Por Macarena Vidal
Washington, 12 feb (EFE).- Howard Dean, el candidato demócrata que vio arruinada su carrera a la Presidencia de EEUU por un grito inoportuno, vuelve desde este fin de semana al ruedo político y por la puerta grande, como presidente de su partido.
Dean resultó elegido hoy como presidente del Comité Nacional Demócrata (DNC, por sus siglas en inglés), el máximo órgano del partido, reunido en Washington para una conferencia de dos días.
Sus partidarios esperan que el ex gobernador de Vermont, quien ha demostrado tener tanta energía como pocos pelos en la lengua, sea capaz de dar una nueva motivación al partido, afectado por una cierta crisis de identidad desde su derrota en las elecciones presidenciales del pasado 2 de noviembre.
Pero también persisten las dudas sobre su capacidad de hacer "elegible" esta formación.
Durante su malograda campaña presidencial, su estilo directo e impredecible atrajo a amplias capas del electorado que hasta entonces se habían mostrado apáticas, pero también enajenó a muchos centristas que le veían como un lunático.
Y luego está el grito: "¡vamos a ir a California, y a Texas... y después vamos a tomar la Casa Blanca! ¡Aaargh!".
Ese alarido, tratando de arengar a sus partidarios tras su derrota en las primarias de Iowa, fue repetido exhaustivamente por las televisiones y se convirtió en una de las escenas que han quedado en la memoria colectiva de la campaña electoral.
Lo que hasta ese momento había sido una prometedora campaña, que se había apoyado en la denuncia de la guerra en Irak y una plataforma izquierdista para lanzarle como el gran favorito a lograr la candidatura de su partido, se desmoronó a ojos vista, en cuestión de días, si no de horas.
Poco importó entonces que hubiera sido el candidato que más rápido y con más éxito recaudara dinero para su campaña, 41 millones de dólares, antes de que se cumpliera un mes de la temporada de primarias.
Ni que abriera un nuevo camino a su partido para financiar la campaña, mediante las pequeñas aportaciones de miles y miles de ciudadanos a través de internet.
O que desde entonces adoptase un tono mucho más sosegado en sus comparecencias públicas. O que incorporase a la campaña a su esposa, Judith, una médica que hasta entonces había preferido mantenerse en segundo plano.
Apenas seis semanas de su derrota en Iowa, el "caucus" que inauguraba la temporada de primarias, Dean arrojaba la toalla en un mitin en Wisconsin.
A partir de entonces, se concentró en promover un movimiento de activistas demócratas de base. La retirada de Terry McAuliffe al frente del partido le ha dado la oportunidad de volver a la política de primera fila.
Durante su campaña para hacerse con la presidencia demócrata, este médico de 56 años, nacido en Nueva York en el seno de una acaudalada familia, se ha esforzado en mostrar una imagen controlada, al tiempo que subrayaba su veta poco convencional.
"Hay mucha gente en esta ciudad que se teme que vaya a ser muy poco ortodoxo; y es verdad que lo soy", admite. Su lema es que "nunca tenemos que tener miedo de decir lo que opinamos".
El partido le acoge con los brazos abiertos pero un punto de cautela. Su imagen de liberal de Nueva Inglaterra (la región noreste del país, con fama de elitista) no parece ser lo más adecuado en unos Estados Unidos que se pronunciaron mayoritariamente a favor de los valores tradicionales en las elecciones de noviembre.
Sus partidarios recuerdan que, durante su mandato como gobernador de Vermont, su historial fue moderado. Y señalan que la principal competencia de un presidente de partido es recaudar dinero, algo que Dean ha demostrado que sabe hacer.
Desde luego, lo que no parece es que los próximos cuatro años vayan a ser aburridos dentro del DNC. EFE
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