralmente a sus feligreses. Aparte de los beneficios asociados con el pago de la deuda política, este nuevo escenario permite a tales iglesias fortalecer su posición institucional, difundir y defender más amplia y eficazmente los valores con que se identifican e impugnar, desde instancias estratégicas, las ventajas históricas de que goza su principal competidor en el mercado de la fe: la Iglesia católica.
Dada la base electoral con que cuenta, el fundamentalismo costarricense parece que podrá mantener o ampliar su representación legislativa en el futuro cercano (si el abstencionismo aumen-ta, esto podría jugar a su favor, ya que les facilitaría alcanzar cocientes o subcocientes).
En una Asamblea Legislativa fragmentada, dominada por el cálculo electoral de corto plazo, constituida por diputados electos mediante una lista cerrada y bloqueada y sin carrera parlamentaria, a los representantes de las iglesias referidas se les presentan condiciones extraordinariamente propicias para alcanzar logros como el conseguido por Orozco en días pasados.