DE PRIMER VISTAZO nos fallan las leyes de la proporción: hay mucho carro para un lugar que no parece ser muy grande. Nos preparamos para que nos digan que no hay campo, pero el señor que cuida los vehículos -quien nos custodia amablemente hasta la puerta del lugar- nos da una esperanza: "Sí, hay espacio: hace poco ampliaron el lugar".
Llegamos a la puerta, y, en efecto, dentro hay lleno total, pero nos prometen que la espera será corta. El hecho de que esté repleto parece no estorbar a nadie: cada cual vive el placer de sus platos en las cuatro esquinas de su mesa. El resto es del resto.
Llega nuestro turno: nos conducen a un salón; tomamos asiento y pasamos unos cuantos minutos escudriñando el aposento. "Acogedor" es la palabra para describir lo que se siente. Manuel Acuña, el propietario, afirma que todo tiene un estilo mediterráneo. "Se caracteriza por los arcos, las cuevitas y los colores azules y amarillos pasteles"; pues bien, entonces es mediterráneo.
Tenemos el menú en nuestras manos; entretanto, dignos representantes de la cocina española pasan junto a nuestra mesa: jamón serrano, queso manchego, salmón... Queremos de todo ahora mismo.
A nuestro lado, un señor le escudriña el año a una botella de vino mientras su acompañante enfunda ansiosa la copa.
Un muchacho con una canasta llega a nuestra mesa y nos sirve rebanadas de un pan. Luego nos dijeron que este es de tipo hogaza y que lo hace un señor catalán en Escazú. Lo devoramos sin compasión (al pan).
Hacemos nuestra selección, y en quince minutos empezamos a comer. Comenzamos con unas gambas a la florentina: camarones en un caldito con ajo, espinacas y garbanzos; una verdadera delicia para quienes el ajo no es un problema.
La sopa de cebolla -aunque hirviendo- no pudo estar mejor. Seguimos con unos calamari fritti (calamares fritos), un pincho de carne de cerdo en salsa andaluza. De postre, una crema (catalana, por supuesto) y unas fresas con anís español. Quedamos tan complacidos que hacemos la promesa de volver a probar el resto del menú.
Ticos en español
Manuel Acuña y Alba Agustini son responsables de que Las Tapas de Manuel tenga antojada a tanta gente. Estos esposos ticos siempre han estado en el negocio de la comida, pero aprendieron los secretos de la cocina española en 1978, cuando viajaron a la madre patria.
"Ahí compramos lo que en España se conoce como un mesón de tapas -un restaurante pequeño-. Estaba en Madrid y se llamaba Mesón El Tico", recuerda Manuel.
"Teníamos un chef muy bueno, Lorenzo Peña, pero, por varias razones, él tuvo que irse; entonces, Albita, mi esposa, se puso a estudiar en la Escuela Gastronómica de Madrid. Con esto y con lo que había aprendido de Lorenzo, seguimos en el negocio", recuerda Manuel.
Las Tapas de Manuel tiene apenas seis meses, y hace tres tuvieron que ampliarlo porque no daban abasto. Actualmente ofrecen espacio para 70 personas.
Además de lo original de las recetas, Acuña considera que uno de los éxitos de este lugar es que los platillos están preparados con productos de primera calidad, la mayoría importados desde España.
El menú tiene una oferta de unas 25 tapas, entre calientes y frías. Fabadas asturianas, chorizo catalán a la diabla, callos a la madrileña y amanida catalana son algunas de las delicias que se ofrecen en este lugar.
Entre las bebidas, los vinos tienen un lugar preferente, y -claro- no podía faltar la sangría, una mixtura de jugos y vinos.
Aquí, los detalles están no solo en la decoración. Usted tendrá tres en su mesa con solo pedirlos; sus nombres son: queso de cabra, el vinagre balsámico y el aceite de oliva.
Para los españoles, una jornada de trabajo termina casi siempre con un aperitivo, ya sea en casa o en un bar en compañía de familiares o amigos. La reunión consiste en tomar un vaso de vino, sangría o una caña (cerveza), y en degustar unas tapas. Ahora, esta puede ser una buena costumbre de usted en Las Tapas de Manuel.