Los trabajos de Rolando Faba acechan en varias fronteras: en las que fluye el trasiego entre Barcelona y San José y en las que el arte abandona su afán discursivo. El artista nacional, radicado en España desde hace varios años, sigue fiel a la obsesión que lo ha mantenido creando sobre el papel: insinuar más que representar; "decorar" más que denunciar. "Ya no quiero decir nada. Pasé de decir cosas a sugerirlas", enfatiza. Impronta es su último testimonio al respecto. Inaugurada ayer en el Auditorio Manuel Jiménez Borbón, la exhibición presenta más de 30 trabajos recientes, entre serigrafías y monotipias, que se encargan de transmutar los significados gráficos y permiten ahondar en esa veta que valora el concepto de lo decorativo "como parte integral y legítima de la obra de arte". Orgullosamente abstractos, la propuesta de Faba incita a una sensibilidad irracional, al tiempo que "revive la capacidad humana de la sorpresa y la libre asociación de ideas", según las palabras de Gert Haussmann. "Mi trabajo es poco de pincel y mucho de estampar", confiesa el artista. Impronta, cuyo significado alude a ese espíritu creativo de seguir un rastro, es la huella sin contexto de un artista contemporáneo que, sin embargo, siempre está de paso.