París. EFE Joaquín Cortés conquistó el jueves al público del Gran Rex de París, que cerró en pie y con intensas ovaciones el estreno mundial de Mi Soledad su último espectáculo, que llegará a Madrid el próximo día 11 y luego al resto de España y a otros países.
El bailarín español se metió pronto en el bolsillo a los cientos de espectadores que llenaban la sala y, mediado el espectáculo, hasta orquestaba sus ovaciones, para terminar animándoles a cantar y a palmear con el resto de su equipo.
Los asistentes disfrutaron en todo momento del arte de Joaquín Cortés, de sus soleares, sus tangos, sus osadías y su taconeo, así como de los 17 artistas de excepción que eligió para actuar con él.
Los espectadores también perdonaron las deficiencias del sonido, que impidieron disfrutar en su mayor parte de las letras de las canciones que acompañan su baile.
Sin rubor, con asentimientos de su cabeza, y a la vez con una curiosa mezcla de humildad y de placer, el artista recibió intensas ovaciones.
Salvo en los momentos en los que algunos de los cantaores y músicos del equipo, con flauta en mano o dejando en reposo su instrumento, bailaron por bulerías, Cortes llenó solo el escenario con sus pases, llevado por el ritmo de las voces y los juegos vocales, las percusiones, las guitarras, la flauta, el violín, el chelo y el acordeón.
El ardor en esta primera representación fue general, como la víspera lo había sido en el aperitivo que el artista español ofreció a 400 invitados de Jean-Paul Gaultier, nuevo modisto de su compañía, en su cuartel general de París.
Para el bailarín, que al inicio de la pieza aparece en el suelo casi desnudo, el vestuario de Gaultier pasa por un pantalón vaquero, una camisa blanca, un conjunto dominado por una camisa negra transparente y un traje de chaqueta pantalón con camisa de topos y volantes adornados con cadenas.
La inspiración es zíngara, gitana y oriental, como la música festiva que cierra el espectáculo.