Panamá, AFP. Decenas de hábiles artesanos del pueblo indígena Emberá-Wounaan dejaron sus poblados en la selva, en la frontera con Colombia, para conquistar a los turistas con sus impresionantes figuras de animales y flores talladas en madera de cocobolo, semilla de tagua y finas cestas elaboradas con fibras de palma negra, en la capital panameña.
En pleno corazón del casco antiguo de Panamá, Chernier Carpio, administrador de la tienda de artesanías Wounaan, quiere "conquistar a los turistas y a los panameños".
Aguilas, tigres, ranas, lagartos, culebras, tiburones, árboles, tortugas, gatos salvajes y toda la flora y fauna de la selva tropical panameña son talladas con destreza por Chenier Carpio y decenas de artesanos Emberá-Wounaan que "descubrieron que la artesanía es un lenguaje ancestral y una forma de ganarse la vida".
Los Emberá-Wounaan son dos pueblos muy parecidos que viven en la provincia de Darién, fronteriza con Colombia, en 42 comunidades selváticas protegidas por una comarca creada en 1983.
Defensores de la ecología, viven de la agricultura de subsistencia alrededor de los poderosos ríos Chucunaque, Tuira, Balsa, Chico, Jaqué, Sambú y Bagre.
Un grupo pequeño de los 9.000 Emberá-Wounaan que hay en Panamá se asentaron alrededor del Río Chagres y el Lago Gatún entre las provincias de Panamá y Colón, en la ruta del Canal donde opera una cooperativa para ofrecer servicios turísticos a los amantes de la ecología.
Carpio, graduado en la capital en el colegio secundario Instituto Nacional, reveló que 150 artesanos se organizaron en la capital para vender artesanías indígenas Emberá-Wounaan, en un oficio donde las "molas", los famosos tejidos multicolores milenarios de los indígenas de Kuna Yala de Panamá les llevan la delantera por su fama internacional.
"Los Emberá-Wounan tallamos la naturaleza porque en nuestra ideología la tierra, el mar, el aire, la selva y los animales son parte del mundo y de nuestra tierra y por eso le damos importancia a las aves, anfibios, peces, reptiles, plantas, árboles y flores. Los indígenas somos defensores y respetuosos de la naturaleza", aseguró Carpio.
En la tienda que abrieron hace un mes en Catedral, nombre con el cual se conoce al viejo barrio del Casco Antiguo, Carpio está seguro que el arte indígena tendrá mayor cabida entre los panameños, acostumbrados a los productos importados desde Estados Unidos y Asia.
En Catedral están ubicados el Palacio Presidencial de Las Garzas, los ministerios de gobierno y Relaciones Exteriores, embajadas, restaurantes y decenas de edificios construidos en los últimos 150 años, muchos de los cuales están sometidos a intensa restauración.
"Para construir las piezas en tagua, palma negra o madera de cocobolo podemos demorar de tres a siete días y si es una cesta muy grande, una mujer puede tomarse hasta dos años en el fino tejido", explicó Carpio.
La tagua o marfil vegetal, usado hace 100 años para botones, es una semilla propia de Panamá, Colombia y Ecuador y el cocobolo, una madera usada para artesanías por su color, belleza y fortaleza, que se puede encontrar en Costa Rica, Panamá, Colombia y el resto de Mesoamérica.
"Los Emberá-Wounaan aprendemos a tallar desde niños. Nos enseñan nuestros abuelos y nuestros padres. Son conocimientos milenarios que van de generación en generación que se mezclan con un natural talento que los indígenas no necesitan aprender en escuelas de arte o pintura porque lo llevan en su sangre y en su corazón", dijo Carpio.