“Correrá lava por tus venas. Te quedarás sin respiración. Gemirás y te desmayarás, porque la sangre huirá de tu cabeza y correrá desbocada por todas las venas de tu cuerpo. Entonces serás incapaz de pensar o razonar”.
La frase, escrita por el autor estadounidense John Morris en 1936, ha sobrevivido por décadas, quizá porque interpreta en pocas pero sentidas palabras, lo que ha sido el beso para el ser humano por los siglos de los siglos.
Normalmente, el beso se disfruta, no se analiza. Pero, a las puertas del 14 de febrero, quizá valga la pena realizar algunas acotaciones sobre el emblema universal del amor.
¿Cómo y cuándo empezamos a besarnos los seres humanos? Existen diversas teorías. Para algunos, el beso viene de los días en que los hombres prehistóricos se chupaban mutuamente para extraer el suero que necesitaban en los días de calor. Otra explicación es la de la alimentación. “En las sociedades prehistóricas, las madres alimentaban a sus bebés dándoles con su boca los alimentos ya masticados”, afirma Desmond Morris, autor de Innate Behaviour ( Comportamiento innato ). “Que el hombre actual tenga impresa en sus genes esa sensación reconfortante podría explicar la teoría de que, a través del beso, los amantes desarrollan una mayor propensión a crear lazos fuertes, lo que incluye el deseo de formar una familia”. Finalmente, hay quien defiende que el beso es una prolongación de la lactancia.
¿Instinto bendito? Quizá la posición del escritor argentino Vicente Battista sea la más práctica: “Nos besan y besamos con la misma naturalidad con que comemos, dormimos o caminamos, por amor y por supervivencia. Esto sucede desde hace miles de años, aunque no hay datos concretos que lo prueben ni testimonios que lo consoliden”.
“Simplemente habrá que creerlo”, dice. Y razona: “No es casual que, más allá de los cambios de culturas y de civilizaciones, y por encima del nacimiento y del fin de los imperios, persista ese hábito que fundaran las mujeres del Cromagnon: desde entonces hasta hoy mantenemos la buena costumbre de alimentarnos día a día y de besar, también día a día, a la gente que más queremos”.
Pero más allá de quiénes y cómo descubrieron el efluvio del amor, en la actualidad hay estudios científicos que prueban la revolución que puede provocar en el cuerpo un buen beso. Aseguran que quema de 3 a 12 calorías, pone en movimiento nada menos que 12 músculos de los labios y otros 17 de la lengua, involucra cinco nervios craneales y hace que las pulsaciones cardíacas pasen de 70 a 150 por minuto.
Una investigación del Instituto Kinsey para la Investigación sobre la Sexualidad (en la Universidad de Indiana, Estados Unidos) concluyó que un beso apasionado produce una seguidilla de procesos químicos que turban al organismo. Explica que un beso intenso aumenta la secreción de dopamina –que aumenta la sensación de bienestar– y de testosterona, la que se asocia al deseo sexual.
Además, libera adrenalina y noradrenalina, que son las causantes de acelerar la frecuencia cardíaca, y la presión arterial. Por último, la glándula pituitaria, ubicada en la base del cerebro, segrega oxitocina, una hormona que hace sentir un especial bienestar.
Por si no fuera suficiente justificación, el sector del cerebro que procesa las sensaciones provenientes de los labios es mayor a los que traducen los impulsos que llegan de otras zonas como el tronco, los brazos o las piernas.
Por toda esta sensibilidad que se acumula en la boca y en los labios, el beso –esa sensación de suave humedad de la lengua– se ha convertido en un elemento sexual imprescindible para la inmensa mayoría de los humanos.
De hecho, como lo explican los psicólogos españoles Joserra Landarroita y Efigenio Amezúa en el libro Besos , esta necesidad de contacto entre las bocas ha hecho variar la postura coital. Prácticamente todos los mamíferos realizan el coito posterior y solo los humanos y algunos simios dan prioridad a la penetración frente a frente.
Compartir bacterias. Algunas culturas tienen una visión más crítica de la boca y del beso, como los tonga de Sudáfrica, que consideran repulsivo cualquier contacto con la boca. Y, en cierto modo, no les falta razón. Como ha dicho en ocasiones el director de cine Woody Allen, “un beso es un intercambio de saliva y bacterias”. La verdad, no miente.
En concreto, se calcula que, por cada milímetro de saliva que se pone en movimiento, entre 10.000 y 10 millones de bacterias juguetean entre dientes y encías al ritmo que fluya la pasión.
Buena parte de estas bacterias que se mueven en las bocas humanas son inocuas, e incluso necesarias para el buen funcionamiento del organismo. Pero no cabe duda de que la boca es uno de los lugares del cuerpo donde se instalan más gérmenes. Por eso, es innegable que los besos son una fuente de transmisión de enfermedades, desde las que afectan la salud bucodental, como periodontitis o gingivitis, hasta otras infeccionas, como la gripe, el catarro y la mononucleosis vírica, también llamada “enfermedad del beso”.
Precisamente, uno de los mayores enemigos de los besos apasionados es la caries. Estas provocan en muchos casos mal sabor de boca, con lo que cualquier intento de acercamiento pasional se convierte en una tortura para la parte contrincante.
Pero, en términos de peligrosidad real, los epidemiólogos actuales han afirmado que, si besar fuera dañino para la salud, ya el hombre y otros seres vivos que se besan (varias especies de peces y mamíferos) habrían desaparecido.
Más aún, hay quienes afirman que la mayoría de las bacterias en la boca y la garganta son inofensivas y hasta podrían ser beneficiosas para reforzar el sistema inmunológico.
Con base en las conclusiones de los estudios más diversos, el hombre parece haber nacido con una especie de chip que lo programó para besar.
Una investigación de la Universidad de Princeton, publicada en 1997, determinó que existe una explicación científica para el hecho de que, incluso en la más negra oscuridad, las parejas casi nunca acaban besándose en la nariz. “El cerebro humano está equipado con neuronas que le ayudan a encontrar los labios de su pareja tanto con los ojos cerrados como en espacios sin luz”, concluyeron.
Un estudio alemán dirigido por el psicólogo Arthur Sazbo llegó más allá, al analizar las consecuencias del beso matutino, ese que se dan los cónyuges al despedirse cuando se van a trabajar, y obtuvo conclusiones sorprendentes.
Determinó que los hombres que besan a sus esposas por la mañana pierden menos días de trabajo por enfermedad, tienen menos accidentes de tráfico, ganan de un 20% a un 30% más de salario y ¡viven hasta cinco años más!
Para Sazbo, la explicación es sencilla: “Los que salen de casa dando un beso empiezan el día con una actitud más positiva”.
Pero claro, hay que aclarar que hay besos de besos.
Así opina David D. Coleman, psicólogo y escritor estadounidense que se autoproclama “experto en besos” y quien tiene en su haber varios libros sobre el tema. Coleman señala que “muchos hombres son demasiado agresivos, ásperos, precipitados e incultos cuando besan. No conocen las ‘cuatro pes’: paciencia, pasión, parsimonia y presión adecuada, por lo que dejan pasar gran parte del placer”.
Coleman considera que los hombres ponen demasiado énfasis en el beso francés (con lengua incluida), y se lanzan a él con demasiada rapidez. Y pondera: “Los auténticos expertos son más sofisticados, y procuran no distraer la atención de su pareja o dar, burdamente, la impresión de que el beso es una formalidad para llegar a algo más”.
A estas alturas, está más que probado que el acto de besar puede ser mucho más complejo de lo que parece. O tal vez no. Al menos no cuando se trate de besos de amor, de esos que describió John Morris al principio de este artículo.
O de los que describió Olivier Wendell Homes, poeta estadounidense: “El sonido de un buen beso no es tan fuerte como el de un cañón, pero su eco perdura durante mucho tiempo más”.