"Soy una hormiga obrera que coge cada día su terrón de azúcar y lo arrastra despacito hasta su hormiguero. Unas veces no me cuesta nada; pero otras, es demasiado pesado para mí. Y me entra miedo. De no llegar. De que todo haya sido un sueño. No me imagino siendo otra cosa. He nacido para esto. Recuerdo una tarde, en Barranquilla, descalza, sentada al sol a la puerta de mi casa, imaginando el futuro. Y llámalo intuición, pero supe que iba a ser una figura. Famosa. Que iba a llenar estadios".
-¿Y el día que no los llene?
-Sería ridículo pensar que esto va a durar siempre. Hasta el Imperio Romano tuvo su caída. Aceptaré la mía dignamente. Espero que el día que no tenga éxito el dinero que llevo gastado en psicoanálisis me sirva de algo-.
Shakira es especialista en elaborar bellas sentencias que luego repite hasta la saciedad con voz suave y gesto tímido en el centenar de entrevistas que concede cada año.
Envasada en un cuerpo menudo, casi de adolescente: piel dorada, pecho breve y trasero contundente. Su rostro angelical y esa actitud amable constituyen el blindaje más difícil de perforar. Su estrategia es no torcer nunca el gesto ante un periodista. Jamás rehúye una cuestión delicada. Incluso se adelanta a ellas. Dispara más rápido. Saca a relucir a su novio, Antonio de la Rúa, hijo de un expresidente de Argentina, con el que comparte vida y trabajo desde el 2001, antes de que se le pregunte por él.
A continuación suelta la espesa tinta de calamar de sus frases hechas. Y da el asunto por concluido.
Ya nos lo advirtió su compatriota, el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez en un perfil que realizó a la cantante en junio de 1999: "Shakira tiene ideas propias sobre el arte, la vida terrenal y la eterna, la existencia de Dios, el amor o la muerte. Sin embargo, sus entrevistadores se han empeñado tanto en que las explique, que la han vuelto experta en respuestas fugitivas, más útiles para escamotear que para revelar".
Estamos en Barcelona, en una tarde bochornosa de primavera. La capital catalana ha sido el cuartel general secreto de la cantante desde comienzos de mayo. El 9 de julio actuará en el estadio Olímpico de Berlín, en la clausura del mundial de fútbol. A continuación, Zaragoza, para poner a punto la gira que se inicia en esa ciudad en junio, recorrerá 13 ciudades españolas y terminará en Latinoamérica en febrero.
A un metro, Shakira Isabel Mebarak Ripoll no se parece a Shakira. Es más discreta y pausada. Mira siempre hacia el suelo. Apenas 1,60 de estatura. Lleva el pelo recogido, una camiseta, pantalón cargo y brillantes botas con ocho centímetros de cuña. Tiene las manos pequeñas y el esmalte de uñas primorosamente descascarillado. Detrás de su aparente tranquilidad, algunos tics -juguetear con un bucle de cabello, mordisquear un sobre de azúcar, pellizcarse una herida- indican que algo bulle dentro.
Cuando, en el primer minuto del encuentro, el periodista le recuerda la descripción de su amigo Gabo (García Márquez), por fin se ríe a carcajadas. Y se sonroja. Y asiente. "Experta en respuestas fugitivas". Es una buena definición de su personalidad: mostrar todo sin que se vea nada.
Porque Shakira se las sabe todas. Es una profesional. Dicen que tan metódica en su profesión como desorganizada en su vida privada. Su aproximación al trabajo es compulsiva. No solo compone y canta. No solo es la responsable artística de sus trabajos. No solo vende su imagen en discos, zapatillas deportivas y refrescos.
También se encarga de los mínimos detalles de su carrera: desde el vestuario y las coreografías hasta las luces del escenario.
Incluso ha colaborado en la edición de sus últimos vídeos después de empaparse en la materia. "El ojo del amo engorda al caballo", dice.
"Es la tipa más exigente que he conocido. Una enferma de la perfección", describe Jaume de Laiguana, director artístico de su tour mundial. "Sin embargo, cuando algo no funciona se enfada con ella, no con los demás".
Tiene 29 años y está en el negocio desde los 10, desde que ganó $50 y una bicicleta en el concurso televisivo Buscando artista infantil, en Telecaribe. Interpretó una balada de María Conchita Alonso, O ella, o yo . "Ya tenía una voz grave, de adulta; no me querían las monjas en el coro", recuerda. "Mi madre vio lo del concurso en el periódico y me sugirió que me presentara. Y gané. Ahí comenzó todo. Era 1988".
En realidad, Shakira duda haber sido niña alguna vez. "Bueno. sí, lo fui; una chiquilla socialmente adaptada e hiperac-tiva, indisciplinada en el colegio, con buena aptitud para las artes y que odiaba las matemáticas".
Toda la biografía de Shakira es la historia de una obsesión. La de probarse a sí misma. "Es mi tortura. Soy una perfeccionista en fase de recuperación; estoy intentando aplacar ese monstruo interior que me obliga a hacerlo todo bien. Es un maratón que me he impuesto: conseguir que mi madre estuviera orgullosa, que mi padre estuviera feliz; entregar algo a mi tierra; hacer cosas por los huérfanos de Colombia. Convertir la tristeza de la gente en alegría. Por eso me tomo todo muy en serio. Hasta los chistes. A veces me gustaría quitarme ese peso de encima, pero no puedo".
-¿Por qué?
-Porque cada paso que he dado me ha costado mucho esfuerzo. El doble que a otros. Porque yo he arrastrado un sentido de culpa muy propio de la religión católica; todo eso de que hay que sufrir para alcanzar el cielo. Y que esto es un valle de lágrimas-.
La religión es el único asunto por el que Shakira pasa de puntillas. Simplemente agacha la cabeza. Mas al mismo tiempo, está presente en toda la conversación. Ella reconoce que el catolicismo ha pesado incluso en su aproximación a la sexualidad. "En algún momento llegué a caer en las garras del moralismo. Algo muy típico de la mujer latina, por haber vivido en una cultura de represión. Hoy me siento más liberada y abierta".
Para Shakira, todo su ascenso al estrellato ha seguido un desarrollo lógico, bien diseñado. A los 13 grabó su primer disco. Fue estrella de culebrón a los 15. Número uno en ventas en su país a los 18. Conquistó el inalcanzable mercado estadounidense a los 24 cantando en inglés. Y a los 27 se atrevió con dos discos distintos, uno en inglés y otro en español: Fijación oral / Oral fixaction . El primero salió hace cerca de un año; el segundo, hace seis meses.
"El problema para un artista es que la vorágine de esta profesión devora su ser artístico. La estrella devora al artista. Y yo decidí defender mi integridad como artista. En el 2003 me puse a escribir en una finca cercana a Madrid, en Alcalá de Henares. Con mucho vértigo. El nuevo disco me daba terror. Era volverme a probar a mí misma. Probarme que soy buena en esto".
-Pero estaría satisfecha, había vendido 13 millones de copias del anterior.
-Sí, pero vender no prueba nada. Pudo ser una cuestión de suerte. Los 13 millones de discos que vendí de Servicio de lavandería no significan nada cuando me encuentro sola frente a un lienzo en blanco. Ahí no hay santo que valga. Ahí no te puede ayudar nadie. Te lanzas al vacío. Cuando escribo me sale del alma. Reflejo mis dudas, alegrías, quejas, victorias y derrotas; es un proceso terapéutico. Yo ante mi reflejo. Ante mi fragilidad. Me salieron 60 temas. Hice 50 demos . Elegí 20. Los ejecutivos de la compañía (Epic, del grupo Sony) no los escucharon sino hasta el último día. Hasta que el pan estaba cocido. Siempre lo he hecho así. Soy la chef de mi cocina-.
A los cuatro años, ya bailaba cada fin de semana la danza del vientre en el teatro de las Misioneras de María, en Barranquilla. Como en su casa no abundaba el dinero (su padre había perdido su negocio de joyería), una de sus hermanas cosió flecos a uno de sus vestidos para darle aire de odalisca. Un video de aquella época muestra a una niña pequeñita, con una sonrisa triste, de cabello negro como un tizón, que mueve compulsivamente sus escurridas caderas al ritmo del dumbek . En cuanto empezó a leer, comenzó a componer. Desde entonces han sido suyas todas las canciones que ha interpretado en su carrera.
Shakira tiene en común con la generación de estrellas latinas que han protagonizado desde 1999 el asalto al mercado estadounidense el haberse estrenado en la industria como niña prodigio. También lo hicieron Ricky Martin, Luis Miguel, Marc Anthony, Thalía o Paulina Rubio. Todos han triunfado. La diferencia es que Shakira compone. En inglés y en español y esto le proporciona un estatus musical más elevado con un etéreo compromiso social. Algo que vende. Un fenómeno similar al del cantante colombiano Juanes. El público confía en ellos. Son reales.
Ese intenso elemento creativo, junto a un hábil manejo (puro marketing ) de sus raíces árabes y colombianas, y una bien diseñada imagen rockera , que un crítico describe como " underground blanco", la han convertido en un producto imparable.
Aunque, es cierto, sabe lo que es estar arriba y abajo. Recorrer polvorientos festivales de provincias para niños artistas. "Y perder". Y también sabe lo que es arrasar en el mercado anglosajón. De su último trabajo se han vendido más de cinco millones de discos. Con el mérito añadido de haberlo logrado en el peor momento de la industria.
"Es cierto, me gusta el éxito; cuanto más, mejor. Cuando la gente te presta atención se vuelve algo adictivo. Incluso me encantan las entrevistas. Son como visitas guiadas por el interior de tu cerebro. Un psicoanálisis gratuito".
-¿No le genera estrés este ritmo de vida?
-Soy una celebridad, y esta industria es así. Y lo tomo con humor. Lo único que pido es que, cuando me piden un autógrafo, esperen a que me saque la cuchara de la boca. No soy una chica que acaba de salir de Operación Triunfo . Lo mío es un proceso mucho más largo trabajando bajo el sol.
Una obrera de la música. Sharika Mebarak, 26 millones de discos vendidos en todo el mundo; quizá la estrella femenina más importante de la actualidad (con permiso de Madonna y Mariah Carey), achaca su triunfo al tesón. Al hambre de éxito.
"En eso, Alejandro Sanz y yo somos iguales. Hemos empezado de cero. Venimos de familias sin dinero, poder ni influencia. Lo hemos conseguido a base de esfuerzo. Y Alejandro me inspira mucho en ese sentido".
Otro punto de conexión entre Shakira y la generación de músicos latinos que han protagonizado el fenómeno crossover (la técnica que permite a un artista de una minoría étnica, la latina, triunfar entre el público masivo, anglosajón, cantando en inglés) en Estados Unidos es haber pasado por la poderosa factoría de Emilio y Gloria Estefan, en Miami. Como Jennifer López, Thalía o Ricky Martin, Shakira se puso en manos del matrimonio Estefan para que gestionara su carrera americana. En 1998 salía a la luz ¿Dónde están los ladrones? Un auténtico bombazo. Lo mejor estaba aún por llegar.
"Estábamos en Miami, en la puerta de Estados Unidos, y ellos vieron que el reto era que cantara en inglés. Yo apenas lo hablaba y menos aún lo escribía. No tuve opción. Y me lancé al agua fría sin pensármelo: decidí componerlo yo".
Fueron dos años de trabajo concienzudo. Encerrada en una granja en Punta del Este (Uruguay). Armada de diccionarios y profesores de inglés. El resultado: Servicio de lavandería ( Laundry service ): 13 millones de discos vendidos... su consagración.
Todo en su vida, incluso la evolución de su imagen, es resultado de esa férrea voluntad. Y de una intensa búsqueda. La de una eterna insegura.
Un repaso a las fotografías de sus comienzos refleja a una adolescente morena, rellenita, de cejas poderosas y pesado maquillaje. "Tenía buenos cachetes aquí (se toca las mejillas) y aquí (se toca el trasero). Yo creo que era grasa infantil". Shakira odia verse en aquellos vídeos. "Estaba gordita, con barrigota. Nunca me ha gustado verme. Qué vergüenza".
En 1998, su impresionante melena aún era negra y rizada; en 1999, rojiza y lisa; en el 2000, rubia y rizada, y rubia y lisa; en el 2001, rubia rizada con mechas negras; en el 2002, rubia cobriza rizada; en el 2003, rubia con raíces negras; en el 2004, rizada y platino.
El año 2005 es el del cambio. Adiós al maquillaje de telenovela y al pelo frito. "Antes me escondía, ya no. No quiero esconderme de mis propios rasgos".
Shakira es hoy razonablemente rubia, delgada, y lleva la cara lavada. Un cambio físico que responde también a un cambio vital, y en el que Laiguana tiene mucho que ver. "Hemos buscado una imagen más cruda; en sus fotografías apenas si se usa maquillaje. Ni hemos tapado, por ejemplo, una cicatriz que tiene en la frente. Lo que importa es su actitud, no los fondos o la ropa que le pongas".
En nuestra segunda conversación, ensaya su gira mundial. Entona con su inconfundible voz. Una vez, y otra, y otra, y otra. Hasta la madrugada.
Está cansada y con las piernas adoloridas. A dieta. La fruta ha sustituido a los dulces. Admite que tiene miedo. "Estoy trabajando 12 horas al día, y me preocupa no llegar a la gira con la suficiente energía. Ayer tuve un mal día. Tengo miedo de que no esté todo perfecto". Miedo, pero sin tensión aparente. "Solo me pongo insoportable ciertos días de cada mes". Se ríe. Su actitud es cariñosa con todo el mundo.
Al final de su perfil, García Márquez describía a Shakira como "inteligente, insegura, recatada, golosa, evasiva, intensa". El Nobel de Literatura dio en el clavo. Ella añade: "Neurótica y obsesiva, un terremotico". Y hace un repaso a sus contradicciones: valiente y cobarde, moralista y liberada, tímida y arrojada, joven y vieja, realista e idealista. Adicta al chocolate, al psicoanálisis y a Antonio de la Rúa, "el descanso de la guerrera".
Shakira Mebarak Ripoll, colombiana de 29 años, dueña de tres perros, aficionada a la jardinería y residente en Bahamas, se despide con un abrazo y una sonrisa triste. Recuerda a una niña desvalida.